La ministra Carola Rivas fue, lejos, lo peor que pudo pasarle al caso. Su relato no solo dio en el gusto al conjunto de potenciales involucrados, sino también cerró la investigación con una hipótesis vaga, prejuiciosa, mediocre y sin responsables.

Por Sebastián Alvarado Fuentes

A diferencia de sus antecesores, que permitían que los encargados policiales asumieran el rol público, Carola Rivas —la última ministra del caso— fue la protagonista mediática de esta fase. Si bien carecía de formación como investigadora, tenía la ventaja de que podía investigar el crimen con el conocimiento de la causa de muerte: intoxicación por consumo de pentobarbital. Sobre esta base, consideró que la tesis de Stuardo era la más coherente, por lo que, después de establecer, según nuevos informes forenses, que Jorge Matute no habría recibido una golpiza, se abocó a profundizar en ella. Para eso, volvió a darle veracidad al testimonio de Juan Mondaca, el mismo que había aceptado mentir en sus acusaciones anteriores.

Luego estableció una lista de posibles culpables del crimen, a partir del supuesto perfil de este grupo de violadores que, por lo visto, estuvo décadas actuando en la más plena impunidad. Al final, no hay mucho que contar: Carola Rivas dijo que la mayoría de las personas de interés en el caso ya había fallecido y dio la investigación por cerrada. Sin culpables. Sin justicia.

Sin embargo, lo que sí hizo la ministra fue exponer exhaustivamente en los medios su opinión sobre por qué se podían descartar las tesis de Ovalle y Arenas. Por lo general, sus entrevistas se tratan de eso, ya que no suele revelar datos específicos sobre su propia tesis. El discurso es, por lo bajo, tendencioso. En sus apariciones públicas, la ministra ha mostrado una inusitada empatía hacia Óscar Araos y su pandilla, además de Bruno Betanzo. Los presenta como víctimas de vulneración de derechos, por las presiones que recibieron al ser interrogados y el periodo en que estuvieron detenidos, entre Navidad y Año Nuevo, lo que considera una forma inhumana de forzar una confesión. Tal como lo haría una vocería, también intenta justificar cualquier hecho extraño que los involucre. Por ejemplo, dice que la llamada al 133 de esa noche la realizó uno del grupo porque estaba siendo agredido. Sin embargo, los testimonios, hoy públicos, dicen que Óscar Araos solía ser el agresor, que él comenzaba las peleas y obligaba a sus amigos a defenderlo.

En un reportaje de TVN, Cristián Araos confirmó que esa llamada la hizo Óscar. Por otro lado, la jueza también dijo que la llamada que pasó por la antena del camino a Santa Juana se produjo porque uno del grupo se comunicó con su hermano. ¿Óscar y Cristián? En lo relativo al sacerdote y la confesión, ella solo se ha limitado a decir que no lo cree, omitiendo cualquier comentario sobre el tío de los Araos.

Respecto a la tesis de Ovalle, los argumentos son todavía más increíbles. Por ejemplo, dice que la sangre encontrada en el subterráneo pertenecía a una mujer, de la cual omite el nombre, que supuestamente se cayó ebria. Agrega que el subterráneo no se usaba, pues tenía filtraciones de agua y, por lo tanto, solía inundarse. El problema es que la sangre se encontró con luminol, como si hubiera sido limpiada, y el lugar no estuvo nunca inundado, lo que Ovalle prueba con evidencia fotográfica en su libro. Además, según Rivas, la misma mujer que cayó por la escalera y dejó manchas de sangre luego se dirigió al Puente Juan Pablo II, donde vomitó y se sostuvo de la baranda, por lo que dejó marcadas sus huellas, luego encontradas por el equipo de Arenas, si bien la posición de las manos hacía inferir que alguien estuvo colgando.

La ministra también ha sostenido que hubo otras víctimas de este grupo anónimo de abusadores, pero que solo Jorge murió. Cabe preguntarse si nunca investigaron o siguieron el camino de la droga, siendo esta extraña y de difícil acceso?


