
El desafío no es volver nostálgicamente a antiguas formas de comunidad, sino preguntarnos cómo actualizar esas experiencias de cuidado colectivo en un presente radicalmente distinto.
Por Nicolás Fernández y Julia Navarro
Nicolás Fernández y Julia Navarro son conductores del podcast sobre salud mental Estado de ánimo, transmitido por Radio Usach
En Chile, hay personas que pasan días completos sin hablar con alguien. No se trata de una metáfora; es un hecho. Personas que trabajan frente a una pantalla, vuelven solas a sus casas, piden comida desde una aplicación, se quedan dormidas con la televisión o el teléfono encendido y despiertan al día siguiente sin haber sido tocadas, escuchadas ni miradas realmente por otro ser humano. La soledad dejó hace tiempo de ser una experiencia excepcional o íntima: se convirtió en una forma de vida silenciosamente normalizada. Y quizás lo más inquietante es que aprendimos a confundir esa desconexión con libertad.
Como si la posibilidad infinita de elegir personas, cuerpos, trabajos, vínculos e identidades hubiera reemplazado nuestra necesidad de pertenecer a algo. Eva Illouz advierte que el capitalismo emocional transformó el amor y los vínculos en un mercado permanente de expectativas, donde siempre parece existir una opción mejor esperando más allá. El problema es que, mientras buscamos obsesivamente esa promesa futura, postergamos el compromiso con lo real. Así, en medio de la hiperconexión y el exceso de posibilidades, terminamos atrapados en una paradoja brutal: nunca habíamos tenido tantas maneras de encontrarnos y nunca había sido tan difícil sostener el vínculo con alguien.
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La soledad contemporánea también aparece en vínculos incapaces de sostenerse más allá de la urgencia o la fugacidad. Amistades reducidas a reaccionar a las historias de Instagram; familias que solo conversan para coordinar horarios; parejas que se quieren, pero viven agotadas, calculando cuánto pueden entregar sin desarmarse ellas mismas en el intento. En la sociedad actual, el cansancio se ha vuelto una experiencia compartida y el vínculo comienza a administrarse como un recurso escaso. Se responde tarde. Se posterga. Se evita incomodar. Se aprende a no necesitar demasiado. Y poco a poco, casi sin notarlo, la autonomía deja de ser una conquista y empieza a parecerse peligrosamente a una intemperie adversa.
Frente a esta realidad, la pregunta deja de ser íntima y se vuelve política: ¿qué tipo de país produce sujetos que sobreviven solos, pero ya no saben (con)vivir juntos? Un país donde pedir ayuda empieza a sentirse como una carga. Donde los vínculos deben adaptarse a jornadas laborales interminables, al cansancio crónico y a la lógica de que siempre hay algo mejor esperando del otro lado de la pantalla. Un país donde las personas pasan más tiempo administrando su agotamiento que construyendo una comunidad. Porque la soledad contemporánea y no deseada no siempre se parece al abandono explícito. A veces, se parece simplemente a no tener tiempo para nadie, ni siquiera para uno mismo. Y otras veces ocurre exactamente al revés: personas jubiladas, viudas o finalmente libres de horarios descubren, demasiado tarde, que ahora sí tienen tiempo, pero ya no saben con quién compartirlo.
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Hannah Arendt escribió que la soledad política comienza cuando las personas dejan de sentirse parte del mundo compartido. No se trata solamente de estar solos, sino de perder la experiencia de pertenecer a algo común. Y esto es lo que vuelve tan peligrosa la soledad contemporánea: deteriora la salud mental, pero también erosiona lentamente la posibilidad de construir una vida colectiva.
Una sociedad donde nadie confía en nadie, donde pedir ayuda se vive como fragilidad y donde el otro aparece principalmente como competencia termina convirtiendo el aislamiento en una forma de organización social. Pero incluso en medio de esa atomización, Latinoamérica todavía conserva algo incómodo para la lógica del individualismo: formas de vínculo que sobreviven a la precariedad. Las ollas comunes, las redes vecinales y la solidaridad improvisada frente a incendios, inundaciones o crisis económicas no son únicamente gestos culturales ni escenas de nostalgia comunitaria. Son formas de resistencia. Maneras precarias, imperfectas y muchas veces agotadas de recordarnos que sobrevivir nunca ha sido un acto completamente individual.
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El desafío no es volver nostálgicamente a antiguas formas de comunidad, sino preguntarnos cómo actualizar esas experiencias de cuidado colectivo en un presente radicalmente distinto. Porque las ollas comunes, las redes vecinales y la solidaridad improvisada frente a las crisis nunca fueron solamente gestos de emergencia: son un resumen de las maneras de producir pertenencia en medio de la precariedad. Tal vez ahí exista una intuición importante para estos tiempos.
En una sociedad atravesada por la hiperconexión digital, el cansancio y la lógica permanente de la competencia, reconstruir vínculos ya no puede depender únicamente de la intimidad privada ni del esfuerzo individual. Requiere imaginar nuevas formas de encuentro, de tiempo compartido y de cuidado mutuo capaces de dialogar con las realidades actuales sin renunciar a lo colectivo. Porque si algo ha demostrado Latinoamérica, incluso en sus momentos más frágiles, es que sobrevivir siempre ha sido una tarea común, aunque el modelo insista en convencernos de lo contrario. Nos enseñaron que la autosuficiencia era libertad. Pero nadie puede construir una vida completamente solo. Tarde o temprano, incluso en medio del ruido y la hiperconexión, el cuerpo vuelve a recordarlo: sobrevivir no siempre es vivir.

Nicolás Fernández es psicólogo | Síguelo en Instagram
Julia Navarro es editora | Síguela en Instagram
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