Tiago Muraro vía Unsplash

Aunque el mar regula el clima del planeta, su voz sigue ausente en la política global. La COP30, actualmente en desarrollo, es una oportunidad para situar al océano en el centro de las decisiones que definirán nuestro futuro común.

Por Camila Ahrendt

En el contexto de la COP30, que se está celebrando en Brasil, el foco global vuelve a centrarse en la mitigación del cambio climático desde una mirada predominantemente terrestre. Sin embargo, resulta urgente recordar que no existe equilibrio climático sin equilibrio oceánico. El océano no solo regula el clima, sino que lo sustenta: absorbe más del 90% del exceso de calor y cerca del 30% del CO₂ que genera la actividad humana. Aun así, su papel sigue siendo subrepresentado en las negociaciones internacionales.

Soy una bióloga marina chilena dedicada desde hace una década a investigar la salud de los cuerpos de agua y los contaminantes emergentes asociados al plástico, los hidrocarburos, los retardantes de llama y los compuestos orgánicos persistentes. Desde la ciencia, he tenido la oportunidad de participar en el desarrollo de políticas públicas, como la Ley 21.368 sobre plásticos de un solo uso, y en acuerdos público-privados para la protección de las aguas de la Patagonia norte. También en documentales nacionales e internacionales sobre la salud del océano. Esa experiencia demuestra que la ciencia puede —y debe— incidir en la toma de decisiones ambientales.

En materia oceánica, la acidificación, la sobrepesca y la pérdida de biodiversidad siguen siendo temas críticos que, pese a décadas de diagnósticos, continúan sin soluciones efectivas. La falta de mecanismos vinculantes, de financiamiento sostenido y de monitoreo global ha debilitado los avances.

A esto se suman nuevas amenazas emergentes que requieren atención prioritaria: la contaminación química invisible, los microplásticos y la pérdida de oxígeno en zonas costeras y de alta mar. Sustancias como los retardantes de llama, los hidrocarburos y los compuestos orgánicos persistentes se acumulan en los organismos y los sedimentos, afectando la cadena trófica y la salud humana. Estas presiones, sumadas a la expansión industrial hacia zonas marinas profundas, están empujando al océano más allá de su capacidad de resiliencia.


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En el ámbito internacional, existen dos marcos recientes que representan oportunidades concretas para revertir esta tendencia. El primero es el Tratado Global sobre Plásticos, actualmente en negociación bajo el Programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente (PNUMA), que busca restringir la producción y el uso de polímeros vírgenes, promover la economía circular y establecer medidas legalmente vinculantes para los Estados. Chile ha tenido un rol relevante en este proceso, aportando evidencia científica desde investigaciones locales sobre contaminación por microplásticos.

El segundo es el Tratado de Biodiversidad de Alta Mar (BBNJ, por sus siglas en inglés), adoptado en 2023, que permitirá crear áreas marinas protegidas fuera de las jurisdicciones nacionales. Su implementación efectiva será clave para garantizar la conectividad ecológica, los tiempos de descanso de las especies y la restauración de ecosistemas profundos.

Ambos tratados representan una oportunidad inédita para incorporar la ciencia oceánica en la arquitectura climática global, pero su éxito dependerá de su integración con los compromisos del Acuerdo de París y la Agenda 2030 para el Desarrollo Sostenible. El océano no puede seguir siendo tratado como un tema paralelo a la crisis climática. Necesitamos políticas coherentes, inversión en monitoreo marino y mecanismos de cumplimiento que aseguren resultados medibles y transparentes.

La COP30, al realizarse en Brasil, tiene la posibilidad de fortalecer la conexión entre la Amazonía y el Atlántico, integrando las soluciones terrestres y oceánicas en una misma narrativa de resiliencia. La ciencia ya lo ha demostrado: los ciclos del carbono, del agua y de la vida son indivisibles. Incorporar la dimensión oceánica en las decisiones climáticas no es una opción simbólica, sino una condición estructural para la estabilidad planetaria. Porque no podemos cuidar lo que no conocemos, ni conocer lo que no miramos.

Camila Ahrendt es bióloga marina, científica y gestora de proyectos de sostenibilidad. Ha colaborado como asesora en piezas audiovisuales nacionales e internacionales con National Geographic, Univisión, Canal 13 y otros medios. Desde 2017, escribe artículos sobre cultura medioambiental en la Revista Endémico | Síguela en Instagram

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