Luis Poirot: retrato de un testigo

Por María José Navarro (*) y Nicolás Lazo Jerez (**)

Ocurrió en Bélgica, cuando Luis Poirot (77) se desempeñaba como agregado cultural de la embajada chilena en ese país. Tras un infarto que lo obligó a operarse de urgencia e instalarse tres baipás, recibió una noticia que venía a profundizar la mala racha: el resultado de una biopsia confirmó la presencia de un tumor cancerígeno en el lagrimal, lo que exigía una rápida intervención e implicaría la pérdida del ojo izquierdo. Durante su recuperación en Miami, se volvió completamente dependiente. «No te puedes amarrar los cordones de los zapatos, no puedes manejar el auto; te cuesta caminar, pero tienes que hacer ejercicio», relata.

Admite que en esa época llegó a pensar que la lucha no valía la pena.

—A veces yo decía: «Pa’ qué más, está bueno, que me dejen tranquilo. A lo mejor la cosa era hasta aquí y ya». Estaba cansado.

Al final, no fue necesaria la extracción del ojo, pero hubo que rellenar con silicona y titanio donde antes estuvo alojado el tumor. A lo largo de esta entrevista, Luis señala varias veces que la presencia incondicional de la también fotógrafa Fernanda Larraín, su pareja casi 40 años menor y con quien tiene dos hijas, fue fundamental para su recuperación. En medio de la crisis, advirtió que quería vivir «para seguir viendo la belleza y la ternura de esta mujer». Y añade: «No es una frase dicha al aire, pero si no es por Fernanda yo me muero».

Paisaje femenino

—A propósito de la ausencia de su padre durante sus primeros años debido a que estaba en la Segunda Guerra, usted cuenta por ahí que primero tuvo la foto y después la presencia de la persona. ¿Qué rol ha jugado la fotografía en el vínculo que teje con los demás?

—En un momento determinado, cuando yo estaba empezando mi relación con Fernanda, me dijeron mucho que eso no iba a durar. Yo dije: «A lo mejor es cierto. A lo mejor se enamora de alguien de su edad; de alguien más guapo, más joven». Entonces empecé a fotografiarla obsesivamente, casi todos los días. En 15 años llegué a hacer más de siete mil fotos.

De ese profuso material nació «Un retrato», una exposición montada en el Museo de Bellas Artes entre agosto y noviembre de 2014 donde Fernanda Larraín era la protagonista. «Dije: ‘Si se va, me quedan las fotos’. Yo la atrapo con la foto», explica Luis.

—Cuando estuve en el entierro de mi padre, en Francia, me di cuenta de que me hacían falta fotos de él, pero ya era tarde. Entonces, cuando volví a Chile, decidí que no iba a cometer el mismo error con mi madre. Fui a hablar con ella y la fotografié. Uno de los ejercicios que yo les pido a mis alumnos es que fotografíen a sus padres porque eso va a crear un momento en que van a decirse cosas que se dan por evidentes, aunque no lo son.

En su larga trayectoria, Poirot conoció a Nicanor Parra, Pablo Neruda, Raúl Zurita, Armando Uribe y Enrique Lihn, entre muchos otros escritores que desfilaron ante su lente. Una síntesis de ello se tradujo en la muestra de este año «El paisaje es el rostro«, un recorrido por sus retratos a hombres y mujeres de letras. Ahí también figuraba Alejandra Costamagna, con quien compartió tribuna el 12 de julio en el marco de la serie «Caja negra» en el GAM, enfocada en presentar el proceso creativo de los artistas. En esa ocasión, subrayó que su fotografía aspiraba a «capturar lo efímero».

—En el caso de los escritores, fotografiarlos no fue porque eran famosos o conocidos. Era un acto de afecto, de querer guardarlos conmigo. El hecho de que crecí sin padre me hace a lo mejor tener una mentalidad de huérfano. Tengo terror a la pérdida, a la muerte, a que desaparezcan las cosas. Por eso, cuando busco una foto, también es muy doloroso. Aparecen todos estos fantasmas. Todas estas ausencias. A veces no lo soporto, tengo que guardar el archivo y no puedo seguir viéndolo.

Sentado en el living de su departamento en Providencia, precisa que, a lo largo de su vida, la relación que cultiva con las mujeres ha sido mucho más profunda que con los hombres.

—Dentro de mí, quizás tengo un mundo femenino más que uno masculino. A mí, en general, me aburren las conversaciones con los hombres. Encuentro que son obvios y competitivos.

