
El escenario de hostilidades entre Irán y Estados Unidos ha generado un dolor de cabeza a los organizadores de la Copa Mundial de Fútbol, cuya edición 2026 comenzará dentro de pocas horas. La selección asiática tendrá su base en Tijuana para no hospedarse en territorio enemigo y así evitar el aumento de la tensión.
Por Fuad Jamis
Tras las fallidas últimas negociaciones, en las cuales Irán suspendió todo tipo de conversación con Estados Unidos mientras continúen los ataques israelíes en el sur del Líbano, el combinado de fútbol persa se prepara para disputar el Mundial 2026 en la situación más extraña que haya vivido equipo alguno en la historia del torneo: hospedarse y entrenarse en México, cruzar la frontera solo los días de partido y volver. Como si los casi cien minutos sobre el césped fueran una tregua temporal.
El conflicto, que comenzó el 28 de febrero de 2026, cuando Estados Unidos e Israel iniciaron una serie de ataques aéreos contra Irán que eliminaron al líder supremo y a varios altos mandos políticos y militares. Desde entonces, la participación de la República Islámica en el torneo ha sido puesta en duda de manera permanente. Tanto así, que su ministro de Deportes llegó a declarar que los jugadores iraníes no podrían asistir. Pero el fútbol, como casi siempre, encontró la forma de seguir.
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El campamento de la diáspora
Irán clasificó al Mundial el 25 de marzo de 2025. Fue, de hecho, la primera selección asiática en conseguirlo. Para cuando llegó la hora de confirmar su base de operaciones, la lógica geopolítica ya había torcido todos los planes. El campamento original, en Tucson, Arizona, quedó descartado no solo por razones de seguridad, sino por algo más concreto: desde inicios de 2026 todas las visas para ciudadanos iraníes, tanto de inmigrantes como de no inmigrantes, están suspendidas en Estados Unidos.
Mehdi Taj, presidente de la Federación de Fútbol de Irán, anunció el traslado de su equipo a Tijuana, una ciudad fronteriza con la virtud de estar a menos de una hora en avión de Los Ángeles y a poco más de tres horas por vía terrestre. «En la concentración anterior, la distancia entre el hotel y la concentración era considerable, pero este problema no existe en la concentración mexicana», celebró Ahmad Donyamali, autoridad de la cartera de Deportes, como si la logística de un equipo de guerra fuera a resolverse en el detalle de los kilómetros. El cambio de sede fue propuesto por la propia FIFA, según confirmó Donyamali.
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El propio Donald Trump declaró en marzo que Irán era bienvenido al torneo, pero que no le parecía apropiado que su selección se quedara en tierra estadounidense «por su propia vida y seguridad»: una advertencia que pudo sonar más a amenaza velada que a preocupación diplomática. Taj respondió en la misma frecuencia: cuando el presidente de un país anfitrión declara que no puede garantizar la seguridad de un equipo, ese equipo no viaja. No voluntariamente.
La mandataria mexicana Claudia Sheinbaum cerró el círculo el 26 de mayo. La explicación que dio en su conferencia matutina fue sencilla y sin rodeos: «EE.UU. no quiere que la selección iraní se quede a pernoctar en Estados Unidos. Entonces, nos preguntaron: ‘¿Pueden pernoctar en México?’. Y dijimos: ‘Sí, sin problema. No tenemos ningún problema’». La FIFA confirmó ese mismo día que Tijuana será la sede oficial de la delegación persa. El Centro Xoloitzcuintle, casa del club Xolos de la primera división mexicana, será el cuartel general del equipo durante todo el torneo.
Los iraníes disputarán sus tres partidos de fase de grupos en suelo estadounidense: ante Nueva Zelanda el 15 de junio en el SoFi Stadium de Los Ángeles; contra Bélgica el 21 del mismo mes, también en la ciudad californiana; y frente a Egipto el 26 de junio en el Lumen Field, en Seattle. Tres viajes de ida y vuelta. Tres regresos al lado mexicano de la frontera antes de que oscurezca.
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Cuando la guerra entró a la cancha
Sin embargo, la situación de Irán no es la primera vez que la geopolítica irrumpe en el torneo más visto del planeta. La historia del fútbol mundial está sembrada de episodios en que las selecciones debieron cargar sobre sus hombros el peso de los conflictos que sus naciones sostenían fuera del césped.
El antecedente más temprano ocurrió en Francia 1938, cuando España no pudo presentarse al torneo. El país ibérico llevaba dos años sumido en una cruenta guerra civil y su federación simplemente no tenía ni la estructura ni la tranquilidad para organizar una delegación. El fútbol cedió ante la historia.
La Segunda Guerra Mundial fue la única razón que logró interrumpir la Copa del Mundo por completo: las ediciones de 1942 y 1946 nunca se disputaron. Alemania y Japón, por su parte, cargaron con la exclusión durante Brasil 1950, cuando ambas naciones fueron sancionadas por su rol en el conflicto.
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En 1982, Argentina y el Reino Unido se cruzaron en el mismo torneo mientras sus soldados se batían en las Malvinas. El 13 de junio, un día antes de que Argentina firmara la rendición, la selección albiceleste perdía ante Bélgica en el partido inaugural. Inglaterra también compitió y avanzó a la segunda ronda. El mundo vio a dos estados en guerra compartir el mismo certamen sin que nadie sacara a ninguno de los dos. Cuatro años más tarde, en México 1986, Diego Armando Maradona convirtió el que quizá es el doblete más célebre de los mundiales —»La mano de Dios” y luego el «Gol del siglo»— ante la escuadra británica.
La Guerra de Vietnam, por su parte, fue el fantasma que sobrevoló tres mundiales consecutivos: los de 1966, 1970 y 1974. En ninguno se suspendió un partido ni se renegoció una sede. El conflicto simplemente existía afuera, mientras dentro los jugadores seguían a lo suyo.
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Y en 1994, Yugoslavia quedó fuera del Mundial de Estados Unidos por decisión de las Naciones Unidas. La guerra civil que desintegraba al otrora estado en pleno había forzado una exclusión impuesta desde afuera, sin margen de negociación.
Lo de Irán en 2026 tiene algo inédito. No es una exclusión ni una retirada. Es una negociación permanente con la realidad para poder simplemente jugar: un equipo que llega en avión, compite y vuelve a cruzar la frontera antes de que el conflicto diplomático encuentre otra excusa para impedirlo. La embajada de Irán en México lo resumió con una frase que cabe en un tuit: «Confiamos plenamente en la hospitalidad de los mexicanos».
Como siempre, la pelota rueda mientras el mundo arde.

Fuad Jamis es periodista deportivo
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