María José Navia: «La cultura del ‘delivery de todo’ tiene su lado perturbador»

Por Darío Piña (*) | Foto principal: María Jesús Miranda

La escritora María José Navia (Santiago, 1982) tiene una app que le avisa cuánto tiempo está conectada a su celular. A veces, de una semana a otra, logra reducir el uso en un 6%. Otras, cuando le va mejor, llega a 10%. La desconexión, por ahora, no es fácil: debe estar online para sus alumnos de la Facultad de Letras de la Universidad Católica, para recomendar escritoras en su cuenta de Twitter y para una vida social hoy más que nunca mediada por la tecnología.

Pero para la autora de Kintsugi, hace un tiempo esta rutina virtual se transformó en uno de sus temas favoritos: quiénes somos detrás de una pantalla y cómo eso afecta nuestras relaciones afectivas. Una inquietud que ha trabajado en sus obras y que en Una música futura (2020, 130 páginas), su más reciente libro de cuentos, adquiere una dimensión mayor, considerando los cambios que habrá a la hora de socializar y trabajar tras el covid-19. Publicado por editorial Kindberg, aquí nos encontramos con relatos y personajes que se desarrollan en un mundo invadido por la nomofobia (el temor obsesivo a no usar el celular), por apps que facilitan la paternidad y por la búsqueda de likes para visibilizarse en una sociedad cada vez más hiperconectada.

—En Una música futura hay algunas referencias musicales, como Elton John y The Boomtown Rats. ¿Qué rol cumple para ti la música al momento de escribir? ¿Cuál fue el soundtrack que te acompañó en la elaboración de este libro?

—Para mí la música es fundamental, está siempre presente. Y en este libro, sobre todo, fue muy importante. Hay un hilo musical que va uniendo las historias, un hilo de canciones y también de sonidos (por palabras en otros idiomas, silbidos, murmullos, cosas que se escuchan a escondidas). Hay canciones que incluso tienen un gran protagonismo, como la de The Boomtown Rats, que es una de las piezas que hacen andar mi cuento “Panda”. El soundtrack oficial de Una música futura es la canción “The Ride”, de Amanda Palmer, que está de epígrafe del último cuento del libro, “Todo incluido”. Mi soundtrack oficial, supongo, fueron todas las canciones que aparecen mencionadas en el libro. Las escuché mientras escribía, muchas veces. También siempre escucho música clásica, en piano principalmente, como “Las variaciones Goldberg” de Bach —interpretadas por Glenn Gould— y los “Preludios” y “Fugas” de Shostakovich.

—La tecnología tiene un papel relevante en tus cuentos, con personajes adictos a celulares o a estar en línea. ¿Cómo ves esa adicción a la luz de lo que ocurre hoy, cuando gracias a diversas aplicaciones podemos mantener el contacto con familiares y amigos? ¿Cómo ha funcionado en tu caso?

—Creo que la tecnología nos ayuda a mantenernos en contacto y eso es muy valioso, sobre todo en estos tiempos. Pero sí veo los peligros de su adicción. Yo trato de cada semana conectarme un poco menos. Y lo he logrado. Pero algo que me atrae mucho de la tecnología, y por eso aparece en todos mis libros, es cómo permite estar creando ficciones todo el tiempo. Esa suerte de imagen virtual que tenemos en redes sociales y que es también una sombra. De alguna forma, toda relación humana ahora tiene también su componente o extensión virtual u online. Los chats familiares, por ejemplo.

—En uno de tus cuentos, “Los tíos”, una joven pareja decide descargar una aplicación para “arrendar” un hijo durante algunos días, tras sentirse excluida por sus amigos que comienzan a ser papás. ¿Qué opinas de estas nuevas paternidades/maternidades mediadas por la tecnología?

—Todo está más o menos mediado por la tecnología. En el tema de la maternidad, por ejemplo, todas las apps que hay para concebir, para monitorear la fertilidad, luego para regular las horas a las que se le da leche a una guagua, y tantas más. En “Los tíos” seguí esa idea de la existencia de apps y la confianza en ellas para solucionar cualquier cosa. Esa mentalidad de “me falta algo, pido un Rappi o Cornershop”, la cultura del «delivery de todo», que soluciona mucho la vida, pero también tiene su lado muy perturbador, que era lo que traté de mostrar con el cuento: cómo esas aplicaciones también implican el uso de personas o el desarrollo de afectos.


