
La ropa, los colores, el peinado y los accesorios son atajos emocionales que instalan a los candidatos en una narrativa, dicen los expertos. En este ensayo, diseccionamos el look de los aspirantes a La Moneda.
Por Alnair Kiüyen Storey
Arte: Karla Araya
Cuando era chica, el mejor momento consistía en cambiarles la ropa a las muñecas y ver si estaban de ánimo de vestido o pantalón. Rogaba que mi tata me comprara los sets de zapatos para Barbie cada vez que pasábamos por el centro. A los seis años, me vestía de un solo color, elegía detenidamente mi vestuario y me cambiaba de outfit más de una vez al día. Para mí, la ropa siempre ha sido una especie de obsesión: me fijo en lo que usan los demás en los detalles que parecen mínimos, pero que dicen mucho.
Sobre todo, observo a los personajes públicos: celebridades, artistas y políticos. Me pregunto qué pasa por sus cabezas al usar ese tono amarillo pato en una camisa en un debate, juzgo esos pitillos caqui ajustados para la inauguración de un Cesfam y celebro esa polera con la cara de Bielsa durante un punto de prensa.
Entonces, surge una duda: ¿hay algo más detrás de esas decisiones? ¿Qué me quieren decir con el mismo traje azul y corbata roja de Trump? ¿Será por chiripa que cierta candidata tenga una especie de bachemelena? Este ensayo es un intento de autoguía para examinar el discurso visual de quienes nos representan y, se supone, trabajan por el bien común.
Gracias por leer Artefacto. Suscríbete al canal en WhatsApp y recibe gratis todo nuestro contenido directamente en tu teléfono
En la era del predominio de lo visual y las redes sociales, cómo vestimos resulta fundamental. Todos performamos: moldeamos la manera en que queremos ser percibidos. Quienes están en el ojo del huracán público se rigen intensamente por la lógica de “una imagen vale más que mil palabras”. No solo eligen programas de gobierno. También seleccionan trajes, corbatas, blusas y colores. La ropa habla, y en política lo hace fuerte.
—Hoy, incluso es más importante la imagen física y estética de un político que su propio discurso, sus propias acciones o su propio relato sobre la política —advierte Ángel Álvarez, doctor en Filosofía y jefe del diplomado UC en Estudios Críticos de la Moda—. Vivimos en una sociedad de la exposición: ahora, la imagen mata el dato y mata el relato.
¿Exagerado? Basta mirar Instagram: un ángulo de cámara, una polera repetida o incluso una chapita pueden instalarse más que un discurso de dos horas.
Jeannette Jara
Heredera estética de Bachelet, pero en versión pastel millennial. Empática, cercana y con canas a la vista como símbolo de honestidad. Su desafío: un aire más propio.

La ropa como estrategia
“Kast viraliza video de Boric con polémica polera de Jaime Guzmán”. “La UDI sube el tono por polera de Jaime Guzmán baleado”. “Gabriel Boric pide perdón por polera de Jaime Guzmán”. Esos fueron los titulares de 2019, cuando una polera con la cara de Guzmán baleado le explotó al entonces diputado años después. Dicen que lo que queda en internet es para siempre y que la huella digital no perdona.
Así lo afirma Carlos Correa Bau, exencargado de la franja de Bachelet y exdirector de la Secretaría de Comunicaciones (Secom):
—Hay que pensar en el esquema de redes sociales. Si bien son un poco más informales, ahí el vestuario es un asunto en el que la gente se fija. Además, tienen la particularidad de la permanencia. O sea, lo que tú hagas ahí puede ser eterno. Te lo pueden sacar cinco o seis años después.
Para Gabriela Beaumont, experta en marketing y docente de la Escuela de Diseño de la Universidad Andrés Bello, esto no es novedad. Pero debido a la comunicación inmediata, el efecto es de alto impacto:
—La estética proyecta cercanía o autoridad y es casi tan importante como el mensaje político: genera confianza, empatía o distanciamiento, de manera consciente e inconsciente.
José Antonio Kast
Uniforme conservador. Traje, corbata, camisa blanca. Imagen de patrón de fundo: autoridad, pero con distancia. El “bot” de lo clásico y formal.

Por lo tanto, la imagen personal no es azarosa: es una estrategia que, en un contexto de mediatización de la política, ha adquirido dimensiones inéditas. Y no solo lo hace en época electoral, confirma Correa. Constantemente, la clase política es consciente de que, además de lo que dice y cómo lo dice, también importa cómo se ve. Ahí se conjugan las expectativas de los políticos y de la audiencia, además de la marca personal, para instalar la pregunta: ¿qué los hace diferentes? ¿Qué me hace diferente?
El poder de la imagen en política
Hace algún tiempo, se viralizó en Tik Tok el video de una joven chilena que había sido confundida con una carabinera. Todo por el llamado clean look o peinado de “paca”: un moño ultraestirado, sin un pelo fuera de lugar. Hoy, es común ver ese tipo de relamido por la ciudad. Yo misma he sido parte del movimiento. Me compré las herramientas y he visto los tutoriales, pero no termino de sentirme cómoda. Más que verme pulcra y elegante, siento que parezco Che Copete listo para el show.
Evelyn Matthei
La “dama de hierro” chilena. Blusas sobrias, pelo siempre cuidado, elegancia de señora de clase alta. Inspira respeto, pero le falta cercanía.

