
En la antesala de las elecciones parlamentarias y presidenciales en Chile, la candidata a diputada por el distrito 13 habla aquí sobre los ejes de una campaña levantada a pulso, el peligro que ve en el eventual triunfo de la derecha («Recrudece todas las condiciones laborales») y los errores que, a su juicio, ha cometido la izquierda gobernante: «Si hubiera querido hacer algo, tenía que apoyarse en las fuerzas históricas de la clase trabajadora».
Por Nicolás Lazo Jerez
Camila Burgos (36) aclara su garganta, sonríe levemente y dice con la convicción que caracterizará todas sus declaraciones siguientes:
—En estos años de mi vida, me siento más marxista que nunca.
Son casi las cuatro de la tarde de un viernes de octubre. Burgos, candidata a diputada por el Partido de Trabajadores Revolucionarios (PTR), está sentada ante una mesa en una fuente de soda de San Joaquín, un par de cuadras al sur de la estación Rodrigo de Araya. Profesora de Lengua Castellana y Comunicación por la Universidad Alberto Hurtado, donde fue dirigenta durante el movimiento estudiantil de 2011, expone con claridad pedagógica:
—Como trabajadora, y también ahora que tengo una familia que llevar, entendí más que nunca la lucha de clases: lo importante que es que la clase trabajadora se organice.
Cerca de aquí, en el número 112 de la calle Verdi, está la Casa Marx, un espacio cultural costeado a pulso por el PTR donde, además de llevarse a cabo actividades de la colectividad, se imparten talleres abiertos de lectura y reflexión sobre educación, género y teoría política, entre otros temas.
—Nombrar así nuestro local tiene que ver con reivindicar todas esas ideas que no están pasadas de moda. Creo que hoy el marxismo es relevante. Hay que reivindicarlo porque, finalmente, en él se desarrolla la experiencia histórica de los explotados y los oprimidos.
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Camila Burgos, quien vive en la población Clara Estrella de Lo Espejo, aspira a representar al distrito 13, un área de unos 700 mil habitantes que incluye —además de esa comuna— a El Bosque, La Cisterna, Pedro Aguirre Cerda, San Miguel y San Ramón. Junto a Juan Gamboa y María Isabel Martínez, también postulantes a este distrito, y al unísono con sus demás compañeros de partido, ha llevado adelante una campaña con una consigna que no deja lugar a la ambigüedad: “Frente a la agenda de los dueños de Chile, a dar vuelta las prioridades”.
Proponen devolver la educación al centro del debate público, fortalecer los sindicatos e implementar un plan de vivienda y de renovación urbana “decidido por los trabajadores y vecinos”. Resienten, por otra parte, que la ciudadanía se sienta obligada a elegir entre la izquierda gobernante y una derecha revitalizada por medio del temor.
—La salida por derecha no es —afirma Burgos—. La derecha nos quita derechos. Nos castiga. Recrudece todas las condiciones laborales. Lo que representan los medios de comunicación, con la posibilidad de instalar estos discursos, le ha permitido mostrarse como una opción, apelando a ciertas susceptibilidades. Pero la forma en que lo hace no tiene cabida, como pasa, por ejemplo, con el aborto. Me parece importante retomar esas peleas que, en algún momento, dinamizaron el escenario en la calle. Ahí, la derecha tiene un discurso sumamente contradictorio: una niña violada de 14 años tiene que ser mamá porque importa la vida, pero la vida de esa niña siendo mamá no es acompañada. Juegan con un sentido común que no es tal.
—En el caso de las izquierdas, ¿hay algo que debió hacerse distinto en estos años recientes?
—Sí. Confiar y apoyarse en el pueblo. A lo largo de la historia, nada hemos ganado si no es con lucha. Si (el Gobierno) hubiera querido hacer algo, tenía que apoyarse en las fuerzas históricas de la clase trabajadora y profundizar las contradicciones. Por el Parlamento no se va a resolver todo, menos con los atajos que encontramos en la constitución de Jaime Guzmán.