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La ministra sostuvo que era inverosímil que Roa hubiera estado borracho: cree que lo inventó porque se fue sin importarle su amigo. Si no estaba borracho, ¿decidió irse porque sí? En la reconstitución de escena, Roa dijo que los guardias llevaban a alguien hacia el subterráneo, que supuestamente no se utilizaba. Según la jueza ¿ese detalle fue inducido? ¿Por qué alguien querría inducir algo así?

Por último, la ministra asumió como verosímiles las acusaciones contra el cabo Martínez, aunque estas tenían su base en las declaraciones de Susana, la amante del Mañungo, la misma que dijo que el traficante estuvo involucrado en la desaparición de Coke y acusó la existencia de una red de corrupción de carabineros y políticos. Rivas no cree en esto último, lo cual consolida un patrón: la ministra solo acepta la parte de los testimonios que sirven a su relato. Paradójicamente, es la misma crítica que planteó a las investigaciones anteriores.

A veces, el problema es la simplificación; lo que en su acepción básica se entiende como «la navaja de Ockham»: la resolución de un caso no partiría de un escenario complejo, sino de uno simple, de relaciones directas. Sin embargo, en el crimen de Matute Johns esa lógica no aplicó, sobre todo considerando el boicot al que fueron sometidas las pesquisas. Si todos quienes dicen tener una respuesta sobre lo que pasó aparecen muertos, ¿es o no probable una conspiración para ocultar la verdad?

Algo que Rivas nunca explica es si, a su juicio, Jorge murió por la combinación de drogas y un trago que le suministró alguien para abusar de él, en tanto el alcohol más el pentobarbital inhibe las facultades respiratorias. Y si este grupo de depredadores sexuales repetía su modus operandi continuamente, al punto de que Mondaca se enteró de esto sin conocerlos, ¿cómo es que Coke fue la única persona que sufrió una sobredosis? ¿Existe certeza de que las otras personas drogadas en fiestas de la zona lo fueron con los mismos fármacos? ¿O solo porque en esos casos y en el de Matute hay drogas involucradas se asume que sucedió lo mismo?

Por otro lado, ¿quién era el proveedor de drogas de estos supuestos cazadores? Al no ser sustancias de acceso fácil, ¿dónde las conseguían? ¿En La Cucaracha, quizás? Como la ministra Rivas parece creer ciegamente en el testimonio de Bruno Betanzo, no asume esa posibilidad.

¿Por qué encontraron anfetaminas, además de pentobarbital, en los restos de Jorge? Tras consumir las supuestas drogas, ¿Matute pasó un rato un tranquilo, salió de la discoteca sin que nadie lo viera, se subió a un auto sin que tampoco nadie lo viera y después murió de sobredosis? El atacante ¿manejó con el cuerpo decenas de kilómetros hasta pasar por el Camino a Santa Juana y arrastró el cuerpo sin ayuda ni testigos a la orilla del río, lugar en el que nadie se dio cuenta de que estaba Coke hasta más de cuatro años después?


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En los casos de personas drogadas con el móvil del robo y/o el abuso, ¿se usa esa mezcla de drogas? ¿Acaso no suelen utilizarse benzodiazepinas, como el clonazepam y la zopiclona? El pentobarbital ¿no se usa para que los animales mueran sin dolor? ¿No es posible que este fármaco le haya sido inyectado a Coke con el mismo fin? Si se sabe la identidad de parte de este grupo de depredadores, ¿por qué no se hace pública para que otras de sus víctimas se animen a entregar sus relatos? Si Stuardo sabía de la existencia de este grupo, ¿los dejó seguir operando en plena impunidad después de dejar el caso? ¿No se les debía investigar por las otras víctimas?

Las inconsistencias

La ministra Carola Rivas fue, lejos, lo peor que pudo pasarle al caso. No solo su relato dio en el gusto al conjunto de potenciales involucrados, sino también cerró la investigación con una hipótesis vaga, prejuiciosa, mediocre y sin responsables. Sin ningún tipo de justicia. ¿Para qué seguir investigando a empresarios, policías y pandilleros de alta alcurnia si, al final, es menos riesgoso culpar a un grupo anónimo de depredadores homosexuales y acabar con el tema?

