
Si seguimos promoviendo un país donde la supervivencia individual es la regla, la salud mental será un lujo y la democracia, una formalidad. Al comprender que el bienestar emocional es inseparable de las condiciones materiales, simbólicas y políticas de la vida en común, podríamos recuperar algo que parece extraviado: la idea de que todos importamos.
Por Julia Navarro y Nicolás Fernández
Julia Navarro y Nicolás Fernández son conductores del podcast sobre salud mental Estado de ánimo, transmitido por Radio Usach
En Estado de ánimo hemos intentado sostener una premisa que parece incómoda en el escenario actual: la salud mental no es un asunto privado. Por más que el discurso dominante se esfuerce en reducirla a una ecuación de hábitos individuales, fuerza de voluntad y “gestión emocional”. Ese gesto político que pone la subjetividad al centro no es menor, especialmente en un año electoral, cuando buena parte del debate parece girar sobre identidades, seguridad, orden público y crecimiento económico, pero pocas veces sobre la pregunta que articula a una sociedad: ¿cómo queremos vivir juntos/as?
1. El malestar no es individual, es estructural y político
En 1930, Freud advertía en El malestar en la cultura que toda sociedad produce tensiones inevitables entre el individuo y el orden colectivo. Pero lo que vivimos hoy en Chile es un modelo de subjetividad construido durante décadas, que ha hecho del individualismo extremo no solo una ideología económica, sino también una forma de sentir, de pensar y de proyectarnos.
Autores contemporáneos como Byung-Chul Han han descrito esto como una autoexplotación emocional: somos sujetos que se culpan por no rendir, por no estar bien, por no ser suficientemente resilientes. Algo de esto discutimos en el programa al abordar el mandato de la “gestión personal” de la salud mental, el que termina culpabilizando y aislando a las personas que atraviesan sufrimiento.
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Lo cierto es que una sociedad que internaliza este modelo emocional, empujando la idea de que todo depende de uno mismo, termina despolitizando el malestar. Y cuando el sufrimiento deja de ser un problema colectivo, se vuelve un terreno fértil para la desafección democrática y para los populismos.
2. Democracia emocional, lo que se juega en estas presidenciales
Si la democracia se sostiene sobre la confianza (en las instituciones, pero también entre las personas), entonces el estado emocional del país no es un detalle y pasa a ser su condición de posibilidad.
En el episodio donde conversamos con Simón Espinosa (En volá) sobre cannabis y salud mental, surgió algo que va más allá de la política de drogas y que se expresa en el derecho a vivir sin miedo, sin criminalización, sin patologización. Es decir, el derecho a ser sujetos y sujetas en esta sociedad. En un clima electoral donde se vende la seguridad a costa de libertades, ese debate se vuelve urgente. Porque una ciudadanía emocionalmente desgastada y atrincherada por el miedo puede preferir respuestas simples, incluso autoritarias, con tal de ganar un mínimo de esperanza en el control.
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La socióloga Eva Illouz lo dice con bastante claridad: las emociones son dispositivos políticos. Si no entendemos que el miedo, la rabia, el hastío y la desconfianza están estructurando las decisiones electorales y las preferencias políticas, seguiremos diagnosticando la democracia como si fuera solo un problema institucional.
3. El riesgo de la política de la simplificación
En Estado de Ánimo intentamos no caer en la tentación de las lecturas simples. Cuando conversamos sobre desigualdad, sobre el sistema de salud, sobre educación emocional o sobre violencia cotidiana, se repite la premisa de que los problemas no son aislados, sino que sistémicos.
En el capítulo dedicado a los jóvenes y la salud mental, conversamos sobre el origen de la crisis. Pareciera que estas no son únicamente psicológicas: la cultura juega un rol fundamental. Jóvenes que no ven futuro, que sienten que el país no los considera, que viven entre la hiperexigencia y la precariedad. Y esos jóvenes votan. O dejan de votar. Ambas cosas tienen consecuencias.
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Zygmunt Bauman hablaba de la modernidad líquida. Vínculos frágiles, identidades inestables, instituciones porosas. Pero en Chile, aparte de vivir liquidez en nuestras relaciones, vivimos, además, una fragmentación marcada. Una sociedad fragmentada desconfía, se fatiga y comienza a ver al otro más como amenaza que como parte de una comunidad. Esa configuración emocional es exactamente la que permite que florezcan discursos que prometen orden sin convivencia, progreso sin derechos, protección sin democracia.
