
Por Nicolás Lazo Jerez
El segundo aniversario del 7 de octubre coincide con un momento crucial para la ofensiva militar israelí en la Franja de Gaza. Minuto a minuto, recibimos noticias —un nuevo avance, un nuevo retroceso— en torno al «plan de paz» que Donald Trump, con el beneplácito de Benjamín Netanyahu, busca imponer tras 24 meses de bombardeos israelíes en el territorio palestino. Todo en medio de una urgencia humanitaria del pueblo gazatí que, con el tiempo, no ha hecho sino agravarse.
Hace dos años exactos se produjeron los hechos en virtud de los cuales el gobierno de Israel justifica la masacre que viene cometiendo en Gaza desde entonces: aquel día, militantes de Hamás perpetraron un ataque terrorista en el sur de Israel cuyo saldo fueron más de 1.200 personas asesinadas y otras 250 capturadas como rehenes. Los líderes de la organización política y paramilitar sunita reivindicaron la acción como una respuesta ante la impunidad histórica de su enemigo.
Gracias por leer Artefacto. Suscríbete al canal en WhatsApp y recibe gratis todo nuestro contenido directamente en tu teléfono
Está dolorosamente claro que la reacción israelí no se ajusta a ninguna idea de proporcionalidad. Invocando razones de seguridad nacional, el gobierno de Netanyahu ha asesinado a casi 70 mil personas, sometido a los civiles gazatíes a un bloqueo inhumano de suministros básicos y destruido buena parte de la infraestructura urbana y patrimonial palestina. Llamar «conflicto» a este escenario apocalíptico equivale a calificar de «riña» el enfrentamiento entre David y Goliat, célebre en el tan manoseado «libro de los libros».
También está claro que el exterminio en Gaza no es el comienzo del padecimiento de los palestinos. El castigo de este pueblo, hoy un genocidio en toda regla, se inició hace casi ocho décadas, cuando cientos de miles de habitantes del mandato británico de Palestina fueron forzados a abandonar su tierra como consecuencia de la guerra árabe-israelí de 1948: una tragedia —nakba en árabe— que hoy se repite en bucle. Sin embargo, no quitemos crédito a quien lo merece: las condiciones de posibilidad del sionismo en su versión más intransigente las garantizó Europa occidental, culpable y culposa de aquel horror sin límites que fue el Holocausto.
También estamos en Telegram. ¡Empieza a seguirnos ahora!
La cruel paradoja de esta historia es que el sujeto judío, injustamente cooptado por la ultraderecha de Netanyahu y sus predecesores, pasó de ser la víctima por excelencia al victimario ejemplar, al menos a partir del marco que instaló el ascenso del sionismo hegemónico. Así, Israel devino una máquina militar que no solo oprime a los palestinos de todos los modos imaginables, sino que, asimismo, ha secuestrado la identidad de la propia comunidad que dice defender. Desactivar esta trampa, según la cual toda crítica al Estado de Israel es antisemitismo, resultará clave para alcanzar, algún día, la pretendida paz en Medio Oriente.
Ningún pueblo del mundo debería atravesar, como a esta hora lo hacen los palestinos, lo que parece una catástrofe perpetua. Pero no habrá paz ni Nobel de la Paz que valgan sin el imperio de la justicia. Tampoco justicia sin libertad. Si hay dios, ese es su anhelo.

Nicolás Lazo Jerez es licenciado en Literatura, diplomado en Edición y magíster en Periodismo. Es el editor general de Artefacto | Síguelo en Instagram
Sigue a Artefacto en WhatsApp, Medium, Instagram, Threads, LinkedIn, Tumblr, Telegram, X, Bluesky y TikTok

Deja una respuesta