En una entrevista con Cristián Valdebenito, publicada en YouTube el 29 de marzo de 2018, la ministra Rivas dice que Gerardo Roa nunca buscó a Coke. Que se fue de La Cucaracha y lo dejó abandonado por nada en especial; porque esa fue su voluntad. Esto lo justifica en que, supuestamente, las primeras declaraciones de Roa fueron vagas y luego, más detalladas, lo que atribuye a la influencia de Carabineros. La verdad es que Roa comenzó a recordar detalles después del trabajo con la psiquiatra del Instituto Médico Legal, la misma que declaró en televisión que recibió presiones para no seguir trabajando en el caso. Asimismo, Roa vio que los guardias tenían un problema con alguien similar a su amigo y después de eso decidió irse, según su testimonio. Nada de eso importa a la ministra Rivas, probablemente porque no sirve para cerrar el asunto.

En la misma entrevista, la ministra dice que el hecho de que se quisiera ocultar el cuerpo de Coke indica que la persona que lo envenenó no estaba acostumbrada a cometer ese tipo de delitos. ¿La misma idea no puede aplicarse al grupo de amigos de Araos? ¿Qué pasa con los delincuentes profesionales, que sí se toman la molestia de ocultar los cuerpos?

Si fue una dosis en un trago al interior de La Cucaracha, y desde la inoculación hasta la muerte deben pasar alrededor de seis horas, según informa la ministra, ¿los efectos no debieron comenzar al interior del establecimiento? Si al interior del local había gente que reconocía a Coke, como ella establece, ¿nadie se dio cuenta? Rivas afirma que hay testigos que vieron a Coke conversando con un grupo de hombres en distintos momentos de la noche. Si supuestamente se entrevistó a alrededor de 600 personas que estuvieron ahí, ¿no hablaron con ninguno de ellos? ¿Nunca se los identificó? ¿Nunca se los describió?

Lo más sorprendente de esta entrevista es que Cristián Valdebenito pregunta a la ministra si la persona que se confesó con el sacerdote, que después fue hallada muerta en un auto calcinado y que resultó ser tío de Araos, aparecía en la lista de supuestos depredadores. Ella evade la respuesta. Simplemente, dice que el sacerdote no tiene credibilidad. ¿Por qué no respondió afirmativa o negativamente, considerando que esta persona pudo conocer al padre de Bruno Betanzo?

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Otro elemento que llama la atención es que, al comienzo de la entrevista, Rivas dice que la verosimilitud de su tesis radica en que se encontraron otras personas muertas por drogas usadas para robarles o violarlas, y que esas víctimas presentan las mismas particularidades que el cuerpo de Jorge Matute. Sin embargo, al final de la entrevista señala que no se encontraron otros casos de sobredosis de pentobarbital.

En una entrevista publicada en YouTube el 16 de noviembre de 2022, Álex Matute dijo que conversó con una de las personas que supuestamente fue drogada, secuestrada y abusada. Según él, esta persona confesó que fue inducida a apoyar la tesis de la ministra Rivas y que, en realidad, no recordaba nada al respecto. 

¿Otros escenarios posibles?

¿Hay otros escenarios posibles, teniendo en cuenta los antecedentes a la mano? ¿La única respuesta aceptable a la presencia de drogas era la tesis de Stuardo? La tesis de Stuardo ¿excluye realmente a las demás?

Imaginemos esto: en algún momento de la noche, Coke acepta un trago de un desconocido, porque este luce como alguien de confianza o porque le parece familiar. Bebe el trago. Al rato, comienza a sentirse mal y a perder el control de sus movimientos. Intenta agarrarse de las paredes o de otras personas, por lo que llama la atención de los guardias, quienes, al sostenerlo, notan que cae en una especie de crisis. Deciden llevarlo a un lugar aparte, digamos el subterráneo, para encargarse del asunto. No logran contener sus síntomas y Jorge Matute Johns termina por sucumbir a la sobredosis. Luego, debido a la existencia de un tráfico de drogas que involucra a todo el circuito de La Cucaracha, deciden ocultar el cuerpo y activar una red de protección. (A)