Quien lo dice busca, precisamente, entrar al Parlamento. Para ella, cuadrar ese círculo implica disputar el espacio legislativo y transformar una dinámica hasta ahora basada en las componendas.
—Como esa respuesta de que no podemos legislar de tal modo porque no tenemos mayoría en el Parlamento y, entonces, hay que negociar con fulano de tal para votar a como dé lugar una reforma de AFP. Aunque no tuviera nada que ver con lo que se prometió.
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La fuerza de la lucha
Tres semanas después, en el patio de una casa de Pedro Aguirre Cerda, el comando del PTR por el distrito 13 se reunirá para debatir y organizarse ante lo que queda de campaña. En una y otra cabecera de una mesa, dos invitados cercanos: Dauno Tótoro y Yamila Martínez, candidatos a diputados por el distrito 10.
Chaplin, un gato blanquinegro, se paseará entre los pies de los asistentes. A juzgar por el ambiente tranquilo, un observador despistado podría imaginar que se trata de un encuentro social. Pero la conversación no será anodina.
—Hay que defender la independencia de clase —dirá María Isabel Martínez.
—La derecha ha pauteado al Gobierno —dirá Juan Gamboa—. Se necesita una izquierda distinta.
—Tenemos la obligación de retomar las banderas de la educación —dirá Camila Burgos.
Se hablará sobre los “políticos sobrepagados”. Sobre el imperativo de que todo parlamentario gane lo mismo que un profesor. Sobre un salario mínimo vital de $840 mil, una cifra recomendada por la Fundación Sol. Sobre la realidad olvidada de los trabajadores informales. Y hasta sobre materias espinosas, como la posibilidad de conceder “plenos derechos sociales y políticos a la población migrante”.
Un observador más prejuicioso que despistado podría suponer, entonces, que se celebra un conciliábulo quijotesco de idealistas sin remedio. Pero, justo en ese momento, Juan Gamboa arremeterá:
—Lo posible y lo imposible no lo determina un sabio de oficina. Depende de la fuerza de la lucha.
También, claro, habrá lugar para la distensión.
—A diferencia de otras candidaturas, no nos financian los grandes grupos económicos —admitirá Gamboa—. Bueno… tampoco los pequeños.
Risas.
—Ni grupos —añadirá alguien.
Más risas.
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Buscar la unidad
Sin embargo, nada de lo anterior ha sucedido por el momento. Camila Burgos aún está sentada en la fuente de soda de San Joaquín. Todavía faltan tres semanas para la reunión en Pedro Aguirre Cerda y seis para las elecciones.
Desde un televisor se oye, entrelazado con el rumor del tráfico de Vicuña Mackenna, el timbre inconfundible de Américo. Ahora mismo, la candidata recuerda cuando, en sus años de formación política, conoció de cerca cierta dosis de sectarismo.
—Hay que tratar de buscar la unidad. Pero ¿unidad con quién? ¿Unidad para qué? Por ejemplo, está la campaña que tomamos con más organizaciones por Julia Chuñil. Hay que abrirse a esa unidad, sin traicionar jamás los principios políticos. También vengo de una generación a la que le tocó lidiar mucho con el machismo. En las asambleas tenía que gritar; tenía que interrumpir a la gente. En ese sentido, del feminismo aprendimos a hacer política de una manera diferente.
Asimismo, Burgos reconoce en el estallido social otro hito político insoslayable:
—No creo en la espontaneidad. Hubiera sido muy bonito que, para octubre de 2019, hubiese una gran dirección política que permitiera sacar adelante las grandes demandas que se veían en las calles. Todo fue quedando en nada.
Se detiene un instante y agrega:
—En realidad, no es que haya quedado en nada. Hay una experiencia política que, creo, es provechosa. Esa experiencia, estoy segura, en algún momento nos va a llevar a procesos profundos. Por eso es importante, hoy más que nunca, construir organización revolucionaria.

Nicolás Lazo Jerez es licenciado en Literatura, diplomado en Edición y magíster en Periodismo. Es el editor general de Artefacto | Síguelo en Instagram
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