Mientras conversamos, se pasea entre nosotros Perla, una pequeña gata cuyo pelaje es, al igual que las fotografías de Luis Poirot, blanco con negro.

—Mi mundo fotográfico es un mundo del afecto, de las emociones, más que del raciocinio. Mis valores están más cerca de lo femenino que de lo que se cree que es lo masculino.

Sobre los actuales movimientos feministas, plantea:

—Falta conducción, esa que normalmente deberían producir los partidos políticos. Pero (estos últimos) no tienen autoridad moral para ponerse a la cabeza porque nadie les cree. ¿Quién se va a poner a la cabeza? ¿Quién va a ser portavoz de un movimiento femenino o de jóvenes? Ahora, el movimiento femenino también tiene un peligro: que se vaya al extremo de convertir al hombre en un enemigo.

Fernanda Larraín, fotógrafa y pareja de Luis. | Archivo Luis Poirot.

—¿Será que, si no se dicen con cierto grado de radicalidad, algunas cosas no son oídas?

—Por supuesto. Es una situación cambiante, que hay que dejar madurar. Está demasiado en bruto esta protesta que es justa, necesaria y verdadera. Pero ojo con que pasemos a que los hombres seamos victimizados.

En materia de búsqueda, aprendizaje y reconocimiento de artistas, Poirot no se guía por diferencias de género, aspecto que percibe como innecesario e, incluso, peligroso.

—La discriminación positiva no le parece una buena idea.

—No, no me parece. Para mí no existe una fotografía femenina. Hay fotógrafos viejos, jóvenes, hombres, mujeres. Fotógrafos. Pueden ser buenos, malos, interesantes, no interesantes.

—¿No piensa que, cuando la cancha es dispareja, hay que posibilitar ciertas oportunidades?

—Sí, pero eso puede ser en los cargos, en los empleos, en los ministros, en los diputados, en los funcionarios, pero en el campo creativo, ¿cómo lo vas a hacer? Fernanda hace poco estuvo en Barcelona en un festival de fotografía. Ella se define como fotógrafa no más. Y yo creo en eso. De repente esta discriminación positiva también esconde mucha mediocridad para incluir gente que no tiene talento y que asoma la cabeza. No creo mucho en eso.

Días de vértigo

Conversar sobre los movimientos sociales actuales inevitablemente invoca las imágenes del fotógrafo respecto al periodo de la Unidad Popular. A través del enfoque de su cámara y de sus propios ojos, fue testigo y protagonista de aquellos años complejos e inolvidables que, tras el golpe cívico-militar, culminaron con su exilio en España.

—Era un observador no imparcial. No sabía que iba a haber un golpe de Estado, pero sabía que estábamos viviendo un momento histórico importante y había que dejar testimonio y memoria de eso. Me había criado en un país de viejos, donde todo pasaba en otro lugar y, por primera vez, las cosas estaban pasando día a día. Esa era la dinámica, lo fascinante, el vértigo. Fue el terror que le produjo a la derecha, la razón del golpe de Estado: nos estábamos liberando. La respuesta fue violenta porque había miedo.

«La respuesta fue violenta porque había miedo», dice Luis Poirot sobre el golpe de Estado en Chile, que terminó con el gobierno de la Unidad Popular.
Él acompañó a Salvador Allende como fotógrafo de la campaña que lo llevó a la presidencia en 1970. | Archivo Luis Poirot.

—¿Intuía la inminencia de este vértigo cuando acompañaba a Salvador Allende en la campaña que ganó?

—Sí, fue poco antes de las elecciones. Hubo una manifestación y el escenario estaba en la Alameda con Cumming. Estaba lleno de gente. Ese mar humano era una fuerza inevitable. Alessandri era un viejo al que le temblaba la mano, era todo el pasado. Era un país cerrado que ya no queríamos aguantar más.

—¿Cómo fue acompañar esa campaña de Allende en un contexto menos mediatizado que el de los candidatos actuales, quienes suelen convertirse en figuras de marketing?

—La comitiva partía en su casa en Guardia Vieja con un Peugeot 404. Manejaba Eduardo Paredes, al lado iba Allende y atrás yo iba solo con mis dos cámaras fotográficas. Me bajaba a comprar rollos que pagaba de mi bolsillo porque no había presupuesto. No había marketing, asesores, nada. Esas eran las campañas: el candidato metido ahí, viendo, oliendo lo que estaba pasando. Era escuchar a la gente y dialogar.

