A tres años del estallido chileno o el fracaso del encantamiento

Mil días después de la revuelta que cambió la historia reciente de Chile, el país enfrenta una coyuntura compleja y contradictoria, aunque también llena de oportunidades. «Estamos ante uno de los escenarios más fértiles en términos de participación, desilusión y expectativas políticas, uno donde todo se mezcla y se segrega en un extasiado baile de electrones», escribe una columnista.

Por Julia Navarro Pino (*)

“Era fácil compartir cuando había comida suficiente, o apenas la suficiente, para seguir viviendo. ¿Pero cuando no la había? Entonces entraba en juego la fuerza; la fuerza se convertía en derecho; en poder, y la herramienta del poder era la violencia, y su aliado más devoto, el ojo que no quiere ver”.

Los desposeídos (1974). Ursula K. Le Guin.

Hoy se cumplen tres años desde el estallido o revuelta social chilena denominada 18-O. Tres años hace desde que una turba de estudiantes secundarias(os) saltaron los torniquetes del metro y nos demostraron que el miedo en algún momento se supera, que nuestras frustraciones individuales de adultez tienen un arraigo colectivo y que cuando logramos tener un poco de tiempo libre y compartimos nuestro malestar con otras personas somos capaces de ver nuestro reflejo con matices más, matices menos.

Este empeño por dejarnos sin capacidad de diálogo ni de escucha, y hasta empatía si queremos, es una constante que se relaciona con un estado de somnolencia. De ahí el despertar chileno, que no solo sorprendió de manera inaudita por su capacidad masiva, sino también por la transversalización de un movimiento social amplio sin orgánica reconocible. Es más, su épica logró contagiar a países vecinos que igualmente se levantaron y tomaron muchos de los íconos, símbolos y herramientas de resistencia para expresar un descontento que no tenía exclusividad en este país al extremo sur del mundo.

“Y tú, ¿dónde estabas el 18 de octubre?” se volvió la pregunta que llegó a reemplazar el punto en común de todas las conversaciones que hasta entonces se mantenían desde el terremoto de 2010: “Y tú, ¿dónde estabas para el terremoto?”. Fue tal el remezón de descontento que esta vez no se movió la tierra, pero sí, aparentemente, todas y todos nos tuvimos que acomodar los huesos. Los músculos se activaron y removimos las articulaciones antes semidormidas, y no solo porque ese día caminamos como “El hombre de la multitud”de Poe o cual flȃneur, sino porque incluso transformamos ese cuasi género literario a nuestro estilo.

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Me gusta pensar que el estallido no solo estuvo marcado por estos estudiantes intrépidos o esta épica de manifestaciones masivas e íconos de lucha y resistencia, sino además por quienes esa calurosa tarde del 18 de octubre salimos de nuestros trabajos, del estudio o del cine, nos dirigimos hacía algún lado, fuimos de visita, a pasear al perro, de compras. En fin, quienes estuvimos ahí. Pensar el estallido como esa conmoción que nos pilló y nos alborotó, un trasiego que provoca que salgamos de nuestras casas. Acá nos movimos por convicción, por solidaridad, por manifestación o alteración, recelo, rechazo inclusive. Esto que nos agarra y, de repente, nos vemos caminando juntas y juntos porque el sistema nos cerró las puertas en la cara.

Nos movilizamos sin querer, sin intención: éramos parte de esta caminata colectiva en la que, ya sea de manera directa o indirecta, formamos parte de las fogatas, los mítines, los cierres de calle, la manifestación, el relato común, porque como escribió Kafka: “La historia de los hombres es un momento entre los pasos de un caminante”. Fuimos parte de ese cambio de rumbo al reencontrarnos en las calles.

Con el paso del tiempo, tanto la capacidad de contagio que logró el estallido como su expresión —diaria, semanal y mensual— se extendieron incluso a regiones, donde se logró una movilización de gente que no se veía hace décadas en Chile. Si se toman como antecedentes el paro docente (2003), la revolución pingüina (2006) y la movilización universitaria (2011), así como el movimiento “No + AFP” y la ola feminista, el 18-O se caracterizó por un elemento inobjetable: los ahora pingüinos saltadores de torniquetes hicieron transversal un malestar intergeneracional. Condensaron un historial de pisoteos, una denigración histórica. Su proclama revelaba que, aparentemente, nos encontrábamos crédulos ante una profecía que no se cumplió y bajo este engaño llevábamos 40, 30, 20 años víctimas de una ilusión que nos mantenía engañados, dormidos, encantados. Mientras escribo esto, no puedo sino pensar en las líneas que escribí junto a otros tantos más sobre las manifestaciones precedentes: se van repitiendo como una sonata nostálgica. Entonces, me pregunto ¿qué pasa cuando nos sacamos la venda de los ojos?


