
Del desorden juvenil al traje a medida. De la crítica frontal a la necesidad de gobernar. La ropa, en el caso del ahora expresidente, ha sido leída como afrenta, como coherencia, como contradicción y como adaptación. Pero jamás como algo irrelevante.
Por Alnair Kiüyen Storey
La decisión de qué vestir cada día jamás se me ha pasado inadvertida. Es, al menos para mí, la manera en que comienza la jornada: una pequeña declaración sobre el ánimo, los eventos que vendrán y aquello que quiero proyectar al mundo. La ropa funciona, me gusta pensar, como una extensión de la personalidad, de las ideas, incluso de las contradicciones.
Por eso me intriga observar la evolución estética de las figuras públicas, sobre todo cuando el cambio es visible a lo largo del tiempo. El caso del saliente Presidente de Chile, Gabriel Boric, resulta particularmente sugerente. Su imagen ha sido comentada desde sus años de dirigente estudiantil hasta su paso por el Congreso y, por supuesto, durante su estadía en La Moneda. Corte de pelo. Barba. Poleras. Tatuajes. Corbata, sí o no. Nada se ha soslayado.
Creo que ninguna de esas decisiones, ni las polémicas que han generado, son del todo azarosas. Más bien, develan algo que trasciende la ropa en sí misma: una construcción identitaria que dialoga con su momento político. Lo que intentaré en estas líneas será escudriñar esa evolución estética a lo largo de tres etapas: dirigente, diputado y presidente.
¿La estética de Boric es coherente con su proceso político? ¿Se trata solo de una maduración natural? ¿O hay una correspondencia entre transformación política y transformación visual? ¿La imagen precede a la moderación o la sigue? ¿Se habrá institucionalizado su ropa antes que su discurso?
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Una afrenta al sistema
Los inicios políticos de Gabriel Boric se remontan a fines de los años noventa, cuando participó en la refundación de la Federación de Estudiantes Secundarios en Punta Arenas. Un reportaje de Interferencia recuerda cómo, inspirado en poetas como Rimbaud y Baudelaire, él y su círculo de amigos usaban abrigos largos y adoptaban una estética de «poetas malditos». Ya entonces la ropa parecía acompañar una narrativa identitaria. Vestirnos como quienes admiramos no es trivial: también refiere una forma de encarnar un imaginario.
Sin embargo, la irrupción pública de Boric ocurrió durante sus años universitarios en la Facultad de Derecho de la Universidad de Chile, primero en la Izquierda Autónoma y luego en la fundación del Movimiento Autonomista. En esa etapa, su imagen ya destacaba por el pelo largo y chascón, la camisa cuadrillé mal abrochada y un aire desordenado que podía leerse como desafección frente a la formalidad tradicional. No era solo el look relajado de un universitario; en esa apariencia había algo más performático, una especie de rechazo visual al status quo.
A partir de ese período, también aparecieron elementos que lo acompañan hasta hoy: la barba como sello permanente y los tatuajes —cinco en total, todos vinculados a su región natal, Magallanes—, que en su momento fueron leídos por algunos como señal de inexperiencia o juventud, y por otros como gesto de cercanía y ruptura con el molde tradicional del político chileno.
Quizás esos primeros años reflejaban una política vivida como combate, donde incluso la tenida podía ser arma simbólica. Como advierte Pierre Bourdieu, el habitus es «ese sistema de disposiciones duraderas y transferibles que (…) funciona en cada momento como matriz de percepciones, apreciaciones y acciones», por lo que no solo pensamos desde ciertas coordenadas sociales: también las personificamos. La manera de caminar, de hablar y, por supuesto, de vestir, forman parte de ese entramado invisible que estructura nuestras prácticas.
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«La pinta de Gabriel Boric provocó alergia en la UDI«
El paso al Congreso marcó un punto de inflexión. En marzo de 2014, Boric juró como diputado sin corbata y vistiendo una chaqueta de gabardina. Lo que para cualquier ciudadano podría ser un detalle mínimo, en el hemiciclo se convirtió en tema de debate. El entonces diputado Ignacio Urrutia (UDI) reclamó públicamente por la vestimenta del exdirigente, apelando al reglamento y a la formalidad que, según él, debía regir la Cámara.
