Nos tomamos de las manos: a diez años del movimiento estudiantil de 2011

Por Julia Navarro Pino (*)

Los estudiantes chilenos

y latinoamericanos

se tomaron de las manos

matatiretirundín.

En este hermoso jardín

a momios y dinosaurios

los jóvenes revolucionaurios

han dicho basta por fin.

¡Basta!

“Móvil oil special”, Víctor Jara.

Desafiarnos a revisitar el pasado posiblemente es de los ejercicios más inocentes y peligrosos, toda vez que sea igual de gratificante. Se nos ha dicho que podemos aprender de él, que no debemos olvidar, más todavía en un contexto de injusticia e impunidad. “¡Ni perdón ni olvido!”, escuchamos por las calles infestadas de gente.

Asistí a mi primera marcha para la revolución pingüina: con mi mochila en la espalda, me dirigí junto a cientos de compañeras y compañeros a la Plaza de Puente Alto. No recuerdo una marcha anterior. No vengo de una familia con detenidos y/o exterminados políticos; tampoco diría que vengo de una familia totalmente opuesta a esa configuración. Si soy honesta, vengo de una familia promedio: deseos promedios, carreras tradicionales, primera generación de hijos universitarios en la mayoría de los casos. Hablo de la típica clase media creada por la Concertación, que lo pasó mal durante la dictadura pero no sufrió pérdidas humanas y, es más, pensó que la estaban salvando del hambre, de la obsolescencia, de la pobreza; en síntesis, del cáncer marxista: una denominación nada azarosa, ya que “de esta forma furtiva y en apariencia inocua el lenguaje del genocidio se ha colado en nuestro vocabulario”, como diría igualmente Arundhati Roy. Nos configuraron y nos dejamos moldear bajo el experimento perfecto: el retorno a la democracia.

Lo que seguramente no sospechábamos —y acá no culpo a mis padres ni a los padres de sus padres, culpo a los gobiernos de estos últimos 30 años— era el paternalismo que nos moldeó el oxímoron de una utopía capitalista. Nuestro esfuerzo, sin duda, tenía recompensas, pero también costos ¡y vaya qué costos! Por lo tanto, insisto, mi primera marcha fue un ejercicio de catarsis en el que mi rebeldía juvenil no solo tenía asidero colectivo: tenía sustento concreto. Podíamos lograrlo todo porque —aparentemente— ya no había hambre, no hacíamos fila por alimentos, más bien todo lo contrario, teníamos alternativas de comercio en una variedad casi infinita. ¿A qué costo? En módicas cuotas, por supuesto. Así como elegíamos comprar entre una salsa de tomates y otra (¿alguien me puede decir si son realmente diferentes?), también podíamos elegir nuestra carrera universitaria a granel, y si no te alcanzaba el puntaje, tu mundo no se acababa ahí, ya que podías “reforzar” en un preuniversitario. ¿A qué costo? En módicas cuotas, por supuesto. En suma, apliquemos el mismo procedimiento para entender el CAE.

Desde mi primera marcha, no solo creció mi descontento por la existencia de un mercado depredador en la educación primaria y secundaria (la famosa batalla por la Ley Orgánica Constitucional de Enseñanza). Me licencié de cuarto medio en un colegio en el que básicamente reforzaban la PSU (¡vaya estandarización que heredamos!), porque, claro, mientras más rebaño ingrese a las instituciones de pregrado, más recursos. ¿Ustedes también logran ver la spirale? Pero no nos desviemos: familia promedio, oportunidad de elegir, módicas cuotas. Accedí al CAE, no me culpen… ¡era mi oportunidad de entrar a la universidad! ¿El remate del chiste? Ingresé a una universidad privada a estudiar Literatura.

La meritocracia es un chiste bastante ingrato y cruel, porque nos mantiene anestesiados cuando tomamos decisiones sin considerar todo el bosque. Leila Guerriero, extraordinaria cronista argentina, ha asegurado más de una vez que “por definición, el cronista siempre llega tarde. ¡Es el tipo que siempre llega tarde a todas partes!”. Las y los endeudados por el CAE llegamos tarde a nuestro propio funeral y no nos dimos cuenta sino hasta cuando éramos noticia y, además, estábamos endeudados de por vida. Desde luego, no fuimos los primeros en constatar el sistema fraudulento por el que habíamos sido absorbidos. Ya lo habían manifestado los profesores durante 2003. Esperanzados, aunque bajo un profundo manto de ingenuidad, nos embarcamos en lo que podemos llamar con todas sus letras una de las mayores movilizaciones estudiantiles de nuestra historia. Probablemente llegábamos tarde, pero nuestra reacción e indignación ya estaban bajo la olla a presión.

Ha pasado una década desde la marcha más grande del movimiento estudiantil chileno. Pasaron los años, recuperamos el sentido, crecimos y nos convertimos, a lo menos, en seudoadultos responsables para la sociedad adultocéntrica de 2011. El mismo diagnóstico se hizo con la movilización secundaria de 2019,  ¿o acaso no es así? Cual efecto mariposa, estudiantes de uniforme nuevamente se manifestaron colectivamente bajo una mirada paternalista que aseguraba que hacíamos la cimarra o, como pasó recientemente, para saltar torniquetes, porque el mundo estudiantil es hiperkinético y adolece de sensatez. A su vez, han pasado 11 años desde que celebramos el Bicentenario de nuestro país y desde el terremoto más desastroso de nuestra historia reciente.