Coincidentemente, las emociones vividas entonces regresaron a Luis un día antes de esta entrevista, tras la noticia de la condena a Hugo Sánchez, Raúl Jofré, Edwin Dimter, Nelson Haase, Ernesto Bethke, Juan Jara, Hernán Chacón y Patricio Vásquez a 15 años y un día como autores del homicidio de Víctor Jara, así como de Rolando Melo a cinco años y un día de presidio por encubrimiento de los hechos. Víctor y Luis entablaron una relación profesional y de amistad que se vio truncada por la dictadura.

—Yo no perdono ni olvido el asesinato de Víctor Jara. Espero que estos sean los responsables y vayan a la cárcel. Esto no puede quedar impune. Estuve esperando durante muchos años.

Contra la muerte

El mundo personal de Poirot no se centró desde sus inicios en la fotografía, pero siempre existió un hilo invisible que de a poco lo atrajo hacia ella. Dada su naturaleza solitaria, hermética y tímida, su espacio lo llenó con literatura. Se identifica como un lector. De la revista «El Peneca» pasó a Verne, Dickens y Donoso. Su llegada al teatro en su juventud se debe precisamente a su gusto por la lectura, a través de la dramaturgia de O’Neill, Chéjov y Williams. Apasionado por el texto literario, confiesa haber tenido conversaciones más lúcidas sobre sus obras fotográficas con escritores que con artistas del ámbito visual. Esa fascinación por el componente escrito, tanto en la literatura como en la dramaturgia, llevan a Luis a hilar más fino en su búsqueda personal.

—¿Ese lenguaje literario armoniza con el de la fotografía?

—Sí, hay algo. No hay duda alguna de que mis fotos tienen que ver con el teatro. Cuando hago un retrato, en el fondo es una dirección de actores. Estoy conduciendo al personaje hacia un lugar como si estuviera dirigiendo a un actor, tratando de sacar algo que no sé qué es, que de repente aparece y yo lo trato de pescar. Y eso es teatral.

Se trata de un ejercicio que describe como una mezcla de razón e intuición. «Espero el azar», agrega. El vínculo particular que construye entre la literatura, el teatro y la fotografía deja a la vista a un observador minucioso en su oficio de fotógrafo-autor, que define como «tener una mirada personal sobre las cosas y ser capaz de transmitir».

Recientemente, ese desarrollo gradual y profundo lo hizo merecedor de la invitación a formar parte de la Academia de Bellas Artes, logro que le produce alegría por la disciplina misma, pues se acerca un momento en que ya no habrá que explicar de qué trata su trabajo. Al preguntarle por el lugar que ocupa actualmente la fotografía en el país, él contesta que, «al igual que el movimiento feminista, de a poco estamos conquistando espacios». Por otra parte, al evocar la tradición fotográfica, Poirot visualiza figuras interesantes pero aisladas, como Sergio Larraín, Rebeca Yáñez, Eric Bertens y Jorge Opazo, cuyos archivos no han sido tratados apropiadamente, asegura. También denuncia la ausencia de un museo de la fotografía chilena y la falta de voluntad por salvaguardar su historia, una deuda que queda como trabajo pendiente para futuras generaciones.

—¿Dónde está su próxima fotografía? ¿Qué foto le falta por tomar?

—Miles. Tengo más ideas que años me quedan por vivir. El tiempo y la edad me hacen ser selectivo. No lo puedo hacer todo.

En lo que respecta a su propio legado visual, Luis Poirot se considera un heredero enriquecido con experiencias que a su vez desea compartir. Lejos de quedarse vacío, dice, transmitir multiplica su satisfacción, sobre todo en las clases con sus alumnos.

—Fuera del Museo de la Memoria hay un muro que dice “¿Qué pasa si olvido?” junto a un espacio para que la gente escriba. ¿Qué pasa si olvidamos? ¿Por qué es tan importante recordar?

—El olvido es muerte y, por lo tanto, con él desaparecemos nosotros. Es un suicidio. Existimos si tenemos memoria. De hecho, ver es un acto de memoria. Es tan simple como eso. Sin memoria no hay vida.

(*) Licenciada en Lengua y Literatura Inglesa (UCh), con diplomados en Edición y Publicaciones (PUC) e Historia del Arte (PUCV). Actualmente es voluntaria en el Museo Nacional de Bellas Artes y en el Museo Violeta Parra, con el propósito de profundizar sus conocimientos en estudios curatoriales.

(**) Licenciado en Literatura (UAH), Diplomado en Edición y Magíster en Periodismo (PUC).

Deja un comentario

A %d blogueros les gusta esto: