
En el cine de José Luis Torres Leiva, lo que no se dice ni se muestra tiene un peso clave. Cuando las nubes esconden la sombra, su película más reciente, despliega una vez más esta forma de narrar.
Por Astrid Donoso
El viento mece con fuerza a los árboles. Escuchamos cómo atraviesa la curvatura de las ramas y de las hojas que titilan, emulando un sonido que bien podría pensarse, con los ojos cerrados y algo de imaginación, que es el mar. Este último no está tan lejos y lo sabemos. Vemos el reflejo en la ventana de esos árboles bailando y el rostro de la protagonista. Hay pausas, hay aparentes silencios, pero, sobre todo, una ausencia de diálogos que permitan armar el puzzle más rápido, como sucede en otras películas. Acá presenciamos el tiempo en su cadencia patagona, con un ritmo que cruza todo el cine del director. ¿Es una película o un documental? Escuchamos a la protagonista/ actriz convivir en una especie de metaficcionada idea de aislamiento isleño ante la inminencia de una filmación que no llega nunca. Sí, esperamos con ella. Pero también viajamos con ella en un proceso que se cuela por la pantalla.
La última película del cineasta chileno José Luis Torres Leiva, Cuando las nubes esconden la sombra, se estrenó a mediados de noviembre en la red de salas nacionales. Protagonizada por la actriz argentina María Alché y filmada en Puerto Williams, la ciudad más austral del mundo, la película llegó al país con varios reconocimientos a su haber, como el Gran CLaP del Festival de Cine Latinoamericano de París 2025 y el premio principal del VECINE, Festival de Cine de Villa del Cine de 2025, además de una nominación en San Sebastián en 2024. A esto se suma que hace pocos días recibió el premio del Círculo de Críticos de Arte como el mejor largometraje nacional del año pasado, junto a Denominación de origen, de Tomás Alzamora.
La película tuvo su estreno como apertura de la sección «Horizontes latinos» del Festival de San Sebastián. Luego, fue distinguida con el Premio al Mejor Largometraje en la sexta edición del Festival de Cine Villa Crespo, donde recibió el reconocimiento del público como la película ganadora. Director, guionista, productor y montajista, José Luis es una de las voces más reconocidas y únicas de la cinematografía nacional: lo íntimo se conjuga con la poesía, la naturaleza y la intensidad interior de personajes que, de alguna manera, se traducen en silencios plagados de palabras que no oímos pero sentimos, en un paisaje que se convierte en protagonista.
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La naturaleza y el silencio como protagonistas
El reducido equipo de esta película debió convivir en Puerto Williams, aislado como la protagonista. Recorren locaciones y se internan en la vida de una comunidad que les abrió sus puertas de sus vidas, mucho de lo cual lo presenciamos en el film. María es la única actriz como tal de la película. Todo lo que vemos en torno a esa especie de espera constante en que la deja el grupo imaginario que nunca vemos llegar a grabar con ella nos habla de gente y de historias reales, y de sentimientos vividos, esfumando la ya porosa frontera entre la ficción y lo real, que converge con el documental.
Torres Leiva comenzó su recorrido como cineasta observando, algo que parece natural en cualquier autor, pero que en el caso del cine cobra un sentido especial. Usaba una cámara que, como tenía un solo micrófono, no requería un sonidista: lo esencial se volvió la realidad, lo observado; así, al natural, desde la mirada de un documentalista, pero notando aquello que parece invisible. Entonces, lo que no se dice ni se muestra también cobra un peso clave. Es parte de una forma de narrar.
Lo decía John Cage respecto a la música y a la escucha: «There is no such thing as silence«. Lo que queda fuera de cámara también es parte de la composición. El fuera de campo nos habla y, asimismo, permite que completemos la información. Es allí donde radica uno de los sellos distintivos del cine de Torres Leiva.
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Lo dijo él mismo en el podcast Perdidos en el Bosque: “El detalle del gesto, de la mirada como concentrada en eso muy cotidiano que uno ve quizás todos los días, pero de repente pone una cámara, la pone de cierta forma, de otra, y te entrega otra idea sobre esa imagen: eso era algo que me interesó mucho. Podríamos decir que era lo invisible. Lo invisible dentro del lenguaje cinematográfico”.