La respuesta de Boric fue directa: calificó el protocolo como un mecanismo de la élite para diferenciarse del «bajo pueblo» que para él no tenía mayor sentido y declaró que le importaba poco cómo lo juzgaran por su pinta.
Ahí la ropa dejó de ser solo estilo. El aspecto juvenil de un nuevo diputado de izquierda y se volvió algo más: un discurso explícito. Con el tiempo, esa tensión se convirtió en marca registrada. El mohicano que lució en el Congreso causó revuelo; el propio Boric reconocería más tarde que ese corte representaba una rabia que luego aprendería a canalizar de otra forma. La estética parecía acompañar un momento político más confrontacional.
Entonces también se multiplicaron los comentarios sobre su apariencia: los tatuajes visibles al arremangarse la camisa, la insistencia en no usar corbata, el contraste con la sobriedad del resto del Congreso. Cada gesto visual era leído como provocación o como coherencia, dependiendo del observador. Vale la pena mencionar el incidente de Boric en un video de YouTube donde sale posando con una polera ilustrada con Jaime Guzmán baleado, una imagen que se viralizó a partir de un tuit de José Antonio Kast, quien pidió explicaciones. Boric respondió: «Yo estoy tranquilo, porque mis convicciones están claras».

De esta manera, su imagen encarnaba la tensión entre ingresar de lleno a la institucionalidad y no parecer absorbido por ella. Otra vez Bourdieu: «El capital simbólico no es otra cosa que el capital económico o cultural cuando es percibido y reconocido como legítimo». Esto abre una puerta sugerente para leer la trayectoria estética de Boric. Su vestimenta no sería un detalle anecdótico, sino un recurso que acumula o tensiona legitimidad. La corbata, el mohicano, la gabardina o la polera no son solo elecciones personales: son signos que operan dentro de un campo de poder.
El Presidente: actos I y II
Pero la estética contestataria encuentra un límite cuando se habita el poder y la llegada a la presidencia implicó otra transformación. El joven diputado que prometía que Chile sería la tumba del neoliberalismo se convirtió en el mandatario más joven en asumir el cargo. Con ello, el traje adquirió otro peso.
El día de su investidura optó por una camisa blanca y un traje oscuro confeccionado a medida por un diseñador chileno. Y, nuevamente, sin corbata. La ausencia de ese accesorio siguió siendo comentada. Imposible no recordar todas las onces familiares que presencié dedicadas al bendito accesorio. El debate sobre si debía o no usarlo se transformó en una discusión nacional que parecía exceder la tela y tocar la idea misma de autoridad.
Algo curioso se ha mantenido en la ciudadanía, los medios y la oposición: dudar de su autoridad o de ciertas capacidades a partir de su imagen. Hubo episodios anecdóticos que lo demuestran: un fail gráfico en televisión que lo mostraba con corbata generó bulla en redes sociales; un look considerado demasiado informal durante un viaje oficial a China desató críticas que hablaban, incluso, de que fue en «pijama» a La Moneda.
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No obstante, es evidente que ha existido una moderación visual en Boric. El mohicano desapareció. El pelo se ordenó con un peinado formal de raya al lado. La barba se volvió más cuidada y el traje, más frecuente. La camisa arremangada pasó a situaciones puntuales y, por ende, la apariencia se tornó más sobria. El Mandatario comenzó a verse más próximo en imagen a sus contemporáneos, como el presidente de El Salvador, Nayib Bukele: siempre con un aire juvenil, pero «adecuado», sin alejarse de las formalidades de un hombre pulcro y formal. ¿Bukelización? ¿Domesticación? ¿Maduración? ¿O simple adaptación a la importancia del puesto?
Esta transformación ha sido mencionada en entrevistas internacionales, donde se ha señalado que su discurso y su aspecto mutaron casi en paralelo: del tono hiperbólico y confrontacional a uno más socialdemócrata; de la chasca rebelde al corte clásico. Un ejemplo es el titular de The New York Times: «Gabriel Boric era la joven y barbuda esperanza de la izquierda latinoamericana. ¿Ahora qué?«. Ahí se describe su apariencia como «atípica en un ecosistema presidencial plagado de tradiciones prejuiciosas».