Camila Huerta, docente de Beauty Point y maquilladora con más de 12 años de experiencia, recuerda que las tendencias no son neutras:
—El vestuario y el maquillaje transmiten valores ideológicos en toda la sociedad, no solamente en un político. Es cosa de observar las tendencias últimamente, como el lujo silencioso, el old money y el clean look. Reflejan una apariencia más clásica y de líneas más simples que busca mostrar un estilo de vida. Esto tiene que ver con el ascenso de un discurso conservador. Por lo tanto, cuando vemos el vestuario y el maquillaje de un político, tenemos que entender que está inserto en un contexto. ¿Cuál es ese contexto o qué nos quiere mostrar este político?
Así, la imagen personal funciona como comunicación no verbal: llega antes que la voz. A la hora de vestir, se juega con el imaginario colectivo, donde caben roles de género, valores sociales e ideológicos. En otras palabras: la política es un teatro donde la vestimenta es parte del guion.
Johannes Kaiser
Camaleónico y volátil. A veces sheriff con sombrero, otras en polar, otras en traje. Sin asesoría clara, durante mucho tiempo su barba desprolija habló tanto como sus discursos.

Derecha versus izquierda: dos clósets distintos
Una chapita de la PGU y una corbata con firmas estampadas de los redactores de la Constitución estadounidense fueron las piezas protagonistas del debate presidencial del mes pasado. Pero, más allá de los gestos puntuales, los expertos coinciden en que hay patrones reconocibles entre las candidaturas de derecha e izquierda. Beaumont lo resume así:
—En la derecha, vemos estructura y sobriedad. En la izquierda, más espontaneidad, telas sueltas, menos rigidez.
Los colores también son mensajes. El rojo, asociado históricamente a la izquierda, se cambió de bando, explica Huerta. Ahora, dice ella, es pieza clave de la derecha.
—El rojo habla de pasión, autoridad, emergencia: es el color del disco pare y los extintores.
Franco Parisi
Eterno candidato de camisa blanca o celeste. Semiformal, a veces sin corbata, de perfil independiente y mediático, intentando mostrarse limpio y confiable. Pero ¿es realmente transparente?

Además, abundan los azules, que expresan confianza, estabilidad y conservadurismo. Mientras, en la izquierda predominan blancos, beiges y grises, con lo que se busca que la idea pese más que el atuendo.
Pero hasta una blusa puede ser política. Evelyn Matthei lo entendió cuando se comparó con Shakira diciendo que tenían la misma blusa. También Jeannette Jara, con su carcasa del animé Demon Slayer. Así lo puntualiza Huerta, quien señala que el vestuario pasa a ser una herramienta política desde lo pop. ¿Pop político? Podría ser: se busca capitalizar una conexión transversal desde el ícono cultural con un gesto que conecte más que un afiche.
La apuesta de la derecha es por lo clásico y lo formal. José Antonio Kast suele aparecer de traje y corbata en tonos sobrios, transmitiendo autoridad y orden, aunque con un estilo más cuidado que en campañas pasadas. Evelyn Matthei, en tanto, proyecta sobriedad y elegancia con blusas y pantalones de tela, el cabello siempre impecablemente teñido y un maquillaje sutil.
Harold Mayne Nicholls
Look futbolero. Polerones arremangados y un aire de vecino de Las Condes, más que de político. Accesible, pero poco trabajado. Igual que su candidatura.

—Matthei genera respeto y admiración, pero también cierta distancia: se le percibe como una mujer de clase alta, siempre correcta, más referente de estilo que una figura cercana —explica Camila Huerta.
Johannes Kaiser, por el contrario, se mueve en el registro opuesto: puede aparecer en terno, con un gorro de cowboy o con polar. Eso y su barba desordenada dan cuenta de una estética menos planificada, más volátil y disruptiva. Franco Parisi busca un punto medio: camisas blancas o celestes, a menudo sin corbata, pelo cuidado. Transmite la idea de independencia sin abandonar del todo la formalidad.
En la vereda opuesta, la izquierda busca proyectar cercanía y autenticidad. Jeannette Jara ha optado por dejar atrás el rojo comunista y jugar con colores pastel como lilas y celestes, que le otorgan una estética más amigable, incluso “maternal”, reforzada por sus canas visibles: un gesto de transparencia que, según Huerta, “la hace ver cercana, como la tía o la vecina de confianza”, lo que la asocia a la expresidenta Michelle Bachelet.
Eduardo Artés
Clásico caballero de otra época. Bigote, sweater en V, camisas escocesas. Sobriedad sin marketing. Desapercibido, como su proyecto político.