Para María José Navia, Estados Unidos tiene una influencia relevante. Su entusiasmo con la literatura y el inglés la llevaron a cursar un Magíster en Humanidades y Pensamiento Social en la Universidad de Nueva York y un doctorado en Literatura y Estudios Culturales, esta vez en la Universidad de Georgetown. Por eso, no es extraño que algunos de sus personajes acarreen experiencias —a veces traumáticas— del mundo norteamericano, así como acentos y expresiones, cuestión que no siempre ha sido bien vista por lectores y críticos literarios.

—En el relato que da nombre a tu libro, leemos la historia de un niño despojado de sus padres inmigrantes, similar a lo que vimos con las políticas migratorias de Donald Trump meses atrás. Asimismo, en “Panda”, una joven chilena, estudiante de doctorado, sobrevive a duras penas en un Estados Unidos cada vez más ajeno a los lazos familiares. ¿Qué ámbitos del “sueño americano” te interesó abordar en tus cuentos?

—Los muchos lados oscuros de ese sueño, supongo. En el caso del cuento “Una música futura”, es la continuación de mi cuento “Afuera”, publicado tanto en mi libro Instrucciones para ser feliz como en Lugar. Para mí mis libros no se entienden solo como una unidad, sino como una conversación con otros de mis libros y los de otros autores también. Yo viví casi ocho años en Estados Unidos (dos en Nueva York mientras hacía mi magíster en NYU y casi seis en Washington DC, mientras hacía mi doctorado en Georgetown), y escribir esos cuentos, sobre todo “Panda”, fue también una forma de volver a habitar ese mundo, esos espacios, esas problemáticas.

Una música futura, de María José Navia.

—En ese sentido, y considerando que algunos escenarios y personajes son norteamericanos, ¿qué te pareció la crítica sobre Una música futura de Patricia Espinosa, quien señaló, entre otras cosas, que tus relatos eran enfáticos en restar marcas regionales y en insertar citas en inglés?

—Creo que cada crítico tiene el derecho de opinar según su criterio. Y hay cosas que forman parte del estilo de un escritor que no van a gustar a todo el mundo. Puede ser un riesgo, pero lo asumo. Forma parte de la escritora que soy y que quiero ser. No lo haría de ninguna otra manera. Yo uso el inglés (como lo he hecho en cada uno de mis cinco libros) para marcar temas de falta de pertenencia, personajes extranjeros que no se sienten en su lugar; para enfatizar diferencias y problemas de comunicación. Me parecía que, al tratar esos temas, los cuentos tenían que traer ese ruido, esa barrera, ese otro idioma. Son cuentos, en este libro, en los que se habla de problemas migratorios, niños que arriesgan sus vidas y, cuando son detenidos, no manejan el idioma y no se pueden comunicar o, en el caso de “Panda”, una estudiante que está viviendo en otro país donde no entiende todo y donde, por su condición de estudiante de literatura, le presta una gran atención a cómo funcionan las palabras y las expresiones cordiales y políticamente correctas que se usan en inglés.

«También el inglés forma parte importante de nuestro cotidiano o del cotidiano que yo estoy mostrando: el de las redes sociales, el de la música, el del consumo. Por eso era fundamental que estuviera ahí, como parte del soundtrack y como parte del ruido. Y en mi vida, claro, también está mucho: viví varios años en Estados Unidos, lo que más leo es literatura en inglés y mis clases en la universidad son, en su mayoría, dictadas en ese idioma. Hay muchas referencias a la literatura de Estados Unidos y Canadá en mis libros. En «Una música futura», por ejemplo, hay todo un juego con el cuento “Wakefield” de Nathaniel Hawthorne, que es uno de mis cuentos favoritos».

«Igual, debo decir que solo dos de los cuentos pasan en Estados Unidos. Tres suceden en Chile y dos en territorios más indeterminados. Para muchos lectores ha sido muy “vistosa” la presencia de Estados Unidos, pero lo cierto es que no está más que en mis anteriores libros y no representa ni la mitad de este».

