Si el cambio de mando es, además de un traspaso administrativo, una fábrica de sentido, el pre-mortem permite desarmar el relato antes de que se endurezca. No pregunta solo cómo será recordado un gobierno, sino qué partes de su legado resistirán el próximo ciclo.

Por Constanza Trujillo

Pre-mortem es un término acuñado por analogía, no una locución latina clásica. Combina el prefijo pre- («antes») con mortem («muerte»), tomado del latín por su parentesco con post mortem. En su uso contemporáneo, nombra un ejercicio ex ante: asumir que un proceso ya terminó para identificar qué factores explican su desenlace y qué puntos críticos suelen quedar fuera del relato. En política, sirve para ordenar la evaluación antes de que la ceremonia fije un guion de continuidad: qué queda como legado institucional, qué queda como promesa disputable y qué reformas quedan más expuestas a revisión cuando emergen nuevos actores con poder de veto.

La palabra mortem suena terminal, pero en política la «muerte» rara vez es biológica y casi nunca es total. ¿Qué muere, entonces, cuando hacemos un pre-mortem? Puede morir un relato (la versión oficial de lo que se intentó y lo que se logró); puede morir una carrera, cuando el ciclo se cierra y el capital político se redistribuye; puede morir un programa, cuando cambian las prioridades y lo que era urgente pasa a ser accesorio; o puede morir, más silenciosamente, una promesa, cuando sigue existiendo en los discursos pero deja de ordenar decisiones. El pre-mortem no romantiza el fracaso: usa la metáfora de la muerte para obligarnos a poner fecha de término a lo que normalmente se presenta como continuidad, y para distinguir entre lo que queda como institución, lo que queda como bandera y lo que queda como nostalgia.

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Si el cambio de mando es, además de un traspaso administrativo, una fábrica de sentido, el pre-mortem permite desarmar el relato antes de que se endurezca. Y una parte de ese relato consiste, precisamente, en presentar cada transición como si fuera una coyuntura sin precedentes. No pregunta solo cómo será recordado un gobierno, sino qué partes de su legado resistirán el próximo ciclo y cuáles quedarán como reformas vulnerables: por diseño institucional, por costo fiscal, por arquitectura de implementación o por el tipo de coalición que viene. La pregunta no es si habrá continuidad (siempre la hay, aunque sea por inercia), sino dónde se concentrará el impulso de revisión y qué se requiere para que ese impulso se convierta en política efectiva.

Conviene, sin embargo, desconfiar de la tentación de declarar excepcional toda coyuntura que se vive desde dentro. La política produce con facilidad esa ilusión: cada transición se experimenta como si condensara una novedad irrepetible. Pero no todas las alternancias tienen el mismo peso. Lo que vuelve especialmente significativo este cambio de gobierno no es una supuesta singularidad de época, sino la posibilidad concreta de regresión en políticas cuya consolidación institucional sigue siendo parcial. Allí la transición deja de ser solo un relevo de autoridades y se vuelve un momento de prueba para reformas que todavía pueden ser revisadas, acotadas o revertidas.


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Esa posibilidad de regresión obliga a mirar el cambio de mando en un registro menos retórico y más material. También obliga a corregir el espejismo de la excepcionalidad: lo importante no es que estemos ante un momento «único», sino que ciertas decisiones pueden alterar de manera tangible la trayectoria de políticas aún incompletamente sedimentadas. No se trata solo de identificar un relevo de élites o una sustitución de relatos, sino de examinar qué capacidades estatales, qué dispositivos de política pública y qué criterios de merecimiento logran atravesar la alternancia sin alterarse de manera sustantiva. Ahí se juega una parte decisiva del legado: no en la memoria declarativa de un gobierno, sino en la capacidad de ciertas reformas para seguir produciendo efectos cuando quienes las impulsaron ya no administran el Estado.

La regresión posible de ciertas políticas obliga, entonces, a pensar el término de un gobierno no solo como relevo, sino como umbral. Los gobiernos terminan, los relatos se desgastan, las carreras cambian de fase y los programas pierden centralidad. Pero la república permanece. Esa persistencia institucional es justamente lo que suele quedar oscurecido cuando se exagera la excepcionalidad del presente: se sobredimensiona la novedad del recambio y se pierde de vista que la política democrática funciona, en parte, porque combina alternancia con continuidad. El cambio de mando no es solo el cierre de un ciclo; es también la confirmación de una estructura institucional que sobrevive a quienes la administran.

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Quizás la metáfora de la muerte es, en política, deliberadamente exagerada: más que una muerte definitiva, lo que vemos es un tránsito, un desplazamiento del poder de unas manos a otras. Pero precisamente por eso el pre-mortem resulta útil: no para declarar que todo termina, sino para identificar qué parte de lo hecho logra sobrevivir al recambio y qué parte queda expuesta a la regresión. No toda alternancia altera de la misma manera el campo de políticas disponibles; algunas solo reordenan prioridades, mientras otras abren la posibilidad de deshacer avances todavía frágiles.

Visto así, el pre-mortem no es un ejercicio de pesimismo, sino de perspectiva. Permite observar el cambio de mando sin la ilusión de que todo comienza de nuevo ni la tentación de creer que nada termina. Algo efectivamente muere: un ciclo político, una jerarquía de prioridades, una forma de narrar lo que se hizo. Pero algo también nace: nuevas interpretaciones del mandato, nuevas coaliciones de sentido y nuevas formas de ordenar la agenda pública. Entre ambas cosas permanece la república, esa continuidad institucional que hace posible que el poder cambie de manos sin que el sistema se rompa. El pre-mortem, en ese contexto, no busca dictar el epitafio de un gobierno, sino entender qué parte de su vida política seguirá actuando cuando ya no esté en el poder y qué parte, en cambio, podría entrar en una secuencia de retroceso. Y también sirve para eso otro: para no confundir la intensidad con que se vive una coyuntura con su verdadera singularidad histórica.

Constanza Trujillo es cientista política con formación en Data Science para Ciencias Sociales por la Universidad Diego Portales. Se desempeña como especialista en prospectiva en Duoc UC, donde impulsa estudios aplicados en educación superior | Síguela en Instagram

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