Nicolás Montenegro vía La raza cómica

En esta entrevista con Artefacto, el autor de la novela Regalón (Overol, 2026) habla sobre la naturaleza como elemento central de su relato, la construcción de la masculinidad, el amor y la influencia de las telenovelas, así como sobre la escritura como una forma de acercarse al vacío.

Por Matías Saa

Cristian Hualacan llegó publicar Regalón (Overol, 2026), su primera novela, a partir de un cuento de tres páginas. El texto pertenecía a un conjunto de ocho relatos, pero su editora le propuso unirlos bajo una voz común.

Hualacan combina la escritura con su trabajo como funcionario público, una ocupación que le permite mantener una estabilidad económica y, a la vez, desarrollar sus proyectos literarios. Escribe, postula a fondos, realiza talleres y participa en distintos espacios culturales.

Su mirada sobre la literatura chilena también se aleja de los circuitos habituales. Le interesan especialmente las ferias y actividades organizadas por municipalidades y corporaciones culturales, como las de Maipú y Recoleta, porque permiten encontrar nuevos lectores y escritores fuera de los centros literarios tradicionales.

Pedro Lemebel y la literatura social chilena forman parte de sus referencias, aunque Hualacán también vuelve a los clásicos y lee a sus contemporáneos. Entre sus principales influencias aparecen, además, la poesía y la televisión.

Creció viendo dibujos animados, telenovelas y programas que formaban parte de la vida cotidiana de su generación. En esos relatos encuentra una materia literaria que le interesa, precisamente, por su cercanía con la experiencia común. Para Hualacan, la literatura también puede surgir de aquello que ocurre todos los días.

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En esta entrevista para Artefacto, hablamos sobre la relación de Cristian Hualacan con la poesía y la narrativa, su proceso de escritura y las experiencias que dieron forma a su novela Regalón. Conversamos sobre Puerto Saavedra y la naturaleza como elementos centrales del relato, la construcción de la masculinidad, el amor y la influencia de las telenovelas. También hablamos sobre la escritura como una forma de acercarse al vacío, su relación con la crítica literaria y sus próximos proyectos vinculados a talleres, comunidades y espacios no convencionales de lectura.

―En una entrevista con Francisca Palma, dijiste que lees más poesía que narrativa. ¿Por qué decidiste escribir un libro de narrativa?

―Mi formación como escritor, si es que existe eso, estuvo muy ligada a los talleres de poesía. Mi primer taller fue de poesía y el segundo, también. Era un pésimo tallerista porque faltaba, iba con la batería. Era muy desordenado, pero esos espacios me permitieron conocer a muchos amigos y amigas que escribían poesía.

«Creo que la poesía es mucho más romántica en mi manera de vivir. Es una cosa muy rara, pero también es más concreta. Entonces, esa formación me permitió relacionarme con la lectura. Siempre estuve leyendo más poesía por eso».

«Y sobre por qué no quise escribir un libro de poemas, creo que la narrativa se me da más fácil. Es un poco más fácil para mí. También se me hace muy difícil escribir poesía. Cuando leo un poema que escribí, digo: «No, le doy vueltas y vueltas y vueltas, no me sale». También me cuesta mucho analizar poesía, escribir sobre poesía. Es como la fotografía: me cuesta mucho».

«Me gusta leer poesía. El nivel de la poesía chilena realmente es muy amplio. No quiero decir que sea mejor —aunque creo que sí es mejor—, pero prefiero decir que es más amplio. Hay un abanico de cosas sucediendo. En distintos lugares pasan cosas con la poesía. Creo que en Chile se publican libros de poesía todos los días: pasa en el sur, pasa en el norte, más allá de los próceres y poetas que uno conoce o que suele leer».


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«Siempre que empiezo a escribir algo, eso automáticamente tiene que acercarse a los lugares que conozco, como una primera instancia. Quizás después uno pueda avanzar hacia otros lugares. Por ejemplo, Puerto Saavedra es la zona donde vivió mi mamá. Mi familia viene de la zona de Imperial, Carahue y Puerto Saavedra. Por eso estoy de acuerdo: lo conozco.

―¿Esto es ficción?

―Hay cosas reales. Por ejemplo, reconozco Puerto Saavedra.

―¿No pasaste tu infancia en Puerto Saavedra?

―No, no pasé mi infancia en Puerto Saavedra. Pero Puerto Saavedra sí es un lugar muy poético. Entonces, cuando uno quiere escribir sobre Puerto Saavedra, es muy difícil que no resulte algo abstracto. Además, está atravesado por el terremoto del 60, por lo que es un lugar con una geografía muy particular: tiene un lago, agua salada y dulce, y está rodeado de agua. Para llegar narrativamente a Puerto Saavedra, tiene que haber algo de poesía. Entonces, creo que es un lugar ideal para escribir novelas poéticas.

―¿Cómo fuiste construyendo tu masculinidad, considerando que dices que la figura de tu papá fue una figura transparente?