Eduardo Artés se mantiene fiel a la sobriedad partidaria: camisas blancas o escocesas, sweaters en V y su bigote característico, símbolos de un estilo clásico, casi inmutable. Entre los independientes, Marco Enríquez-Ominami mantiene prácticamente el mismo estilo de sus cuatro campañas anteriores: chaquetas y looks que apuntan a reforzar la idea de continuidad y a la vez diferenciación respecto de los políticos tradicionales. Harold Mayne-Nicholls aparece con ropa deportiva, camisas arremangadas o polerones, en línea con su perfil ciudadano y ligado al fútbol.
Otro punto importante en el que coinciden los expertos es la comparación entre Jara y Matthei, que muestra con nitidez el peso del género en la política chilena. Mientras la primera se aventura por la naturalidad y los gestos de cercanía, la segunda cuida cada detalle de su imagen, proyectando autoridad y experiencia.
—El pelo de peluquería frente a las canas visibles de Jara no son solo elecciones estéticas: reflejan formas distintas de relacionarse con la ciudadanía —apunta Huerta.
Allí donde una busca ser percibida como “real” y transparente, la otra se ubica en el registro de la elegancia institucional, aunque con el desafío de parecer más cercana. De esta manera, para las candidatas el terreno es más resbaladizo.
—Siempre son más juzgadas por cómo se ven, qué usan y cómo lo usan —sostiene Gabriela Beaumont.
Ambas, en el fondo, deben lidiar con la misma contradicción: parecer fuertes sin perder feminidad; mostrar cercanía sin sacrificar autoridad.
Marco Enríquez-Ominami
Fan del negro, el azul y el blanco. De traje simple, se viste casi igual que hace 16 años, desde que es candidato a la presidencia. Pregunta seria: ¿se diferencia de la “vieja política” a través de su estética?

¿Toda estética exhibe una ética?
Si una corbata habla más fuerte que un discurso, ¿qué nos están diciendo los presidenciables con su ropa? Pareciera que detrás de los patrones hay algo más profundo: la imagen opera como un código moral. Álvarez lo plantea así:
—La ciudadanía puede elegir a partir de un catálogo de imágenes: lo que representa cada político o política.
En esa lógica, la derecha ha profesionalizado su puesta en escena con “más recursos, más disposición a cuidar la estética”, advierte Carlos Correa, mientras la izquierda aún muestra cierto amateurismo, como ocurrió en la campaña del Apruebo.
Pero la estética no solo reproduce tradición. En la izquierda, los guiños a lo artesanal, los colores suaves o la decisión de no teñirse las canas son leídos como cercanía, sensibilidad social o un compromiso con nuevos derechos. En la derecha, en cambio, el blazer de corte italiano, el pelo perfectamente cuidado o la perla en el cuello evocan orden, autoridad y pertenencia a las instituciones. Al final, como señala Correa, “los primeros 20 segundos valen mucho” y lo que se percibe no siempre es lo que se dice. La ropa, los colores, el peinado y los accesorios son atajos emocionales que instalan a los políticos en una narrativa.
También estamos en Telegram. ¡Empieza a seguirnos ahora!
En un contexto donde los votantes reaccionan más con la intuición que con la reflexión, “la reacción es mayormente inconsciente”, explica Beaumont. Y como la confianza hacia la política parte en negativo, la autenticidad, o la ilusión de ella, se vuelve el mayor capital. “Las sutilezas diferencian a los personajes”, subraya Huerta, “pero en esas sutilezas hay mensajes potentes”.
Quizás por eso una blusa de Shakira puede ser más recordada que un plan de salud. Así que la pregunta sigue abierta: ¿se visten para convencernos o para mostrarse tal como son? Al final, si todo comunica —la chaqueta North Face, el pelo con canas, el rojo pasión y el pastel “tiernecito”—, entonces la verdadera batalla ya no se juega solo en la franja electoral, sino en el clóset. En la pasarela política, los candidatos compiten por los votos y también por las miradas.

Alnair Kiüyen Storey es periodista por la Universidad Católica de Chile. Ha colaborado en medios como El Mostrador y Revista Universitaria. Sus líneas de interés se centran en la política, la cultura y los fenómenos sociales contemporáneos.
Sigue a Artefacto en WhatsApp, Medium, Instagram, Threads, LinkedIn, Tumblr, Telegram, X, Bluesky y TikTok

Deja un comentario