Con el triunfo de José Antonio Kast, Chile acaba de reproducir el patrón regional en el que las derechas traducen crisis estructurales en oportunidades políticas. Aquí, algunas pistas que lo explican y claves para la resistencia.

Por Daniel Salgado

Resulta comprensible que, en un primer momento, las izquierdas reaccionen con una mezcla de desconcierto y emoción desbordada. En ese gesto casi instintivo, cargado de épica y frustración, surge la escena de la acusación mutua: dedos que se apuntan unos a otros como en una versión política del célebre meme de Spiderman, en el que múltiples figuras idénticas se incriminan simultáneamente.

Pasada la tormenta inicial y cuando el fervor por encontrar responsables comienza a disiparse, emerge, como una marea que retorna una y otra vez, un sentimiento profundamente enraizado en la subjetividad progresista: la culpa. Una culpa peculiar, casi estructural, que acompaña a quienes abrazan ideales emancipatorios. Esa culpa pequeño-burguesa que nace del compromiso con máximas éticas exigentes, como la justicia social, y que, ante cada derrota, se transforma en la sensación de haberle fallado a la sociedad, de no estar a la altura de representar ningún proyecto transformador y, menos aún, de merecer un espacio en la conducción política. Es una culpa íntima, persistente, que nubla la mirada y deja a las izquierdas atrapadas entre la autocrítica y el desaliento.

Sin embargo, una vez se logra tomar distancia y mirar el panorama con mayor frialdad, aparece una pregunta ineludible: ¿qué ocurre con los factores externos que alimentan el ascenso de las nuevas derechas en América Latina? ¿Estamos frente a procesos completamente planificados o ante la convergencia de fuerzas históricas que exceden las fronteras nacionales? ¿De dónde surgen estos populismos que, bajo el ropaje de la rebeldía, reproducen lógicas de dependencia y alineamiento geopolítico?

Es cierto que las derechas latinoamericanas presentan múltiples diferencias internas. Sin embargo, comparten un elemento que rara vez someten a negociación: su subordinación estructural, a veces explícita, otras veces simbólica, a la hegemonía estadounidense. Como si existiera un acuerdo tácito, una premisa incuestionable que define sus límites y aspiraciones. Ante ello, la pregunta se vuelve inevitable: ¿por qué? ¿Qué fuerzas, intereses y entramados discursivos operan detrás de esta fidelidad geopolítica que las derechas no parecen dispuestas a abandonar?

El resurgimiento y consolidación de las derechas en América Latina durante las últimas décadas constituye uno de los fenómenos políticos más significativos del período reciente. Lejos de tratarse de un proceso espontáneo o meramente electoral, este ascenso responde a una confluencia estratégica de factores estructurales, institucionales y discursivos que han permitido a estos actores construir una hegemonía persistente, adaptable y eficaz.

La literatura contemporánea ha subrayado que la fortaleza de las derechas no reside únicamente en la capacidad de sus liderazgos políticos, sino en el despliegue de una compleja infraestructura intelectual, financiera y comunicacional de alcance transnacional, diseñada para intervenir en la producción de conocimiento, en la formación de elites políticas y en la configuración de agendas públicas (Fischer & Plehwe, 2020).

Este proceso se inscribe en lo que Gramsci (1971) denominó la “guerra de posición”: una disputa prolongada por el sentido común, en la cual el poder se ejerce a través de instituciones culturales, centros de pensamiento, medios de comunicación y redes intelectuales que modelan los horizontes de lo posible. En el caso latinoamericano, esta disputa ha adquirido una dimensión transnacional particularmente intensa, impulsada por la articulación entre think tanks locales y redes globales como Atlas Network, la Fundación Internacional para la Libertad y RELIAL (Red Liberal de América Latina), que operan como plataformas de financiamiento, formación y difusión ideológica (DW, 2024; ISEPCI, 2023).

Frente a la coyuntura actual, resulta necesario analizar cómo las derechas latinoamericanas han logrado construir una hegemonía política y cultural de forma sostenida, comprendiendo el papel que desempeñan estas redes en la producción de ideas, la circulación de recursos económicos y la configuración de marcos discursivos capaces de interpelar emocionalmente a distintos sectores sociales.


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Este análisis se estructura en tres partes: primero, se centra en la nueva construcción de hegemonía de la derecha latinoamericana, redes transnacionales y el actual declive progresista; luego, se discuten nuevas evidencias empíricas sobre la infraestructura intelectual de la derecha; finalmente, se formulan propuestas para reconstruir la resistencia ideológica de la izquierda en el mundo contemporáneo.