Recientemente, el mismo Boric reconoció a la edición en inglés de El País que en este ecosistema no se trata de ser “nuevo”, sino consistente: «Soy relativamente joven; ya no tan joven, pero llevo mucho tiempo en política. La juventud no es una virtud; hay cosas viejas que valen la pena. No pretendo ser nuevo. Lo que intento es ser coherente. Al decir ‘ocupar el cargo’ me refiero a que no lo ocupa solo la persona. Chile es un país muy presidencial, y uno debe adaptarse a ciertas costumbres propias del cargo».
Otra fase de su imagen presidencial relacionada con la adaptación es atribuible a la paternidad. Convertirse en el primer presidente en más de nueve décadas en ser padre durante el ejercicio del cargo añade otra capa a esa imagen pública. Su figura se humaniza y se suaviza. El líder tatuado y sin corbata también es padre, por lo que la estética del poder se complejiza todavía más. Aparecen más las boinas y los lentes; una imagen más dulce que dialoga con la posición histórica de lo que es ser mandatario y además, hombre.
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Este conjunto de objetos que componen su imagen es, además, un «sistema de signos», como plantea Roland Barthes. Cómo nos vestimos constituye un sistema de significación. Por lo tanto, la ropa nunca es muda: comunica pertenencia, ruptura, aspiración o desafío. Analizar a Boric desde esta perspectiva hace posible entender que cada una de sus etapas constituye un relato visual que acompaña su desplazamiento dentro del campo político y personal.
«Del Che Guevara al profesor de La casa de papel«
Tal vez lo más interesante del recorrido estético del Mandatario Gabriel Boric no sea si usó o no corbata, ni si llevó mohicano o raya al lado. Lo verdaderamente revelador es cómo cada etapa visual dialogó con su momento político, teniendo en cuenta que asumió con solo 36 años.
Del desorden juvenil al traje a medida. De la rabia a la esperanza transformadora. De la crítica frontal a la necesidad de gobernar. La ropa, en su caso, ha sido leída como afrenta, como coherencia, como contradicción o como adaptación. Pero jamás como algo irrelevante. En un país tradicional en sus formas y símbolos, la manera en que se viste el Presidente se volvió un asunto público, casi ideológico. La aceptación o rechazo de tal o cual aspecto de su look parece situar a cada quien en un bando político.
Por lo mismo, creo que es difícil fijar la imagen de Gabriel Boric en una sola fotografía mental. Como si cada intento de retrato quedara apenas esbozado, nunca definitivo. Quizás esa sensación de perfil borroso tenga más que ver con el propio movimiento de su trayectoria. En poco más de una década, pasó de dirigente a diputado y luego a presidente. Hace no tanto, criticaba con dureza a la centroizquierda gobernante, mientras un cabellera rebelde le recorría el cráneo. Después, ya candidato y enfrentado a un Congreso adverso, terminó moderando el tono y la facha.

A mi juicio, aquí está lo más atractivo: ¿se institucionalizó su estética o se humanizó el poder? Más allá de los cortes de pelo y de la intensidad de las consignas, hay una constante que persiste. Incluso cuando la forma cambia, permanece cierta coherencia con el momento político que atraviesa y converge con quién es, comprendiendo que, en el campo político, ningún símbolo es inocente.
Boric parece saberlo. Entiende que quien aspira a gobernar no solo debe sostener un discurso, sino también personificarlo. En esa encarnación, aun con ajustes, concesiones o aprendizajes, ha procurado mantenerse fiel a sí mismo, adaptando la forma sin desdibujar del todo el fondo. Ha logrado mostrar, o demostrar, que el poder también se habita a través de la apariencia, y que en su tránsito no cambió únicamente el discurso o la estrategia: también reescribió la imagen.
Porque el pelo nunca fue solo pelo y la corbata nunca fue solo corbata.

Alnair Kiüyen Storey es periodista por la Pontificia Universidad Católica de Chile. Ha colaborado en medios como El Mostrador y Revista Universitaria. Sus líneas de interés se centran en la política, la cultura y los fenómenos sociales contemporáneos
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