El trabajo literario de este arquitecto, poeta y traductor se despliega en una escritura que se resiste a ser catalogada. Sus libros forman parte de una visión del orden, de lo arquitectónico y de la capacidad de las palabras para generar imágenes vívidas, como las que emergen en su último lanzamiento, Como si dejaras caer una granada (Bisturí 10, 2024). Editor de sus propias publicaciones, su trayectoria biográfica es narrada aquí tanto por él mismo como por sus amigos y colegas.

Por Tomás Rabají Díaz

Ilustración: María Soledad Tirapegui para Artefacto

Un tatuaje al descubierto de una granada partida a la mitad, una camiseta blanca y anteojos con aumento: Francisco Cardemil Pérez (29) sale de su casa, en el Barrio Italia, y entra a una cafetería cercana en un día en que hay sol y, a la vez, llueve. Cuenta su historia en una ciudad que, a pesar de ser el lugar donde nació, le fue extraña.

Cardemil ríe cuando le preguntan quién es. Al buscar un hilo desde donde contar su historia, parece no saber cómo empezar. En cuatro años, publicó tres libros: Pueblos de tacto (Gramaje, 2021), El amor oscuro (Libros del Pez Espiral, 2022) y Como si dejaras caer una granada (Bisturí 10, 2024). Su trabajo literario puede definirse como el de un poeta que transita entre la arquitectura y la traducción.

Para Francisco Cardemil, la poesía —a diferencia de la arquitectura— va más allá de un orden. Se trata de una escritura a la que no se le puede exigir una reducción para que sea entendible, sino que es comprendida en sí misma. En esa creación habitan sus recuerdos, reflexiones y cuestionamientos sobre la vivienda, la ciudad y las formas de relación entre seres humanos que se conocen y, a la vez, desconocen. Temas que, en algún momento, le preocuparon. Y que también son parte de su relato personal.

—Tiendo a ver muchas cosas desde el orden —explica Cardemil—. Al final, consiste en una disciplina, y eso permite que se pueda reducir la arquitectura como un problema de orden. Eso también se puede llevar a las ideas y al lenguaje, como es el caso de la poesía.

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Francisco Cardemil nació en Santiago en 1995. Tras vivir seis años en la capital, junto a su madre y sus dos hermanas se mudó a la casa de su abuela materna en Palmilla, una localidad en la Región de O’Higgins rodeada por viñas y predios agrícolas.

Sus primeros acercamientos a la literatura se produjeron desde que estaba en octavo básico. Su madre coleccionaba láminas de pintura y publicaciones relacionadas con el arte. Al mismo tiempo, le compraba libros.

—Desde la adolescencia concebí el dibujo y la lectura como un espacio de intimidad.

También recuerda haber recibido un cuaderno con poemas de autores como María Luisa Bombal, Gabriela Mistral y Federico García Lorca, además de ejercicios en la contratapa. Fue por ese texto que comenzó a escribir.

—Nunca quise estudiar literatura. Lo pensé en algún momento, pero, como estaba en un colegio de región, eran otras las aspiraciones.

—¿Cuáles?

—Entrar a la universidad y tener una carrera medianamente importante, como ser abogado o ingeniero.

—Pero te interesaba el arte.

—Sí, me gustaba, pero me desaconsejaron mucho estudiarlo. La arquitectura no fue una cosa vocacional en ningún momento. Tampoco había arquitectos en mi familia. Solo fue algo que estaba a la mano y que también se relacionaba con mis intereses.

Portada de Como si dejaras caer una granada (2024), poemario publicado por Bisturí 10

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Cuando llegó a Santiago, Francisco Cardemil dejó de escribir por el impacto de vivir en una ciudad nueva y empezar a relacionarse con personas a las que no conocía. En 2014, entró a estudiar Arquitectura en la Universidad Católica de Chile con una beca que le financiaba la totalidad de la carrera. Al mismo tiempo, una nueva lógica se apoderaba de su comprensión del lenguaje: las estructuras y su relación con el orden.

—La arquitectura tiene un lenguaje particular que no te enseñan en el colegio. Entonces, adaptarse dentro de un sistema en que todo el resto o la mayoría de tus compañeros está en un ritmo más avanzado, que además desconoces, es complejo.

