
Por Nicolás Lazo Jerez
Está por todas partes. En los muros de todas las comunas de todas las ciudades. En los asientos de los paraderos y en el respaldo de los asientos de las micros. En los andenes del metro y en los vagones del metro. En los baños públicos, en la vía pública, en los bancos públicos de las plazas públicas. En Chile, una pregunta lacerante se lee adonde se mire: ¿dónde están Julia Chuñil y su perro Cholito?
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Julia del Carmen Chuñil Catricura, una defensora medioambiental mapuche de 73 años, fue vista por última vez el 8 de noviembre de 2024, hace casi 12 meses, en la comuna de Máfil, Región de Los Ríos. Desde entonces, se desconoce su paradero. La Fiscalía, que descartó la posibilidad de un accidente, maneja dos hipótesis principales: por una parte, la de un crimen intrafamiliar, que sus cercanos rechazan, al tiempo que acusan una persecución judicial; por otra, la de un asesinato perpetrado u ordenado por el empresario forestal Juan Carlos Mostadt, dueño del fundo donde Chuñil desapareció.
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Hay vislumbres inquietantes tras la segunda hipótesis. Incluyen amenazas previas contra Julia Chuñil y un llamado telefónico interceptado en el que Mostadt habría dicho «la quemaron». A la vez, el perfil de activista de la mujer se ha puesto en duda, como cuando la fiscal regional Tatiana Esquivel declaró: «No existen antecedentes que permitan afirmar» que Chuñil «ejercía una labor política (…) organizada». En julio pasado, sin embargo, la Comisión Interamericana de Derechos Humanos confirmó aquella condición.
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Resulta tan deprimente como indignante la sola eventualidad de que una persona, alentada por la impunidad que a menudo garantiza el poder económico, haga desaparecer a otra con el propósito de allanar un negocio de cualquier tipo. También lo es, con el agravante de su procedencia institucional, la despolitización —deliberada o no— de la víctima, por cuanto oculta la violencia estructural subyacente a este caso, dada la triple vulnerabilidad de Julia Chuñil como mujer, mapuche y defensora medioambiental.
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Pero Julia del Carmen Chuñil Catricura es, hoy, mucho más que una víctima. Su muy probable asesinato ha vuelto a encender una ira antigua, silenciada a medias por el peso de una historia larga basada en el abuso patriarcal, racista y saqueador. El anhelo de justicia, vale la pena recordar, nunca va a desaparecer.

Nicolás Lazo Jerez es licenciado en Literatura, diplomado en Edición y magíster en Periodismo. Es el editor general de Artefacto | Síguelo en Instagram
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