La contingencia chilena constituye un ejemplo particularmente ilustrativo de estos procesos, ya que en menos de una década el país transitó desde una movilización social masiva orientada a transformar el modelo neoliberal, el estallido social de 2019, hacia un resurgimiento electoral y cultural de la derecha, cristalizado en la elección presidencial de José Antonio Kast en 2025 y en la hegemonía conservadora durante los procesos constitucionales fallidos. Este giro muestra cómo la reorganización discursiva en torno a la inseguridad, la migración y el orden público, combinada con el desgaste de las fuerzas progresistas, permitió que sectores de derecha capitalizaran el malestar ciudadano incluso tras un ciclo de movilización inicialmente favorable a la izquierda. En este sentido, Chile se vuelve un laboratorio privilegiado para comprender cómo las derechas contemporáneas logran recomponer su influencia en contextos de crisis, confirmando la relevancia regional del marco teórico planteado.

Construcción de hegemonía, redes transnacionales y el actual declive progresista

¿Cómo han logrado las derechas construir una hegemonía durable y efectiva en América Latina, incluso en contextos de profunda crisis social, económica y política? Este interrogante adquiere especial relevancia en un continente caracterizado históricamente por la desigualdad estructural, la volatilidad institucional y la recurrencia de ciclos de movilización popular. Paradójicamente, es en este mismo escenario donde proyectos neoliberales y neoconservadores han encontrado nuevas oportunidades para expandirse y consolidarse, muchas veces desplazando a fuerzas progresistas que habían protagonizado la escena regional en los primeros años del siglo XXI.

Para comprender esta transformación, es necesario analizar la articulación entre tres dimensiones analíticas: la infraestructura intelectual, el financiamiento transnacional y las estrategias discursivas de guerra cultural. Estas dimensiones no operan de forma aislada, sino que se retroalimentan en un proceso de coproducción de hegemonía que redefine los términos del debate público y las fronteras de lo políticamente posible.

1. Infraestructura intelectual: la arquitectura cognitiva del proyecto neoliberal

En América Latina, la derecha ha logrado sostener y difundir su proyecto gracias a una densa red de think tanks, fundaciones empresariales, centros educativos, universidades privadas y organizaciones de la sociedad civil que actúan como productores y legitimadores de ideas neoliberales. Esta infraestructura es especialmente relevante en momentos de crisis del progresismo, pues ofrece marcos interpretativos alternativos que se presentan como soluciones técnicas ante la inestabilidad política.

En su artículo “Redes de think tanks e intelectuales de derecha en América Latina” (2020), Fischer y Plehwe señalan que estas instituciones funcionan como semilleros de “intelectuales orgánicos” del neoliberalismo, en el sentido gramsciano del término, es decir, capaces de traducir intereses económicos y geopolíticos en discursos coherentes y culturalmente resonantes. Los think tanks elaboran diagnósticos sobre inflación, gasto público, políticas sociales, productividad y seguridad ciudadana que circulan en medios de comunicación, asesoran gobiernos y alimentan discursos opositores. Su eficacia radica en su capacidad para presentar sus recomendaciones como científicas, unívocas y, sobre todo, “desideologizadas”, aun cuando responden a un proyecto político claro: la reorganización de la sociedad en clave de mercado.

En la América Latina de hoy, atravesada por la desconfianza en las instituciones, el malestar económico y la fatiga democrática, esta infraestructura intelectual no solo produce ideas: produce sentido común, reorganiza prioridades públicas y desplaza a las izquierdas hacia posiciones defensivas.

El caso chileno confirma la eficacia de estos tres mecanismos hegemónicos. Tal como documentan investigaciones recientes, la derecha chilena, particularmente el Partido Republicano, articuló con notable éxito una infraestructura intelectual conservadora, alianzas con el empresariado y think tanks nacionales, además de un repertorio discursivo centrado en la seguridad, el orden y la crítica a la “clase política” (SciELO, 2024). Este discurso resonó en un contexto marcado por el fracaso de los procesos constitucionales, la percepción de inseguridad y la frustración con el progresismo institucional.


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De este modo, Chile reproduce el patrón regional en el que las derechas logran traducir crisis estructurales en oportunidades políticas, conectando agendas globales, como la lucha contra la inmigración irregular y la defensa del “orden”, con malestares locales. La elección de Kast en 2025, interpretada como un giro hacia posiciones conservadoras y punitivistas, evidencia cómo la adecuación discursiva y la infraestructura institucional permiten a la derecha consolidarse incluso en territorios donde el progresismo parecía avanzar (BBC Mundo, 2024).