Fue en 2016 cuando cursó el taller “Estado de excepción”, dedicado a la investigación arquitectónica e impartido por la arquitecta Alejandra Celedón, entonces académica de la Universidad Católica y actual decana de la Facultad de Arquitectura de la Universidad Diego Portales.

—Fue una de las primeras personas que me permitió ver que la arquitectura era un lugar para hacer buenos ensayos, y que existía también allí una preocupación por la escritura —explica Cardemil sobre el momento en qué tomó la asignatura.

Después, se incorporó como ayudante de Celedón y profundizó las posibilidades de escritura que ofrecía el espacio arquitectónico.

—Ese taller fue decisorio para definir que su camino sería más bien usar la arquitectura para pensar problemas sociales, políticos y culturales, más que para diseñar edificios —afirma la académica.

Una vez terminados sus estudios de pregrado, Francisco Cardemil decidió enfocar su tesis de magíster en los edificios y su producción cooperativa como alternativa a la vivienda neoliberal, desde una mirada que atiende las injusticias y limitaciones del sistema subsidiario. Sería la raíz de otros temas que se repetirían dentro de su trabajo como académico en la Escuela de Arquitectura de la Universidad Católica.


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Su primer trabajo publicado, Pueblos de tacto, es una compilación de poemas que forman un relato mediante un viaje por ciudades del centro y sur de Chile. Ese mismo recorrido fue el que hizo durante su vida. El libro, que presenta personajes sacados de un cuento —Mamá, el Cazador, Pedazo de Cielo, Pequeño Saltamontes—, plantea una estructura de novela que se entremezcla con el género poético.

En el caso de El amor oscuro, Francisco Cardemil aborda la preocupación por el uso de los espacios y el habitar de los seres humanos, donde se desarrolla una intimidad y disposición de los objetos, como también de las pertenencias. Según él, es su trabajo en que más se aprecia la relación arquitectura-poesía. El libro despliega una arquitectura acompañada por imágenes hechas por Cardemil, las que, a su parecer, no son ilustrativas: más bien, forman parte de una narrativa poética que acompaña todos sus trabajos.

“La construcción hace móvil el rol del material: nos pone en relación directa a madera o concreto, o bien, los vuelve intermediarios entre dos personas. (…) Toda domesticidad debe hacerse y proyectarse. El interior de un departamento parece extremadamente sencillo, pero se demuestra frágil al pensar que necesitamos construcciones para seguir siendo quienes somos”, se lee en uno de los extractos en prosa que componen El amor oscuro.

—Es interesante cómo ocupa el tiempo y los recursos para formar elementos en sus textos —sostiene Emilia Pequeño, poeta y amiga personal de Francisco Cardemil—. Pero no creo que sea el poeta de los arquitectos, porque no es su rol y tampoco creo que sea algo que le interese.

Pequeño también considera que su obra tiene una voz personal y consistente. Desde esa experiencia propia, urde una complejidad que, si bien no es oscura, está dotada de densidad.

Simón López Trujillo, escritor y amigo cercano de Francisco Cardemil, dice:

—A Francisco, en su poesía, le importa el espacio como un problema. Se nota en cómo se apropia y a la vez parodia ese lenguaje técnico de la arquitectura, también desde una preocupación por la construcción y la arquitectura del poema.

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Para Cardemil, los talleres literarios fueron más que un lugar de enseñanza. Más bien, añora la función de generar un punto de encuentro entre autores, escritores y artistas para discutir sus obras y, a la vez, aprender de un trabajo colaborativo.

En 2017, cursó un taller de poesía en Balmaceda Arte Joven a cargo de la poeta y editora Gladys González y de Carlos Cardani, dueño de la librería Pedaleo. Luego, formó parte de la realización de los talleres de poesía Lorkokran, también llevados a cabo por Cardani, además de los talleres de poesía inicial y avanzada organizados por Julieta Marchant, entre otras instancias.

—Fue uno de los pilares principales para que el taller pudiera funcionar, y en los momentos que estuvo funcionó como una voz precisa a la hora de complementar textos de sus compañeros —recuerda Carlos Cardani—. Solo ver los poemarios en que Francisco ha participado te habla de una escritura prolífica y variada, que constantemente va nutriéndose de lo que está leyendo.

