Pablo Vera vía Agence France-Presse

Por Nicolás Lazo Jerez

En el prólogo al libro Para acabar con los números redondos (Pre-Textos, 1997), donde Enrique Vila-Matas reúne una serie de notas sobre figuras literarias de todos los tiempos, el escritor barcelonés declara: “No veo por qué el número 100 tiene más relevancia que el 101, por ejemplo”. Disconforme crónico, se niega a participar en el ejercicio, tan arraigado en los medios de comunicación, de destinar una atención especial a los aniversarios cuya cifra es múltiplo de cinco o de 10. Sobre esos números redondos contra los cuales se rebela, remata: “No los puedo soportar. Me irrita de ellos, sobre todo, su injustificado y absurdo prestigio”.

La protesta de Vila-Matas sirve para preguntarse cuán provechoso resulta destacar ciertos hitos históricos en determinados momentos y en otros no, y la idoneidad de un criterio tan arbitrario e impersonal como la cantidad de años transcurridos desde que tales acontecimientos se produjeron. La pregunta se vuelve especialmente relevante ante un hecho clave de la historia chilena reciente: el golpe de Estado que hace casi 52 años, el 11 de septiembre de 1973, interrumpió la democracia y dio paso a una dictadura cívico-militar sangrienta y prolongada.

En 2023, a cinco décadas del golpe, el país asistió a incontables eventos académicos, artísticos y políticos en conmemoración de este episodio trágico y violento. El gobierno del Presidente Boric llevó a cabo un acto con amplia cobertura al que, incluso, concurrieron dignatarios extranjeros. Las y los periodistas buscamos múltiples focos desde donde aproximarnos a los hechos y sus secuelas. Sin embargo, el golpe de Estado no debería importarnos menos en 2025, cuando conmemoramos su quincuagésimo segundo aniversario.

Reflexionar en torno a esta herida compartida es, acaso, más acuciante que nunca. En tiempos de mentiras virales y negacionismo desatado, no podemos permitirnos el triunfo de la amnesia y de la indiferencia frente al trauma que el golpe y la posterior dictadura inscribieron en la historia nacional. Del mismo modo, la persistencia de regímenes autoritarios de distintos signos ideológicos en todo el mundo nos recuerda que el imperio de las instituciones democráticas y el respeto irrestricto de los derechos humanos no están garantizados de por vida en ningún lugar.

La verdad, la reparación y la no repetición se las debemos a quienes conforman los más de 40 mil casos sumados de presos políticos, torturados, ejecutados y desaparecidos, según cifras oficiales. Las ideas de nación y desaparición, plantea el sociólogo Gabriel Gatti en Desaparecidos. Cartografías del abandono (Turner, 2022), «están también enredadas cuando miramos las reacciones, en los momentos en los que se da forma a una política de la memoria, cuando se recuerda a los que se desapareció reivindicando la necesidad de ponerlos en la historia, en el relato común, de hacerlos parte, en fin, del patrimonio nacional».

Por ellos y por nosotros, la justicia y la memoria resultan indispensables todos los días.

Nicolás Lazo Jerez es licenciado en Literatura, diplomado en Edición y magíster en Periodismo. Es el editor general de Artefacto | Síguelo en Instagram

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