«Probablemente llegábamos tarde, pero nuestra reacción e indignación ya estaban bajo la olla a presión». | Reuters.

11 años desde que la tierra se remeció junto a la educación pública chilena; 10 desde que los universitarios endeudados por el CAE miramos con desazón los esfuerzos de nuestros padres para que lográramos su sueño de ser profesionales. Y qué infeliz es el paso del tiempo, porque da la impresión de que no han pasado muchos años desde que la indignación se nos acumuló, porque en estos momentos miramos atrás y no era solo el esfuerzo de nuestros padres, también son las pensiones de miseria con las que nuestros abuelos deben sobrevivir para llegar a fin de mes. ¿Nos puede sorprender, entonces, la rabia como expresión? Porque, desafortunadamente, esta historia todavía no tiene final feliz. 

Es inevitable mirar con nostalgia la movilización universitaria de 2011. Mientras en las universidades públicas y tradicionales el sentimiento de orgullo embargaba las mentes de estudiantes y egresados, en las instituciones privadas abríamos los ojos y también nuestras conciencias. Éramos capaces de absorber conocimiento a destajo, de asombrarnos por cada cátedra y nuevo aprendizaje, a la vez que cargábamos una mochila de angustias e inseguridades: ¿podré pagar la universidad el mes que viene? ¿trabajo en el call center para pagar el resto de la cuota? ¿tendré empleo para poder pagar las deudas universitarias? El CAE había sido una apuesta siniestra. Vendimos nuestra alma para siempre, y al constatar la trampa del modelo nos tomamos de las manos para exigir un cambio.


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Nos levantamos en solidaridad con el pueblo mapuche, nos levantamos en solidaridad por las y los trabajadores del aseo de nuestra universidad; nos levantamos por las primeras situaciones de acoso, por nuestras familias. No era solo nuestro futuro en juego, era el futuro de miles de estudiantes y la deuda de tantos que pasaron antes que nosotros, condenados bajo otras siglas, pero con los mismos bancos. “Las víctimas de un gobierno no son solo las que hace asesinar o encarcelar. Los desplazados, los desposeídos de todo lo que tenían y los condenados a una vida de hambre y privaciones también deben contarse”, escribió Roy al retratar un contexto tan extraordinario y alejado al nuestro que, al momento de aplicarlo al escenario chileno, es imposible no sentir la misma empatía y fuerza colectiva que nos impulsó en 2011. Nos levantamos porque, en el fondo, lo queríamos transformar todo. No nos interesaba victimizarnos. Muchos nos dijeron que, al fin y al cabo, habíamos hecho una elección. Pero, ¿a qué costo…? El mercado nos ofrece infinitas opciones, pero para estudiar nos embauca bajo una alternativa en la que nos despoja de dignidad mientras nos hace parte de su entramado.

Vivimos bajo un modelo que hace aguas. La «marcha de los paraguas» fue una de las más icónicas del movimiento estudiantil de 2011 porque no había ruta ni estación que pudiera doblegarnos. Hubo menores de edad lesionados, persecución policial, represión a destajo, tomas estudiantiles en pleno invierno y mucho gas lacrimógeno. Para muchos, la marcha no es más que un momento catártico en el que un colectivo se cohesiona, mientras que para otros es una de las pocas tácticas masivas de expresión. Otros sacan provecho criminalizando un derecho mundialmente protegido.

Un registro de la denominada «marcha de los paraguas», en agosto de 2011. | Radio Tierra.

A mi juicio, las marchas son un espacio de gran revelación en el que, al menos figurativamente, dejas de ser un individuo para convertirte en masa: un ente colectivo. Y todos deberíamos tener esa sensación y encarnarla en una praxis cotidiana. Recuerdo con mucha más alegría otros momentos de organización: los diálogos interdisciplinarios —y hasta internacionales— entre diferentes instituciones estudiantiles, las asambleas y encuentros plurinacionales en los momentos en que podíamos dialogar horizontalmente y tomar decisiones de manera colectiva. La expresión de generosidad de esos días es algo que ningún libro o documento podrá transmitir. Sin duda, esa capacidad colectiva se podrá ejercitar en el proceso constitucional, al menos con algún grado de representatividad. Sin embargo, soy un alma pesimista. Al margen de nuestro presente, al mirar las movilizaciones de 2006 y 2011, e incluso la de 2019, perdura un sentimiento de que lo entregamos todo y no logramos mucho.

Sobrevivo a un CAE que vale cinco veces la carrera de Literatura. Se me revuelve el estómago al pensar en las carreras cuyo arancel costaba tres veces la mía. Miro a mi alrededor: somos una generación ahogada en deudas que tomamos por esperanza, porque en ese momento eran nuestra alternativa para sobrevivir a este modelo depredador que hoy nos quiere angustiados y endeudados. Y angustiados y endeudados seguiremos siendo esos estudiantes que dejaron los pies en las calles. Somos una generación orgullosa que levanta la mirada e invita a otres a ser parte. Mientras este modelo nos prive de derechos fundamentales, nos tomaremos de las manos y volveremos a la calle.

(*) Licenciada en Lengua y Literatura (UAH) y editora.

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