4. ¿Qué país estamos dispuestos a imaginar?
Cuando preguntamos en el programa qué país queremos construir pensando en nuestra salud mental, se trata de un ejercicio que va más allá de la buena voluntad. Es una pregunta radical, porque obliga a desnaturalizar lo que hoy se ha vuelto cotidiano: la precariedad como norma, la violencia como respuesta, el trabajo como centro de la vida, el consumo como bienestar y la política como guerra.
En el episodio en que discutimos el burnout social, conversamos a propósito del sentimiento de cansancio. Pareciera que no estamos “cansados” en abstracto: estamos agotados de un modelo que pide más de lo que devuelve. Y ese agotamiento, si no se politiza, si no se transforma en proyecto, termina siendo caldo de cultivo para la indiferencia. La indiferencia, lo sabemos, es el primer síntoma de una democracia en riesgo. La indiferencia acompañada de soledad.
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5. Salud mental como proyecto de país
Cuando las candidaturas hablan sobre salud mental, tienden a pensarla en la prestación se servicios. Como si la salud mental se jugara en el espacio en el que tienes un problema y vas al psicólogo/a o al/a psiquiatra. No basta con que las candidaturas incluyan “salud mental” en sus programas. La pregunta es otra: ¿están dispuestos a redistribuir poder, recursos y condiciones de vida para que la salud mental deje de ser un privilegio?
Proponemos en este sentido que el malestar mental o el sufrimiento psíquico tienden a ser más el síntoma de una sociedad cansada que un problema individual de adquisición de herramientas para adaptarnos mejor al ambiente. Tiende a ser más la consecuencia de una sociedad fragmentada e individualizante que “enfermedades” individuales.
Considerar la salud mental en un programa es garantizar el acceso a la atención digna en salud mental fortaleciendo la salud pública, pero también reducir la desigualdad estructural, fortalecer la educación pública, mejorar las pensiones, asegurar una vivienda digna, abordar la seguridad con una perspectiva comunitaria. Es, entonces, reconstruir la forma en que hacemos comunidad.
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La salud mental tiene que ver con la vida que queremos vivir, con lo que estamos dispuestos/as, o no, a hacer por las demás personas. Es tener un Estado protector y garante. Que la política pública se enfoque en vivir en compañía y en abordar esto de manera compleja.
6. Lo que está en juego
Los modelos económicos y el funcionamiento del Estado producen cierto tipo de sujetos/as. El sentido común que se construye es parte de lo que se juega en estas elecciones. Profundizar un Estado subsidiario que se mantiene al margen del mercado y retroceder en avances sociales como la gratuidad en la educación superior o la mejora de las pensiones para nuestras personas mayores es avanzar en construir sujetos/as individualistas, sin capacidad de empatía.
Se podría elegir, por otro lado, avanzar en las necesidades sociales que tiene nuestro país, como mejorar el sueldo mínimo para garantizar el acceso a una buena vida y el fortalecimiento de los servicios del Estado, como la salud y la educación. Avanzar en calidad de vida y en tiempo libre. Vernos más. Confiar en nuestros vecinos y vecinas y construir con esperanza la comunidad de un Chile futuro.
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Si seguimos promoviendo un país donde la supervivencia individual es la regla, la salud mental será un lujo y la democracia, una formalidad. En cambio, al comprender que el bienestar emocional es inseparable de las condiciones materiales, simbólicas y políticas de la vida en común, podríamos recuperar algo que hoy parece extraviado: la idea de que todos/as importamos.
La democracia no se erosiona de un día para otro. Lo hace lentamente, cuando la gente deja de sentirse parte. Es importante volver a los principios de la democracia, que no se sostiene solo con votos, sino con personas que sienten que valen, que participan, que importan. Y cuando el voto obligatorio ha cambiado las reglas del juego, estamos peligrosamente cerca del punto en que se ignoran las necesidades del amplio espectro de votantes.
No seamos el país que no se mira en el espejo. El deterioro emocional de Chile no es una estadística ni un diagnóstico clínico; es el síntoma de un país que puede perder la capacidad de mirarse colectivamente. Todas las encuestas muestran que el sentimiento de soledad está muy presente en Chile. Tengamos la esperanza de que, eligiendo proyectos más solidarios, con políticas sociales más fuertes, con un Estado garante de nuestros derechos, podemos sentirnos más acompañados y acompañadas.

Julia Navarro es editora | Síguela en Instagram
Nicolás Fernández es psicólogo | Síguelo en Instagram
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