2. Financiamiento transnacional: la dimensión material de la hegemonía

La consolidación de esta infraestructura intelectual y comunicacional sería impensable sin la existencia de una red de financiamiento transnacional que garantiza continuidad institucional, formación de cuadros y capacidad de incidencia pública. En este aspecto, Atlas Network ocupa un lugar central.

Fundada en 1981, Atlas articula más de 500 organizaciones en 100 países y ha tenido un impacto directo en la región mediante fondos competitivos, capacitaciones en liderazgo, asesorías estratégicas y entrenamientos en comunicación política (Atlas Network, 2025; DW, 2024). En países como Argentina, Brasil, Chile o Colombia, sus organizaciones afiliadas han desempeñado roles decisivos en campañas electorales, procesos de reforma estructural, conflictos distributivos y disputas culturales.

A esta red global se suman fondos provenientes de corporaciones privadas, fundaciones conservadoras y donantes ideológicamente alineados con el neoliberalismo, tal como detalla el Instituto de Investigación Social, Económica y Política Ciudadana (ISEPCi, 2023). Estos recursos financian programas educativos, becas internacionales, campañas mediáticas, observatorios de políticas públicas y plataformas de jóvenes líderes. Lejos de ser marginales, estas iniciativas crean ecosistemas ideológicos de largo plazo, que se mantienen activos independientemente de los triunfos o derrotas electorales de la derecha. En América Latina, este financiamiento ha permitido que think tanks locales profesionalicen sus estructuras, desarrollen campañas de comunicación masiva, construyan alianzas con medios tradicionales y digitales, y formen dirigentes que luego ingresan a gabinetes, legislaturas o equipos técnicos.

Como resultado, el neoliberalismo regional no depende exclusivamente de partidos o figuras carismáticas. Además, dispone de una estructura estable, financiada y altamente entrenada, capaz de producir continuidad programática, especialmente en escenarios de inestabilidad.

3. Estrategias discursivas: guerra cultural, emociones y crisis progresista

La tercera dimensión clave es la estrategia discursiva, especialmente relevante en el contexto latinoamericano por la centralidad de la emocionalidad política. La derecha contemporánea ha logrado una articulación particularmente eficaz entre dos registros discursivos, por un lado un discurso tecnocrático, basado en nociones de eficiencia, competitividad, gasto responsable y meritocracia, por otro, un discurso emocional, centrado en la inseguridad, la corrupción, el miedo al desorden, la antipolítica, el rechazo a la “casta” y la defensa de valores tradicionales.

Esta combinación, aparentemente contradictoria, ha demostrado ser altamente performativa. Como señala Schaefer (2019), la política contemporánea se disputa tanto en el terreno racional como en el emocional. La capacidad de las derechas para narrar crisis y ofrecer certezas simbólicas ha conectado profundamente con sociedades atravesadas por frustraciones acumuladas.

En América Latina, el deterioro del progresismo en varios países, ya sea por desgaste de gestión, escándalos de corrupción, estancamiento económico o incapacidad de renovación discursiva, ha generado un terreno fértil para estas narrativas. La derecha se presenta simultáneamente como restauradora del orden frente a la inseguridad, alternativa antisistema frente a la desilusión con los partidos, garante de libertad individual frente a la intervención estatal y defensora de identidades culturales en supuesto peligro frente a agendas progresistas. Este repertorio simbólico no solo atrae a sectores tradicionales de derecha, sino que configura identidades políticas, capturando a votantes independientes, clases medias precarizadas y segmentos juveniles desencantados.


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En conjunto, estas evidencias muestran que la hegemonía de la derecha en América Latina responde a una articulación exitosa entre recursos financieros, plataformas intelectuales, estrategias geopolíticas y repertorios simbólicos, operando en un contexto marcado por el declive progresista y el malestar social. La derecha no solo propone políticas económicas: produce coherencia cultural, define los términos del debate público, instala marcos interpretativos y configura identidades políticas más allá de las fronteras ideológicas tradicionales. Este es, precisamente, el mayor desafío que enfrenta la izquierda en el ciclo histórico actual.

La experiencia chilena refuerza la idea de que la disputa hegemónica no se juega únicamente en el espacio electoral, sino en la capacidad de las fuerzas políticas para interpretar, narrar y organizar el malestar social. El triunfo de la derecha radical en Chile no fue solo una expresión coyuntural. También es el resultado de la capacidad del sector para articular un diagnóstico coherente del orden social en crisis, ofreciendo respuestas identitarias y punitivas que encontraron resonancia en amplios sectores de la población. Este caso demuestra que, en ausencia de narrativas progresistas capaces de canalizar democráticamente la frustración social, la derecha puede ocupar ese vacío con propuestas simples, emocionalmente efectivas y sostenidas por una infraestructura intelectual consistente. Así, Chile se convierte en un ejemplo paradigmático de los desafíos que enfrentan las izquierdas en la región para reconstruir su capacidad de articulación y disputar el sentido común.

