
Por Nicolás Lazo Jerez
Ocurrió en 1973. Un hombre exaltado, presa de pasiones oscuras, decidió tomarse un edificio icónico para la vida de sus conciudadanos y profanarlo durante una secuencia de movimientos rápidos y efectivos. Todo bajo la amenaza de atacar sin piedad a quienes se le opusieran. En una paradoja digna de estudiarse con detenimiento, las víctimas desarrollaron una relación de afinidad con el hombre. No contentas con ello, más tarde declararon que confiaban plenamente en él.
El nombre de aquel individuo no era Augusto Pinochet, sino Jan-Erik Olsson. El edificio invadido no era el Palacio de La Moneda, sede del poder ejecutivo en Chile, sino una sucursal del Norrmalstorg, un banco de créditos de Suecia. El hecho en cuestión no era el golpe de Estado que perpetraron Pinochet y sus esbirros, sino un atraco común y corriente. O no tan común y corriente, considerando que ese acto criminal —el de Suecia, no el de Chile— dio pie al concepto de «Síndrome de Estocolmo».
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«Síndrome de Estocolmo»: según el Law Enforcement Bulletin del FBI, corresponde a la reacción en la que la víctima de un secuestro o de una retención forzada establece un vínculo de afecto y/o de complicidad con su captor. El concepto resulta útil para diagnosticar un tipo de estrés postraumático en quienes han sufrido un episodio delictual. Esa definición, sin embargo, podría resultar igualmente útil para describir otros casos. Por ejemplo: la adhesión, también paradójica, a un líder político cuya biografía e ideología representan al grupo humano que ha secuestrado consistentemente los intereses mayoritarios.
A menos que se produzca un evento insólito, dentro de unas horas el abogado y exdiputado José Antonio Kast se convertirá en el nuevo presidente electo de la República de Chile. De acuerdo con los sondeos al momento de publicar esta columna, lo hará con una amplia ventaja. Al parecer, el electorado ha resuelto obviar sus numerosas ineptitudes personales y políticas, las que pueden ejemplificarse a través de su oposición persistente a un conjunto de libertades individuales, la improductividad que exhibió durante 16 años como parlamentario y su defensa pública de violadores de derechos humanos, como Miguel Krassnoff o el propio Pinochet. En cambio, buena parte de la ciudadanía se ha convencido de que el líder del Partido Republicano aplicará la tan anunciada «mano firme» contra la delincuencia y la inmigración irregular.
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Nada más alejado de nuestra intención que subestimar la lógica de los votantes y asociar la ola global de respaldo a la ultraderecha solo con la ignorancia o la indiferencia de las masas y la manipulación discursiva por parte de los liderazgos “iliberales” mediante internet. Esa perspectiva, propia de un progresismo frívolo, fue la que en Chile impidió anticipar y luego procesar adecuadamente el rechazo categórico al primer intento de reforma constitucional, en septiembre de 2022. Antes bien: un análisis intelectualmente honesto debería incluir, sin flagelación pero con suficiente rigor, una autocrítica de la izquierda ante el éxodo de sus bases electorales históricas.
Sin embargo, subrayamos la necesidad de no ceder a los cantos de sirena que ofrecen soluciones inmediatas a problemas estructurales, más aún si quienes entonan esas melodías embriagadoras no han demostrado capacidad ejecutiva alguna ni han podido explicar, ahora mismo, cómo financiarán e implementarán sus supuestas medidas providenciales. Ya lo decían los conductores del pódcast Estado de ánimo en una columna reciente para Artefacto: “Una ciudadanía emocionalmente desgastada y atrincherada por el miedo puede preferir respuestas simples, incluso autoritarias, con tal de ganar un mínimo de esperanza en el control”.
Y es que, en ocasiones, un guardián se parece demasiado a un carcelero. Los ejemplos abundan.

Nicolás Lazo Jerez es licenciado en Literatura, diplomado en Edición y magíster en Periodismo. Es el editor general de Artefacto | Síguelo en Instagram
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