Lino Escuris vía diario El País

La crisis climática funciona como un amplificador de vulnerabilidades preexistentes. Ahí donde el acceso a la propiedad, al financiamiento o a la toma de decisiones ya era limitado, el estrés ambiental profundiza la brecha.

Por Camila Ahrendt

En muchas caletas y comunidades costeras de América Latina, las mujeres —ya sean buzas mariscadoras, recolectoras de algas o trabajadoras de pesca artesanal— han observado algo que no siempre se refleja en los debates internacionales: el cambio climático no solo altera ecosistemas, sino que reconfigura las vidas y los tejidos sociales de quienes dependen de esos territorios vivos.

Las discusiones técnicas sobre el cambio climático suelen girar en torno a grados Celsius, emisiones y compromisos internacionales. Sin embargo, hay una dimensión menos visibilizada: cómo estas transformaciones ambientales interactúan con estructuras sociales históricas, lo que exacerba las desigualdades preexistentes y afecta de manera diferenciada a distintos grupos humanos.

Organismos internacionales como el Panel Intergubernamental sobre Cambio Climático (IPCC), ONU Mujeres, la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO) y la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (CEPAL) han señalado de forma consistente que los impactos climáticos no se distribuyen de manera equitativa ni casual. En términos generales, el cambio climático actúa como un multiplicador de desigualdades: profundiza las brechas que ya existen en acceso a recursos, poder de decisión y oportunidades económicas.

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Un dato que ilumina esta realidad es la geografía misma de la población humana: a nivel mundial, cerca del 15% de todas las personas vive a menos de 10 kilómetros de la costa y casi el 30% lo hace dentro de los primeros 50 kilómetros. Es decir, miles de millones de personas habitan territorios donde los cambios en el océano —desde la variabilidad de las especies hasta la subida del nivel del mar o la intensificación de eventos extremos— tienen impactos directos sobre la vida cotidiana.

La dependencia de los recursos marinos y costeros no es un fenómeno marginal. Estos territorios concentran biodiversidad, actividad económica y modos de vida que han sido transmitidos por generaciones. En este contexto, las mujeres muchas veces se encuentran en la intersección de múltiples responsabilidades: participan en la recolección de recursos, procesan alimentos marinos, administran economías domésticas vinculadas a la pesca artesanal y sostienen redes de cuidado en sus comunidades.

Cuando el océano cambia —cuando varía la disponibilidad de recursos, cuando las marejadas se intensifican o cuando las especies se desplazan—, esos cambios no permanecen en el plano ecológico. Se traducen en jornadas más largas, ingresos más inciertos y una reorganización constante de la vida familiar y comunitaria.


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El cambio climático, en ese sentido, funciona como un amplificador de vulnerabilidades preexistentes. Ahí donde el acceso a la propiedad, al financiamiento o a la toma de decisiones ya era limitado, el estrés ambiental profundiza la brecha. No se trata de una condición biológica ni de una predisposición natural, sino del resultado de estructuras sociales que históricamente han distribuido de manera desigual las cargas productivas y de cuidado.

En zonas costeras, el desplazamiento climático no siempre implica cruzar una frontera internacional. A veces ocurre de manera más silenciosa: una familia que abandona la recolección de algas por la disminución del recurso, una buza mariscadora que debe cambiar de actividad ante la alteración de los bancos naturales, una comunidad que comienza a migrar hacia centros urbanos cercanos cuando el mar deja de sostener su economía local.

Sin embargo, el análisis no puede detenerse en la vulnerabilidad. En múltiples comunidades costeras de América Latina, las mujeres también lideran procesos de adaptación territorial: diversificación productiva, redes de cooperación comunitaria, transmisión de conocimientos ecológicos entre generaciones y prácticas de manejo sostenible que posibilitan los ecosistemas de los que dependen.

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En muchos casos, ese conocimiento territorial permanece fuera de los espacios donde se toman las decisiones. Sin embargo, quienes trabajan diariamente en el mar o en los bordes costeros suelen ser las primeras en detectar cambios sutiles en los ciclos ecológicos: variaciones en la presencia de especies, alteraciones en las mareas y cambios en los tiempos de reproducción o en la abundancia o desplazamiento de los de recursos. Este tipo de observaciones, acumuladas a lo largo de años de experiencia, constituyen una forma de conocimiento ecológico local que la literatura científica reconoce cada vez más para comprender y anticipar los impactos del cambio climático. Integrar estas miradas no es solo una cuestión de participación social, sino también de calidad en la información con la que se diseñan las respuestas climáticas.

Por ende, el desafío no es simplemente reconocer que el cambio climático afecta de manera diferenciada. Es incorporar esa comprensión en la arquitectura de las políticas climáticas y ambientales, desde la planificación costera hasta los espacios internacionales de gobernanza.

Porque hablar de cambio climático no puede ser únicamente una conversación técnica. También es una conversación social.


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El océano está cambiando y con él, las formas de habitar los territorios costeros. Comprender cómo esos cambios atraviesan la experiencia de las mujeres no es un gesto simbólico: más bien, es una condición para construir respuestas climáticas justas, eficaces y territorialmente coherentes.

El calentamiento global no es solo una crisis ambiental. Es también una prueba de coherencia social. Si algo han demostrado las comunidades costeras a lo largo del tiempo, es que la resiliencia no se impone desde arriba: se construye desde el mismo territorio.

Escribo estas líneas convencida de que no hay una política climática verdaderamente sólida si no se detiene a observar quiénes sostienen, día a día, los sistemas que decimos querer proteger.

Camila Ahrendt es bióloga marina, científica y gestora de proyectos de sostenibilidad. Ha colaborado como asesora en piezas audiovisuales nacionales e internacionales con National Geographic, Univisión, Canal 13 y otros medios. Desde 2017, escribe artículos sobre cultura medioambiental en la Revista Endémico | Síguela en Instagram

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