Paralelamente al trabajo poético, Francisco Cardemil desarrolló una carrera de traductor entre la narrativa y la poesía. Tradujo del portugués al español El amor de los hombres solos, la segunda novela del escritor brasileño Victor Heringer, primero editada por Sexto Piso y después, en 2024, por Hueders. Más tarde, trabajó en traducciones de autores como Ocean Vuong, Louise Glück y Anne Carson.

En 2019, se integró como miembro del colectivo Frank Ocean, un espacio contracultural de traducción poética con un enfoque social y crítico hacia la crudeza de la violencia policial. Allí, junto a Catherina Campillay, Samuel Espíndola, Carlos Soto Román, Emilia Pequeño y Simón López Trujillo, entre otros integrantes, desarrolló una selección de autores que se rebelaron contra la represión.

—En la traducción hay algo que produce un enamoramiento con el libro o la obra de alguien, y tienes que meterte allí —dice Cardemil—. Eso es parte de la inteligencia de la traducción. A veces te encargan hacer cosas, o buscas cruzar la barrera idiomática para conocer más a fondo las lenguas de los autores que tradujiste.

Para Julieta Marchant, poeta, tallerista y editora de Bisturí 10, editar a Francisco Cardemil es una experiencia parecida a la de realizar un taller.

—Es alguien que está muy disponible a oír —dice—. En general, el Pancho es un alumno relativamente anómalo, porque tiende a mostrar las cosas de las que está inseguro. Además, es alguien que acoge las críticas y, a la vez, propone soluciones.


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Con el paso de los años, Francisco Cardemil se convirtió en un autor que diagrama y edita sus propios trabajos. Algunas veces, de inicio a fin.

—Él diagramó Como si dejaras caer una granada, porque quería diseñar su propio libro —cuenta Julieta Marchant—. Tomó sus propias decisiones estilísticas. Es el único libro de la editorial que hasta ahora lo ha maquetado su propio autor.

Como si dejaras caer una granada partió con un tutorial en YouTube sobre cómo cortar una granada. A Francisco le impresionó la forma en que la fruta se abría, tras quitar la corona y la superficie superior. En ese trabajo, se menciona la presencia de la fruta, además de la exploración del eros, el espacio y el contacto humano: “toma la fruta / con la punta de tus dedos el cuchillo / debe hundirse / deja que el oro invada mis manos / juego de manchas el trabajo de tirar tu cuerda / gajos de corazón / no hay duda entonces / no sabemos soltar”.

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Algunos de sus amigos creen que la figura de Cardemil como autor corresponde a la de un creador al margen de las convencionalidades, la industria editorial y el reconocimiento.

—La figura autoral de Francisco trata de ir a otro lado y desviarse, porque él sabe que hay algo muy peligroso en una autoridad que se fija y se vuelve idéntica a sí misma —explica Simón López Trujillo—. Es alguien que se resiste a ser convertido en una figura de prestigio dentro de la poesía.

Asimismo, podría decirse que es capaz de crear una poesía que difiere del estándar editorial.

—La poesía de Francisco no está hecha para el mercado ni para la lectura rápida —dice Julieta Marchant—. Es una escritura que se aleja de muchas cosas, pero que a la vez toma una decisión política en relación con el lenguaje. El no estar en el centro de la popularidad es también una decisión.

Detrás de las discusiones estructurales y arquitectónicas, existe un universo de imágenes, referencias, figuras y palabras que forman un trabajo autoral propio. Esa misma escritura es el producto de una comunidad que lo ayudó a configurar un estilo que burla el lenguaje academicista y construye una visión íntima del habitar y las relaciones humanas.

—¿Escribes para alguien?

—Yo no escribo para llamar la atención de nadie. Lo hago porque para mí es un hábito, una costumbre y algo muy cotidiano.

—¿Y crees que formas parte de un grupo de autores o poetas chilenos?

—No me interesa pertenecer a un grupo de autores canónicos chilenos, por decirlo así. Creo que la mejor forma de descubrir a un autor es por casualidad. Ya sea porque alguien lo escuchó por ahí, o compró su libro en una librería porque le interesó la contratapa. La lectura accidental me parece un fenómeno precioso.

Tomás Rabají Díaz es licenciado en Comunicación Social de la Universidad de Chile y reportero enfocado en temas culturales y sociales. Ha publicado en medios como el diario El Mercurio y la revista Doble Espacio, en la que ofició como coordinador de la sección Cultura. | Síguelo en X

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