El cambio de paradigma en Chile: migración e interculturalidad en el escenario electoral

Por Montserrat Arre Marfull (*)

Lo que se está disputando hoy en día en Chile, más allá del modelo económico y los temas sociales, es la cuestión de la identidad nacional, y con esta disputa se gestiona un proceso de cambio de paradigma. Para entender cabalmente aquello, es preciso mirar hacia el pasado.  

Partiendo de la premisa de que la actual polarización ideológica en Chile es un hecho desde el cual podemos observar diversas opiniones dramáticamente divergentes sobre varios temas, incluyendo la diversidad cultural, no es banal especular sobre las posibilidades que nos esperarían en un eventual gobierno de ultraderecha, como el de José Antonio Kast, o de una izquierda más bien moderada representada por Gabriel Boric, pensando en los candidatos mejor ponderados en las encuestas.

Un gobierno de ultraderecha se constituiría como una continuación extrema del gobierno en curso, lo que podría agudizar las situaciones que estamos viviendo en la frontera norte y en el Wallmapu. Si llega a la presidencia la izquierda más bien moderada, la oposición será virulenta por parte de la derecha y la campaña del terror, férrea.

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No obstante lo anterior, lo más relevante de las próximas elecciones, a mi parecer, son tres cosas: 1) Los discursos explícitos e implícitos detrás de los candidatos Kast y Boric, que influyen potentemente en la sociedad; 2) que se elegirá a gran parte del Parlamento, lo que va a generar un recambio de legislativos, quienes interactuarán con el futuro presidente; 3) que quienes resulten ser diputados, senadores y presidente tendrán que consolidar el proceso constituyente y todo lo que ello signifique que, en lo esencial, se dé forma a este cambio de paradigma.

El escenario, independientemente del gobierno elegido y la distribución del Congreso, será complejo, bastante polarizado y muy influido, además, por las tendencias internacionales, donde están emergiendo voces fundamentalistas en diversos frentes que llevan a tendencias extremas, pero también por una serie de discursos y propuestas que llaman al sentido común en un siglo XXI lleno de desafíos de índole social, ambiental y cultural, en el cual ya se experimenta un cambio de lenguaje y se lucha por dejar las antiguas y dañinas consignas ancladas en el racismo estructural.

La disputa por el cambio de paradigma identitario se está dando en la Convención Constitucional. En ella vemos una transformación de lenguaje que se está consolidando extensivamente en muchos ámbitos. Este momento crítico de transformación está demostrando una resistencia dura de quienes, por conveniencia, ignorancia, odio o fanatismo, no aceptan que los ciclos de cambios son necesarios, positivos y naturales en las sociedades, y que las retóricas del odio y del desprecio nunca permitirán aportar al bien común.

Ceremonia de instalación de la Convención Constitucional chilena, en el ex Congreso Nacional, en julio de 2021. | Biblioteca del Congreso Nacional.

El tema migratorio y el relativo a la interculturalidad en Chile son dos áreas muy diferentes, pero que obedecen a un mismo imaginario que debemos y podemos deconstruir, y que tiene relación con la idea de homogeneidad nacional, que surge paulatinamente en el siglo XIX y se consolida fuertemente durante el siglo XX, con diversos episodios políticos y sociales, entre ellos el más reciente y que aún nos está pasando la cuenta: la dictadura cívico-militar de Pinochet.

En el ideario nacionalista chileno, ligado a los del mismo tipo generados en toda América, nuestro país se imagina a sí mismo como un polo de diferencia frente al espacio exterior constituido por las otras repúblicas latinoamericanas, consideradas en general como inferiores en el camino de la civilización. Internamente, Chile se imagina como una unidad territorial, cultural, lingüística, histórica y racial uniforme y atemporal, lo que es evidentemente ficticio.  


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Desde la consolidación colonialista interna (1860-1930), en la que el Estado chileno centralista se extendió hacia el norte en los extensos territorios de Antofagasta y Tarapacá que pertenecían a los Estados de Bolivia y Perú, y por el sur por los territorios —independientes hasta ese momento— de las naciones Mapuche, Kawésqar, Aonikenk y Selknam, se vienen suscitando una serie de discursos extremadamente potentes de diferencia esencial, de segregación, exterminio y desprecio frente a los vencidos que habitaban —y habitan— esos territorios colonizados y, asimismo, frente a los migrantes latinoamericanos que, por sus culturas y fenotipos, podían asimilarse a aquellos enemigos internos que se deseaba hacer desaparecer.

Las políticas racistas del Estado nacional chileno fueron sistemáticas y diversas, y se sintetizaban en esta idea de nación chilena, mestiza blanca, homogénea, centralista y diferente a esos otros latinoamericanos.

De tanto insistir en nuestra diferencia y nuestra homogeneidad, las generaciones que nos formamos en el siglo XX asumimos esas doctrinas como verdades, imaginamos una nación homogénea desde Arica a Punta Arenas, y miramos con ojos curiosos las múltiples diferencias locales y continentales, pero, en el fondo, ojos también racistas. ¿Cuál será el escenario en torno a este tema post elecciones? Será un escenario crítico en el cual no importará tanto quién esté en el gobierno —aunque un gobierno ultra siempre será un retroceso—, sino cómo estamos todas y todos imaginando un futuro otro.

(*) Licenciada y Magíster en Historia (UCh) y Doctora en Ciencias Humanas y Estudios Comparados (UACh). Investigadora y docente en la Pontificia Universidad Católica de Chile.

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