Aquí, el narrador reproduce lo que denuncia: la falta de acuciosidad en la observación de la interioridad del personaje. Esta novela parece autoboicotearse, como si su autor no pudiera distinguir lo valioso de lo desechable.

Por Patricia Espinosa

Es común llamar «obsesiones literarias» a la reiteración de temas y personajes en la narrativa de cualquier autor o autora. Sin embargo, en el caso de Alberto Fuguet es mejor denominarlo, simplemente, comodidad. Sí, porque resulta fácil recorrer un terreno ultraconocido. En todo caso, debo admitir que hay una novedad, pero, como siempre, Fuguet se esforzará demasiado para que todo salga mal.

Ushuaia (un destino melodramático) (Tusquets, 2026), su reciente novela, se sostiene en la desaparición del protagonista, Bruno Lucero, de 19 años, estudiante universitario, miembro de un taller literario, otaku, homosexual de clóset, que aborrece el mundo que le tocó y, en especial, a su madre Leticia, una farmacéutica con negocio propio que, a punta de esfuerzo, ha criado sola a su hijo en la comuna de Maipú.

La novela contiene un cambio importante en la propuesta autoral: se concentra en la clase media, territorio casi inexistente en sus publicaciones anteriores. El problema es que su mano, o más bien su ojo, es el mismo que ya conocemos. Porque Fuguet se cuelga de Fuguet, cayendo en un autoplagio absurdo. El autor se nutre sin pudor de su narrativa precedente, reiterando personajes unidimensionales como adolescentes perdidos, homosexualidades reprimidas, masculinidades determinadas por la entrepierna y mujeres sometidas, superficiales, castradas e histéricas.

Los personajes, así, resultan aplanados, ajenos a espesores psicológicos o intimistas, derivando, incluso, en un tono de divertimento, de chanza, en especial porque se acentúan los rasgos ridículos de personajes como la madre del muchacho, parlanchina, sobreprotectora y exagerada; la tía, una timorata de marca mayor; el vecino maipucino, un tipo canchero extremadamente sexi; y el padre del protagonista, un macho irresponsable, de pocos afectos y mal carácter.

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Esta mirada plastificada no deja escapar siquiera al protagonista: solitario, de pocas palabras, de contextura gruesa, espinilludo y «raro». A propósito, el relato remarca no solo la robustez de Bruno, sino que de variados personajes. Decadencia y fealdad aparecen indisolublemente ligadas a la gordura.

Es importante detenerse en el enfoque sobre los sectores medios que
contiene esta historia, atrapada en una mirada socarrona, donde todo termina siendo ridículo. En otras palabras, Maipú es un lugar desclasado, con gustos tan chabacanos como sus hablas y costumbres aspiracionales. Esta representación de un adefesio arruina toda intención de salir del entorno elitista que ha acompañado la totalidad de las obras del autor.

Otro de los grandes prejuicios que el relato pone en funcionamiento sucede con las mujeres, quienes no logran sortear su condición de charlatanas, autoritarias, castradas o buenas para el sexo casual. Ellas no presentan matices, pero los otros personajes tampoco, así que no es un rasgo privativo de las mujeres. Demás está decir que el sexo casual en las mujeres es condenable, pero cuando se trata de varones, uf, la cosa cambia, en especial si son bisexuales.

Fuguet escribe con pasión, sobreestimulado, lo cual es un mérito y se agradece. Es innegable su entusiasmo, por ejemplo, cuando aborda escenas de sexo (aunque se contiene más de la cuenta), cita música o cine, o entrega datos freak añosos, como marcas de champú, discoteques y caramelos, o bien de la farándula retro en torno al Festival de Viña. Sin embargo, el entusiasmo se bloquea al momento de construir una disidencia. La homosexualidad es tratada de manera reduccionista y encubierta, tal como si estuviera en la década del ochenta, con un sentido más figurado que literal. Esto provoca un bloqueo enorme en el relato, porque necesitábamos ir más allá para romper con la represión de Bruno.

El problema es la falta de control de ese entusiasmo, el que rápidamente se transforma en mera incontinencia verbal, extralimitándose en la extensión de los diálogos y monólogos. Además, remarca tanto algunos rasgos de sus personajes que parece desconfiar de la capacidad de entendimiento de sus lectores, quienes deben tragarse, además, un ejemplo contundente de product placement, que es poner una marca comercial dentro de la historia. Esto ocurre con un hotel en la Patagonia. Insiste tanto con sus maravillas, que son imposibles de ignorar.


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De todas formas, Fuguet se da maña para hacer algo de comedia. No solo por el nombre del protagonista, Bruno, y la insoslayable referencia al famoso Brunito de la serie Los 80, sino por la forma en que habla su madre. Ella es argentina, así que habla como tal, exagerando el voseo y los modismos. Pero, en algunos pasajes, se le olvida completamente.

El aspecto más rescatable de esta novela es el intento de construir el volumen intercalando las voces directas de los personajes junto con cuentos o entradas del blog del adolescente, más entrevistas realizadas por un joven y tímido periodista que sigue la desaparición de Bruno, todo lo cual otorga movilidad al relato. Conocemos a Bruno en sus diálogos con la madre, pero también a través de su escritura y las voces de quienes lo conocen. Un método bastante simple, pero interesante.

Fuguet se dedica a saquear sus anteriores publicaciones y cambia de foco social. Aun así, no consigue desarrollar un registro narrativo que expulse a sus personajes del lado más banal del melodrama. La falta de profundidad en el enfoque del protagonista es quizás el aspecto más débil, ya que es abordado al modo de un sobrevuelo a gran altura, donde la superficie terrestre se revela como una lejanía, un paisaje sombrío sin carne ni esqueleto.

Como suele suceder en literatura, a pesar de las miles de historias sobre adolescentes torturados, el tema no se desgasta. En general, la originalidad de un tema no es lo importante; lo central es el modo de tratar el tema. Por lo mismo, Bruno es un personaje interesante, pero merecía más. Porque el narrador reproduce lo que denuncia: la falta de acuciosidad en la observación de la interioridad del personaje. Esta novela parece autoboicotearse, como si su autor no pudiera distinguir lo valioso de lo desechable, que es mucho. Ushuaia (un destino melodramático) es un libro no descartable, aunque sí definitivamente mediocre.

Patricia Espinosa es doctora en Literatura con Mención en Literatura Chilena e Hispanoamericana. Ha ejercido la crítica literaria en medios como La Época, Rocinante, Palabra Pública y Las Últimas Noticias | Síguela en Instagram

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