
Marchant Lazcano ha elaborado un libro donde la crítica a la élite es extremadamente desafiante. Su denuncia se orienta a la inmoralidad, la endogamia y el secretismo ante los delitos o pecados de los privilegiados, que son resguardados con celo, porque de ello depende el equilibrio del ecosistema de clase.
Por Patricia Espinosa
Dos cosas realiza aquí Marchant Lazcano, ambas de manera brillante: primero, recorrer críticamente la historia social del país; segundo, exponer algunos de sus referentes literarios. En Historia de las humillaciones (Santiago: Tajamar, 2025), su nueva novela, todo gira en torno a un eje tan escurridizo como difícil de abordar: la humillación. Estamos frente a una suerte de mapa ficcional de humillaciones, donde retumba con fuerza el desprecio hacia quienes se consideran inferiores.
La narración avanza tras una suerte de línea quebrada, hacia un origen. El motor que mueve esta maquinaria es la élite, la cual actúa en silencio o solapadamente cuando se trata de uno de los suyos, pero alardea y vocifera al hacerlo contra la plebe.
Es complejo referirse a un libro como un intento de obra total. Sin embargo, este volumen ejecuta tal despliegue de temporalidades, espacios, personajes y situaciones que, sin problema, puede asumir esa etiqueta. Su logro mayor es la construcción de un sujeto colectivo, algo particularmente extraño y difícil de llevar a cabo. Este sujeto colectivo es la élite y sus modos de sobrevivencia. Marchant Lazcano impregna, con su oscura y apasionada estética, un pequeño mundo repleto de vidas vergonzantes. Por casi un siglo, sigue esas vidas para confirmar una y otra vez la mecánica del odio que habita en su centro.
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Un punto medular en el relato lo constituye el edificio llamado El Barco por su forma singular, ubicado en el cruce Merced y Santa Lucía, en el centro de Santiago. Construido en la década del treinta por el arquitecto Sergio Larraín García Moreno, el edificio fue financiado por la madre del arquitecto y causó un revuelo impresionante en el convencional urbanismo de la capital en aquellos años. Para el volumen, el edificio poco a poco fue transformándose en el lugar preferido por los snobs.
Marchant Lazcano recorre el siglo XX de manera no lineal, exponiendo el itinerario de la clase privilegiada, acompañado siempre por el correlato de la situación política. En este encuadre, también se ubican personajes de otros mundos, como el personal de servicio. Presentados como leales a toda prueba, guardianes de los secretos de sus «patrones» hasta el fin de sus días, algunos tienen, aun así, una feroz mirada crítica. En ellos y ellas, las humillaciones están naturalizadas, como si su única función en la vida tuviera que ser el de servir y ubicarse abajo, en la zona del sometimiento.
El narrador no suelta a sus personajes. Los aproxima y, momentos después, los desenfoca y sigue otros rumbos. Este movimiento de tomar y abandonar para luego retomar corresponde a un ciclo que se reitera. La historia dispersa la función protagónica de sus personajes y nos obliga con ello a jugar, a explorar quién es, en definitiva, el personaje central de la novela.
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Así van apareciendo en escena ancianas orgullosas de sus privilegios sociales, ostentosas de sus apellidos, expertas en estirpes y pegadas a sus mundanos recuerdos. París, el lujo, el gusto por el arte, los absurdos placeres cotidianos y las relaciones sociales entre encopetados son abordadas con un tono narrativo ridiculizante, despreciativo e intenso. El autor remarca de manera implacable la banalidad y la doble moral de este conjunto de seres abominables. ¿Suena conocida esta caracterización de la oligarquía?
Más allá de eso, la historia del que resultará ser el centro oculto del libro está construida de una manera tan precisa que se ubica dentro de lo mejor del volumen: una sucesión de hechos que entrelazan a la
dueña de un prostíbulo, a la arruinada hija de Alberto Blest Gana y al oculto narrador, Federico Arriagada, un periodista, novelista, homosexual, de origen clase mediero y descaradamente arribista, quien a sus 90 años recorre su vida y la de la historia social de la élite.
Marchant Lazcano es, por lejos, el mejor exponente de la homosexualidad burguesa nacional. Su punto de vista no complaciente, orientado a desentrañar la identidad nacional disidente, es uno de los sellos de su narrativa. En esta novela agrega un eslabón más a su plan literario. Federico es el símbolo de una nueva clase de gay, un profesional universitario sin apellidos pomposos que ha logrado con esfuerzo vivir como la élite.
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Habita un departamento del edificio El Barco, cuando este sitio ha sido abandonado por la «nobleza». En el presente de la narración, a sus 90 años, recorre su pasado, elaborando una suerte de cartografía íntima de la historia gay burguesa del país, desbordante de hombres con apellidos ilustres, llenos de hijos “Mister Gay”, como los denominara Lemebel, expuestos con saña en su doble moral. Federico es parte de una nueva camada de homosexuales aspiracionales que, a costa de mucho trabajo, consigue acceder a lo que el mercado le ofrece, un estilo que los convierte en copias de la élite.
Por lejos la escena más grandiosa de este volumen es una fiesta de disfraces realizada durante la década del sesenta por uno de estos notables miembros de la alta sociedad. La figura central del evento es un anciano militar de alto rango convertido en una grotesca reina. Marchant Lazcano configura con experticia un carnaval para luego girar sin miramientos a juegos intertextuales. Es así como cita y se apropia de la anciana enloquecida de Coronación (1957), de José Donoso, o Rafael, el personaje de la magnífica novela de Fernando Valdivieso La condena de todos (1966). Personalmente, considero que la cita a Valdivieso es notable, ya que demuestra un uso excepcional de la intertextualidad.
Humillar es una de las formas de disciplinar en lo público y en lo privado. La finalidad de este accionar es resituar al infractor, enseñándole quién tiene el poder. Marchant Lazcano ha elaborado un libro donde la crítica a la élite es extremadamente desafiante. Su denuncia se orienta a la inmoralidad, la endogamia y el secretismo ante los delitos o pecados de los privilegiados, que son resguardados con celo, porque de ello depende el equilibrio del ecosistema de clase. Esta novela rezuma rabia y resentimiento al interior de un discurso inteligente y cáustico. Sin más, Marchant Lazcano ha escrito nuevamente una grandísima historia.

Patricia Espinosa es doctora en Literatura con Mención en Literatura Chilena e Hispanoamericana. Ha ejercido la crítica literaria en medios como La Época, Rocinante, Palabra Pública y Las Últimas Noticias | Síguela en Instagram
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