En la previa de su concierto en Espacio Diana, Aníbal Bley —líder de la banda— habla aquí sobre la búsqueda creativa del proyecto musical, cuya forma de trabajo ha transitado, en sus palabras, “desde la abstracción y el caos hacia el orden”.

Por Matías Saa

Este sábado 25 de abril, a las 19:00 horas, Espacio Diana presenta un concierto doble con Lavina Yelb y Mariapepinos. Aníbal Bley, líder de Lavina Yelb, dice en la antesala del evento: «Nunca se sabe lo que la música provoca en la gente. Eso es lo interesante».

Este concierto es el primer paso público de Platonos, una nueva plataforma que busca ofrecer experiencias sonoras diferentes. Además de la música en vivo, se busca fomentar el encuentro y vitalizar un espacio con historia en el Barrio San Diego.

Platonos nació en 2026 como una iniciativa para crear conciertos, performances e instalaciones donde la música se combine con lo visual y escénico. En lugar de encasillarse en una escena específica, lo que sus organizadores buscan es abrir un espacio para propuestas que no siempre tienen lugar en el circuito comercial.

En este contexto surgió Lavina Yelb, un proyecto activo desde 2006 que ha ido avanzando sin mucha visibilidad, pero sí con una constancia envidiable. Su evolución no ha sido lineal; han habido muchos cambios en su enfoque de trabajo, como por ejemplo el cambio de solista a banda, del ruido a la melodía, de un estilo caótico a una organización más clara. No se trata de una historia épica, sino de tiempo, perseverancia y una fuerte conexión con la composición.

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Cuando Aníbal Bley habla sobre estos años de cambios, no menciona discos ni logros, sino que habla de los procesos de trabajo: la edad, los intereses, el aprendizaje técnico y la experiencia de tocar en vivo, todo lo cual ha transformado su forma de trabajar. Si se pudiera resumir en una imagen, sería un paso de la abstracción hacia un orden, sin dejar de lado lo experimental, que lo reorganiza. «Como todo en la vida, desde 2006 ha cambiado en muchos sentidos, por muchas razones. Por la edad, los intereses, el manejo de las herramientas; tocar en vivo, armar la banda, además de un pequeño avance en conocimientos musicales. Todo eso y más ha influido en mi manera de trabajar. Pero, en general, creo que ha cambiado desde la abstracción y el caos hacia el orden», explica.

Ese cambio se hizo más evidente desde 2018, cuando el proyecto solista se convirtió en una banda. No es por una búsqueda de épica grupal, dice, sino por una necesidad práctica: mejorar la experiencia en vivo. Antes, la música no tenía una representación clara en el escenario. Ahora, sí. Con la banda, el sonido se enriquece y se deben considerar otros cuerpos y ritmos. Al preguntarle qué lo llevó a este cambio, Aníbal Bley responde: «La necesidad de variar el show en vivo. Antes, ni siquiera era un show».

Aquí se presenta una relación constante entre lo humano y lo mecánico. Muchas composiciones se crean en el computador, donde todo funciona perfectamente. Luego, pasan por los músicos, que intentan lograr esa precisión: «Probablemente, la idea de precisión viene del hecho de que una de las etapas de la composición es crear los arreglos con un computador que no se equivoca, no se cansa ni pestañea. Luego, la precisión la tienen que dar los intérpretes para estar al nivel del robot».

De todos modos, reducir su música a ese contraste sería quedarse cortísimo, porque también hay un cambio en la manera de construir esta música. En los primeros años, las piezas podían surgir desde fragmentos aislados, una textura o un ritmo, siguiendo una lógica cercana al collage. En trabajos más recientes, la melodía adquiere mayor protagonismo. Las composiciones se sostienen por sí mismas, aunque el carácter fragmentario no desaparece; solo se desplaza. Ahora, el collage ocurre entre canciones.

Portada del disco Otra vez otra (2018), de Lavina Yelb

«La construcción de los temas es diferente en cada caso. En temas antiguos, podía pasar que se construyeran a partir de un ritmo, comenzar con una melodía, o incluso que un ruido o un sonido particular haciera surgir todo lo demás. Últimamente, los temas comienzan casi siempre por la melodía y el resto de los sonidos solo aparecen cuando ‘se necesitan’. En los temas nuevos, no hay tanto collage de sonidos, pero hay más collage de composiciones».

Esa búsqueda se mezcla con cierta ambigüedad en la forma en que se recibe su música. Algunos oyentes perciben humor, aunque Aníbal no lo reconoce del todo: «No sé cuál es la parte humorística de esta música». No parece interesado en definir significados. Más bien, afirma que no se puede controlar lo que la música provoca en el oyente. Así, la obra queda abierta, incluso para quien la creó.

Hay cruces evidentes, como el que tiene con Mariapepinos, con quien comparte esta fecha. Aníbal identifica afinidades en el uso de teclados y en una exploración instrumental sin voces. Sin embargo, evita encasillar la coincidencia en una interpretación clara. Para él, no hay una razón específica; simplemente, ocurre de manera natural:

«Hay un cruce muy profundo y personal, porque es una amiga de hace tiempo, con quien hemos compartido muchas fechas. Probablemente, coincidimos en el hecho de presentar piezas instrumentales basadas en teclado y descartar vocalistas. Ah, y ojo que no compartimos fecha por ser amigos. Cada quien fue convocado por separado, por vaya a saber uno qué razones».

Después de tantos años, la pregunta sobre por qué hace música surge de manera natural. Y su respuesta es que no hay razones para dejar de hacerlo. Para él, la música no es un gran llamado, sino una práctica que sigue fluyendo y transformándose. Quizás por eso, cuando se menciona el futuro, surge una idea concreta y un poco inesperada: si hay algo que no ha hecho y que le gustaría hacer es Lavina Yelb Sinfónico.

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