—En base a eso, ¿qué es para ti la literatura?

—Es un espacio de libertad para imaginar otros mundos, otros presentes y otros futuros. Es una conversación entre todo lo que uno es y todo lo que ha leído. Es el gozo infinito de seguir leyendo y leyendo compulsiva, vorazmente, y la paciencia, también infinita, de corregir y corregir, una y otra vez, hasta que la música suene como tiene que sonar.


María José ha utilizado la tecnología para difundir la literatura de dos maneras: recomendando diariamente a una escritora en su cuenta personal de Twitter (@mjnavia) y leyendo algunas de sus obras para transformarlas en audiolibros, como ocurrió con Kintsugi (disponible en Storytel) y Lugar (Leolento), este último finalista del Premio Municipal de Literatura 2018.

—Hoy los libros no solo se leen, también se escuchan. ¿Cómo fue tu experiencia de transformar algunas de tus obras en audiolibros? ¿Tienes pensado hacer lo mismo con Una música futura?

—También se dice “leer” cuando se trata de audiolibros. Yo aprendí a leer, en gran medida, leyendo los audiolibros que me grababa mi abuela (era voluntaria en una fundación y grababa libros para ciegos). Para mí siempre la voz ha estado muy ligada al placer por los libros. Yo leo audiolibros todas las semanas, además de libros en papel y electrónicos, lo cual me permite seguir leyendo en momentos en que no podría hacerlo en otro formato: cuando hago el aseo, cuando salía a correr antes de la pandemia, cuando me han fallado los ojos (el año pasado estuve con problemas severos que me tuvieron sin ver por un ojo por temporadas de varias semanas a la vez). Por eso, fui muy feliz de poder grabar mis propios audiolibros. Yo disfruto mucho de leer audiolibros leídos por sus autores. Y sí, me encantaría hacer lo mismo con Una música futura.

—¿Qué obras literarias nos recomendarías para estos tiempos de cuarentena?

—Lean muchos cuentos. Para algunas personas, estos tiempos a veces son difíciles para concentrarse en novelas largas. Por eso recomiendo que consigan libros de los cuentos completos de algún escritor o escritora y vayan leyendo un cuento o dos diarios, según puedan. O incluso hacerse la rutina de leer un cuento al día: buscarlo en internet, buscar el audiocuento. Algunos que recomiendo: los cuentos de Mavis Gallant, de Joy Williams, de Hebe Uhart, de Deborah Eisenberg, de Adolfo Bioy Casares, de John Cheever. También la brillante novela-en-cuentos de Elizabeth Strout, Olive Kitteridge, que también tiene miniserie y es buenísima, con Frances McDormand como protagonista.

«Y, un poco en la misma línea, recomiendo la serie de Amazon Prime «Tales from the loop», que es una serie de ciencia ficción, con música de Philip Glass, que está construida como una colección de cuentos conectados (mi tipo favorito de libro), haciéndole algo de homenaje a Sherwood Anderson y su Winesburg, Ohio, otro libro de cuentos conectados».

—Ya van más de 200 autoras que has recomendado en tu cuenta en Twitter, una por día, como fue tu propósito a inicios de año. Si vamos al plano local, ¿consideras que en Chile hay poca inclusión y difusión de escritoras? ¿Por qué?

—Hay muchas escritoras talentosísimas en nuestro país. Y creo que, en general, cada vez están teniendo más presencia y difusión. En mi hilo estoy tratando de recomendar a autoras de distintos países porque muchas veces cuesta más llegar a ellas en Chile que acercarse a una autora boliviana, o australiana, o danesa. Y están ahí sus obras en librerías, pero a veces cuesta verlas entre tanta portada y mesones de novedades.

(*) Licenciado y Magíster en Literatura por la Universidad Diego Portales y la Universidad de Chile, respectivamente. Durante ocho años se desempeñó como crítico literario en el diario de circulación gratuita HoyxHoy. Actualmente es colaborador en RIL Editores. En Twitter es @licenciadopina.

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