―No sé si uno la construye estrictamente, pero mis símbolos siempre fueron mujeres. De hecho, mis referentes, en general, son mujeres, porque me crie con mi mamá y la figura fuerte de la familia fue mi abuela. Mi masculinidad la construí mirando esos símbolos. No conocía otros. Lo que conocía eran mis compañeros del liceo peleando, conteniendo las emociones y alejándose de lo sentimental y de lo emocional. Ahí podría decir que conocí la masculinidad. En esos espacios: en las peleas, en los juegos del colegio, en todo ese caos.

―¿Por qué decidiste incorporar el amor o el romance en la novela? ¿Esa relación tan adolescente?

―Creo que tiene que ver con la telenovela y con mi relación con el drama. Me gusta mucho el romanticismo, las películas y las novelas, y también los conflictos amorosos. Eso es muy de mi gusto personal, como una especie de placer culpable. Sin querer, ese placer culpable terminó entrando en la novela a través de los personajes. Después, eso tiene que ver con una decisión más técnica: me parecía interesante hablar de la muerte de alguien, de la soledad absoluta y de cómo uno empieza a construirse a partir de otras personas. Ese es el caso de Javier, que también es un personaje medio herido, medio transparente, y que representa relaciones muy contemporáneas: cosas que no se dicen, pero que se sienten hacia adentro. Cosas que no se hablan.

«Eso servía para darle otra capa a la novela, para que no fuera solamente la historia de un niño herido que llora por la muerte de su abuelo, sino también la de un adulto que está atravesando una herida similar».

―A propósito de esa herida, hay una cita que me gusta mucho: la de la «yaya«, como le dices a la abuela, pero que también era la palabra que usaban para nombrar una herida.

―Sí. Cuando uno es niño, puede decir «yaya» para referirse a una herida, pero también le dice «yaya» a su abuela. Se produce esa relación entre ambas palabras. De alguna manera, la novela también tiene una herida no explícita: una herida relacionada con el no lugar. Esa es una de las grandes preocupaciones de la novela, pero está muy implícita. Nunca se dice directamente.

La novela Regalón, de Cristian Hualacan, tuvo su origen en un cuento breve | Overol

―¿Qué esperas de los lectores de tu novela? ¿Qué te gustaría que encontraran en ella?

―Me lo pones difícil. No sé. Soy amante de la crítica literaria. Me interesan las opiniones y, sobre todo, cómo se leen las cosas. Entonces, me cuesta mucho preguntar directamente qué piensa la gente de mi libro. Un poco por una cuestión de humor: no quiero hablar de esta hueá, porque la trabajé durante dos o tres años y ahora quiero salir de ahí. Pero tengo que confesar que sí me interesan las críticas, cómo se leen los objetos narrativos, qué está diciendo la novela y qué interpretaciones aparecen a partir de ella. Me interesa saber qué está diciendo la novela para los lectores y, desde ahí, escuchar.

―¿Has leído críticas sobre Regalón?

―Sí, han salido como tres o cuatro. Están bacanes. Me gusta cómo colocan el libro en un lugar, cómo lo leen y las cosas que encuentran. Me gustan. Sí, están buenas.

―En la entrevista con Fran Palma dijiste que la escritura sirve para llenar el vacío. ¿La escritura sirve eso o para crear más vacío?

―No recuerdo exactamente en qué momento lo dije, pero sí creo que la escritura consiste en darle voz, narración y un relato a aquello que no tiene una definición conceptual típica. Y eso también tiene que ver con la poesía: con cómo convierto algo en una imagen que otra persona pueda leer, interpretar y transmitir.

«Sí creo que esa intención de construir una respuesta, de llenar o más o menos llenar ese vacío, termina produciendo otro. El texto mismo es un momento único que cada persona va a leer de una manera distinta. Entonces, también sumamos eso. Podría decir que la escritura sirve para construir más vacío».

―Si tuvieras que enumerar tus preferencias del uno al tres, ¿qué pondrías primero: el vino, leer o escribir?

―El vino siempre primero. Leer después y, por último, escribir.

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―¿Y qué lugar ocupan tus amigos?

―Me gusta estar en el bar, después estar con mis amigos, y también leer y conversar con ellos.

―¿Dónde quedaría escribir?

―Al último. Es muy íntimo.

―¿Por qué decidiste escribir sobre la naturaleza?

―Decidí escribir sobre la naturaleza porque es muy difícil hablar del sur, hablar del territorio, sin reconocer a la naturaleza como un personaje más. Eso, aunque haya sido sin querer, también se relaciona con la cosmovisión mapuche y con esa relación con la naturaleza, donde los árboles y los elementos naturales son mucho más que cosas.

«Simplemente salió. Si voy a hablar de un río, también estoy hablando de un personaje. Si voy a hablar de Puerto Saavedra, también estoy hablando de un personaje. Sin querer, la naturaleza terminó ocupando ese lugar. Salió sola, porque la historia tenía que ir hacia allá».

―¿Qué viene ahora? ¿Tienes pensado algún otro proyecto editorial, publicar algo nuevo?

―Me interesa trabajar en talleres, trabajar con comunidades y promover bibliotecas. Me interesan mucho las bibliotecas y, sobre todo, los espacios no convencionales de lectura y de biblioteca. Dentro de las cosas literarias, es de lo que más me interesa trabajar ahora.

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