María espera en el lugar más austral del mundo por un rodaje que nunca vemos y que no sabemos si llega o no, como si fuera la espera del arribo del Godot de Beckett. Allí, en medio de esa tormenta que impide que llegue el equipo de filmación, la seguimos en un viaje introspectivo donde la naturaleza es quien traduce lo que vive la protagonista en la intimidad, más allá de lo que ella misma puede reconocer. La tormenta es una pena, un duelo que no se explica y que lo observamos desenvolverse a través de toda la película. El paisaje habla, da pistas. Pero no de ideas, sino de sentimientos y sensaciones. En esa urdimbre, el relato va disolviéndose.
La inmensidad del mar, el viento intenso, los caminos tumultuosos y la soledad son parte clave de esta película y que, con sus matices, podemos ver en otras obras de José Luis Torres Leiva. Algo así como un viaje de autoconciencia sin desearlo, como el del protagonista de La montaña del alma, de Gao Xingjian, que viaja por una situación personal muy difícil mientras camina los recovecos de su propio pesar, de su propia vida interior.
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Es imposible ver el movimiento de los árboles y esa lentitud de lo cotidiano de sus películas y no recordar a Yasujiro Ozu, director japonés que da vida a historias que parecen muy pequeñas y simples, pero que recogen vidas de personas que sentimos reales y cercanas, más allá de que pertenezcan a otra cultura y a un Japón muy distinto al actual.
En la tumba del creador nipón se puede leer la inscripción MU, que engloba el concepto del vacío, la nada como un elemento esencial de la naturaleza. Un término budista que, por ejemplo, se lee como ese espacio vacío que queda entre las flores de los arreglos del ikebana, un espacio de meditación, de claridad para que las ideas surjan y fluyan libremente. Mucho de eso lo podemos ver en el cine de Torres Leiva. La aparente simpleza de esta película es una arquitectura prodigiosamente pensada, montada y editada.
Si bien trabaja con un guion, este último es una forma de ordenar ideas, pero no queda cerrado al pie de la letra, con lo cual permite que el cruce con la realidad haga su propia magia de hilvanar un relato que se transforme en un documental. Así nace una historia viva y nítida, donde está la posibilidad de que el relato busque su propio camino, germinando entre los encuentros con vecinos y vecinas del lugar, frente a la inmensidad del horizonte abierto cual tabula rasa, como entre esa luz que se filtra entre las hojas de los árboles.
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See what can’t be seen
Between the table and the chair
Touch what can’t be touched
The National Trust don’t own the air
Kiss what can’t be kissed
This is the risk we have to take
Heal what can’t be healed
And feel the dead skin fall away
Esto canta Neil Hannon, de Divine Comedy, en su canción «Death of a supernaturalist». Es ese espacio que no se ve, ese gesto que no conocemos, que quizás intuimos pero que no podemos asir, donde se instala en gran medida la delicadeza de Torres Leiva a la hora de contar una historia. Ese salto silencioso es el riesgo de un cine que no habita los cines comerciales, sino la intimidad de quienes buscan un lenguaje más cercano y pausado, y nos sentamos a ser conducidos en medio de una tormenta interior habitada por árboles oscuros.
Así como en su cine, lo primero que recuerdo ―o creo recordar― de cuando conocí a José Luis fueron sus pocas palabras, una mirada limpia, como de niño, a pesar de que ya no lo era. Había algo de timidez, pero sobre todo de guardarse. Poco a poco lo fui descubriendo, cada vez que se llevaba la Cahiers du Cinema, que pedía un libro de un actor o actriz famosa, como Isabelle Huppert, o cuando conversaba con su madre en la librería.

Astrid Donoso es licenciada en Comunicación, periodista y técnico de nivel superior en Bibliotecología. Junto a Ismael Rivera, conduce el podcast Perdidos en el bosque | Síguela en Instagram
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