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La continuidad y/o el cierre de una manifestación tan masiva como la del 18-O debe ser de los acontecimientos más complejos para una nación. Cuando me refiero a la continuidad o al cierre pienso en su gestión, su resolución en el mejor de los escenarios, y en ningún caso en la capacidad de ahogar el fuego que se ha desatado sino más bien. Pienso en la manera en la que un Estado, en este contexto el segundo gobierno de Sebastián Piñera, tuvo que acoger estas demandas, darles cabida en la estructura democrática y resolver “el conflicto”. No haré crónica de una muerte anunciada, pero a tres años del estallido todas y todos sabemos cómo terminó, si es que terminó —lo dejo a los historiadores— la revuelta chilena de octubre. En fin. Un despertar como el que vimos hace tres años demandaba una transformación estructural: estamos hablando de problemas y conflictos sociales y políticos que tienen raíces arraigadas en un terreno fangoso de antidemocracia.

Cargamos un paño largo de demandas estructurales: un gobierno de derecha empresarial que durante un contexto pandémico aprovechó la oportunidad para profundizar el modelo de desigualdad y violencia. Esto constituye un marco que fertiliza un campo en el que nos enfrentamos todos contra todos y se fomenta el único camino viable según ellos, el “rásquese con sus propias uñas”. Acá el modelo solidario no existe.

¿Qué hicimos? Llegamos a la conclusión de que, como los problemas son tan hondos, debemos cambiar la Constitución redactada por Jaime Guzmán durante la dictadura de Augusto Pinochet. Plebiscito de entrada. Ganó la oportunidad de iniciar un proceso constituyente. Elegimos representantes constitucionales y nos regalamos la oportunidad de redactar democráticamente y de manera paritaria una nueva constitución. ¿Qué pasó después? Spoiler alert para el lector o lectora que vive en Marte: rechazamos la propuesta redactada.

La propuesta de nueva Constitución chilena, elaborada durante un año por una convención ad hoc de 154 integrantes, fue rechazada en un referéndum el 4 de septiembre de 2022. | Agencia UNO

Pero, momento: ¿qué hicimos entremedio? Cambiamos de coalición. Cansadas y cansados, al parecer, de que nos gobiernen “los mismos de siempre”, votamos por el cambio. Caras nuevas, rostros y dirigentes jóvenes con la esperanza de contrarrestar los efectos del encanto. ¿Pasó el encanto? Creo que es muy prematuro para responder esta pregunta. La planteo igualmente porque me parece que estamos en momentos de responder algunas interrogantes que nos pueden conducir a ella. Por ejemplo: ¿cómo se contrarresta un encanto? Si una movilización nos conduce a un cambio de timón, en el mejor de los casos, dispuesto a realizar las reformas y/o transformaciones estructurales, ¿qué hace/mos el resto? ¿Cómo aseguramos este nuevo rumbo? ¿Se trata solamente de voluntad política? Ojalá esta humilde persona jugara ajedrez. Si lo hiciera, aun así aseguro que no tendría las respuestas.

Sin embargo, me temo que luego del plebiscito de salida hay sectores que todavía están conmocionados por el resultado. No debemos responder solamente con una suerte de levantamiento de moral. ¿Cómo se levanta a un pueblo hundido y desilusionado? ¿Cómo se impulsa un Gobierno transformador? ¿Cómo se contribuye a esa transformación? ¿Cómo se hace frente a un sector oportunista? ¿Cómo se conduce?

Mientras algunos siguen bajo los efectos del rechazo y la desconfianza justificada —me sumo a esto último— por la falta de garantías de retomar el proceso de nueva constitución, a otros el aniversario del 18-O les produce contradicciones profundas. ¿En algún punto estos sectores son parte del mismo grupo? Dudo. En mi humilde juicio, estamos ante uno de los escenarios más fértiles en términos de participación, desilusión y expectativas políticas, uno donde todo se mezcla y se segrega en un extasiado baile de electrones.


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Este panorama puede transformarse rápidamente en un campo minado si se desaprovecha. Cuando pensamos en el 18-O, a varios les suena a “Hace muchísimos años…” y “En un lugar muy lejano…” sin un final feliz concretado. Este sentimiento de estafa nuevamente nos recuerda el encanto del que fuimos conscientes hace poco. Nos quedamos saboreando un final amargo y con el “vivieron felices para siempre” atrapado en la punta de la lengua. Nos pilló con el grito ahogado de la derrota. Hasta las champañas abandonadas en la heladera esperando ser abiertas detuvieron su burbujeante entusiasmo.

¿Queda entusiasmo? ¿Qué podemos hacer? ¿Nos sentamos a esperar que otra generación lleve a cabo un nuevo gesto épico que nos permita canalizar, ahora sí, nuestro descontento? ¿Qué vamos a hacer? Después de que ha pasado tanta agua bajo el puente ¿dónde quedó la efervescencia del estallido?

Con esta columna no pretendo resolver nada. Lamento si llegaste hasta acá buscando respuestas cuando solo te presenté interrogantes y, en el mejor de los casos, sinsentidos que espero puedan despertar nuevos propósitos. Ciertamente, jugué con tus expectativas, estimado lector. No soy ni seré la primera ni la única, como ha quedado de manifiesto en esta modesta reflexión sobre el 18-O. Pero hay desilusiones que duelen y duran menos que otras. 

(*) Licenciada en Lengua y Literatura (UAH) y editora.

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