Volvamos un poco: Coke siente los efectos de la droga y decide salir a tomar aire al estacionamiento. En ese lugar, comienza a perder el control e intenta sostenerse de alguno de la pandilla de Araos, el que cree que lo está molestando un borracho o que es el amigo de alguien con quien tuvo una pelea y, junto a los suyos, lo golpean hasta que Matute presenta síntomas que, en el momento, no pueden comprender. Uno de ellos intenta llamar al 133, pero los demás lo detienen. Otro llama a su hermano y le pregunta qué hacer. Este último llega a buscarlos en su camioneta y les indica un conjunto de instrucciones para ocultar el crimen. (B)

Volvamos nuevamente: Coke es drogado y sucumbe a la sobredosis al interior de la discoteca, y los guardias se involucran para contenerlo. El dueño, que es parte de una red de narcotráfico y sabe quién droga a los jóvenes en sus dependencias, llama al victimario y le dice que tiene que hacerse cargo, pues todos pueden caer presos por su error. En su desesperación, esta persona recurre a unos familiares que justo se encuentran en el estacionamiento, quienes lo ayudan, junto al staff de La Cucaracha, a encubrir los hechos. Luego deciden culparse mutuamente porque, así, la investigación nunca podrá dar con la verdad por completo. Sin embargo, en el proceso cometen muchos errores, incluyendo que el victimario se siente culpable y se confiesa con un sacerdote, por lo que deciden conspirar en conjunto para deshacerse de los cabos sueltos. (A+B)

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O quizá pasó algo mucho más simple: Jorge tuvo problemas con algunas personas, o bien estas lo confundieron, y decidieron drogarlo sin que se diera cuenta con un cóctel de pentobarbital + anfetaminas para que fuera más fácil atentar contra él, cosa que hicieron con resultado de muerte. Quizá estas personas se reunieron al tiempo para acordar el desvío de la investigación, lo cual lograron con la ayuda de un famoso abogado (B2). O, quizá, un profesor de la Universidad de Concepción drogó a Jorge, al punto de provocarle una sobredosis, y al único que pudo pedir ayuda para ocultar el cuerpo fue a su sobrino, estacionado no muy lejos de él (B3). Así podríamos seguir y seguir.

Mi intención no es acusar a nadie, sino plantear que el hecho de que Coke haya sido víctima de una sobredosis de pentobarbital no implica lógica y directamente que la tesis de Stuardo sea la verdadera, al menos no como está planteada. Tampoco excluye las demás, sobre todo por el comportamiento obstruccionista del conjunto de involucrados y sospechosos.

La impunidad como ley

¿Por qué nunca se resolvió el enigma del caso Matute Johns? No tengo reparos en apostar una respuesta: el ecosistema en el que sucedió estaba profundamente podrido. Nuestra sociedad estaba corrompida a tal punto, que ni siquiera podíamos darnos cuenta de la magnitud de esa corrupción. Un ejemplo: mientras se buscaba el cuerpo de Jorge, aparecieron otros 18. ¿Qué nos dice esto sobre cómo operan las instituciones ante las desapariciones en nuestro país? En el caso de Kurt Martinson, ya se registra un suicidio durante la investigación. ¿Hasta cuándo el sistema será inoperante en casos donde obviamente estamos en presencia de una conspiración? Es como si nuestras instituciones fueran incapaces de procesar la complejidad.

No es que no haya conspiraciones en nuestro país. Solo hace falta recordar el caso Stockle, donde hubo evidencia falsificada por militares y acoso a testigos, además de descarte de testimonios por pericias psicológicas. O el caso Harex, donde presuntamente estuvieron involucrados sacerdotes y policías. Y basta recordar a Jorge Matute Johns, a Coke, a ese joven carismático cuya imagen fue parte de la infancia y la adolescencia de quienes nacimos en los ochenta o los noventa, a ese joven cuya familia nunca recibió justicia. Su caso nos mostró que Chile nunca fue lo que nos decían de niños, sino todo lo contrario. No es la copia feliz del Edén. Es el lugar donde la ley es la impunidad.

Sebastián Alvarado Fuentes es licenciado en Lingüística y Literatura con mención en Literatura por la Universidad de Chile y profesor de Lenguaje y Comunicación de la Universidad Católica, además de magíster en Letras de la misma casa de estudios. Actualmente, cursa el programa de Doctorado en Teoría de la Literatura y Literatura Comparada de la Universidad Autónoma de Barcelona

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