Propuestas de resistencia ideológica

Las derechas han construido una hegemonía eficaz gracias a su capacidad para articular infraestructura institucional, financiamiento transnacional y estrategias discursivas adaptativas. Frente a este escenario, la reconstrucción de una alternativa progresista requiere una estrategia que asuma la complejidad del campo político contemporáneo y que recupere la dimensión cultural, intelectual y afectiva de la disputa hegemónica.

En primer lugar, resulta indispensable que la izquierda reconstruya una infraestructura intelectual propia, capaz de producir diagnósticos rigurosos, disputar la narrativa pública y sostener proyectos políticos de largo plazo. Ello implica fortalecer think tanks progresistas, redes de investigación, plataformas educativas y espacios de articulación regional.

En segundo lugar, la izquierda debe renovar su lenguaje político, integrando no solo argumentos racionales, sino también registros emocionales que conecten con las experiencias de incertidumbre, precariedad y deseo de dignidad que atraviesan a la sociedad contemporánea. La disputa política hoy se libra también en el terreno simbólico. Es allí donde las derechas han logrado enormes avances.

En tercer lugar, la izquierda necesita desarrollar estrategias transnacionales que permitan contrarrestar la creciente internacionalización de las derechas. La cooperación entre movimientos sociales, académicos, partidos progresistas y organizaciones de la sociedad civil es fundamental para construir horizontes compartidos, intercambiar saberes y coordinar respuestas ante desafíos globales como la desigualdad, la crisis ambiental o la ofensiva neoliberal.

En definitiva, recomponer la fuerza de la izquierda en el mundo actual exige reconocer que la lucha política ya no se limita al Estado, sino que se extiende a la producción de conocimiento, a la batalla cultural y a la construcción de subjetividades. Solo recuperando esta dimensión integral será posible disputar el sentido común y construir alternativas democráticas y solidarias en un escenario global marcado por la polarización y la incertidumbre.

El avance de las derechas en América Latina no puede comprenderse únicamente como un fenómeno político coyuntural. Se trata de la expresión de una disputa más profunda por el sentido común y por las coordenadas morales que organizan la vida colectiva. Allí donde la incertidumbre se vuelve experiencia cotidiana, las narrativas simples y totalizantes encuentran terreno fértil. Allí donde las izquierdas vacilan entre la autocrítica y la culpa, la derecha despliega certezas y orden.

Comprender esta dinámica no implica resignación, sino la invitación a reconstruir una sensibilidad política capaz de volver a nombrar lo común, de imaginar horizontes colectivos y de sostener, con rigor y ternura, la convicción de que la justicia social sigue siendo un proyecto deseable y posible. Si la batalla es por la imaginación política, la tarea del presente consiste en recuperar la capacidad de imaginar por fuera del miedo y del mercado: allí comienza, quizás, la verdadera resistencia.

Daniel Salgado es sociólogo por la Universidad de Buenos Aires y magíster en Desarrollo Humano por la Facultad Latinoamericana de Ciencias Sociales (Flacso)

Referencias

Atlas Network. (2025). About & partners.

BBC Mundo. (2025). Chile elige presidente en medio de preocupaciones por inseguridad y migración [Artículo]. BBC Mundo.

Cannon, B., & Kirby, P. (2016). The neoliberal project in Latin America. Palgrave Macmillan.

DW. (2024). Atlas Network: ¿liberales, neoliberales, libertarios? Deutsche Welle.

Fischer, K., & Plehwe, D. (2020). “Redes de think tanks e intelectuales de derecha en América Latina”. Nueva Sociedad, (286), 4–19.

Gramsci, A. (1971). Selections from the prison notebooks. International Publishers.

ISEPCI. (2023). ¿Quiénes financian a la derecha en América Latina? Instituto de Investigación Social, Económica y Política Ciudadana.

Luna, J., & Rovira Kaltwasser, C. (2021). The resilience of the right in Latin America. Cambridge University Press.

Schaefer, A. (2019). Narratives of neoliberalism: think tanks and public discourse. Routledge.

Reuters. (2025, 15 de diciembre). Chile elects Kast as president in sharp rightward shift. Reuters. https://www.reuters.com/world/americas/chile-votes-presidential-race-expected-lurch-country-right-2025-12-14/

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