
Por Nicolás Lazo Jerez
Te transpiran partes del cuerpo que ni siquiera sabías que existían. Caminar por la calle y viajar en metro se han vuelto actividades tan indeseables que, con tal de evitarlas, alteras tu rutina. Por la noche, a menos que dispongas de una ayuda psicotrópica, conciliar el sueño parece una tarea cuesta arriba. No importa desde dónde lees esto: cada año, el calor estival resulta más insoportable.
Se trata, sabemos, de un fenómeno objetivo. La Organización Meteorológica Mundial ha venido advirtiendo que los veranos más recientes son, de hecho, los más calurosos de la historia desde que se iniciaron las mediciones, y que no hay motivos convincentes para suponer que esta tendencia va a detenerse, ni mucho menos volver atrás. El mundo hierve a fuego lento.
| Gracias por leer Artefacto. Suscríbete al canal en WhatsApp y recibe gratis todo nuestro contenido directamente en tu teléfono |
Por lo mismo, las consecuencias del calentamiento global superan ampliamente la mera sensación térmica. La crisis climática está arrasando con los cultivos, la infraestructura vegetal, la salud oceánica, la vida de los animales y, en suma, todo aquello que llamamos ecosistema. Esto también lo sabemos de sobra. Y, sin embargo, algo luce decididamente mal si juzgamos la reacción, o la falta de la misma, por parte de nuestros líderes mundiales.
Quienes gobiernan países petrogasíferos, con Estados Unidos y Arabia Saudita a la cabeza, bloquean implacablemente cualquier esfuerzo concreto por reducir la explotación de recursos altos en emisiones contaminantes. Ejércitos de lobbistas, a la orden de las industrias tóxicas, defienden lo indefendible y compran voluntades políticas. La Conferencia de las Partes, la COP, devino una junta de fin de año repleta de declaraciones bienintencionadas escasamente vinculantes: demasiado ruido para tan pocas nueces. Sin ir más lejos, una parte del entorno del presidente electo chileno adhiere con más o menos pudor al negacionismo climático.
Podría interesarte | [Editorial] Inmadurez

Detrás de tamaña irresponsabilidad está la ambición económica, vale decir, otro rostro posible del inconmensurable egoísmo humano. Pero también hay algo más: la dificultad —por ignorancia, imbecilidad, indiferencia y/o miedo— de reconocerse como víctima sin salida del daño ambiental. No es solo la falta de solidaridad entre “desarrollados” y “emergentes”, entre ricos y pobres, entre los de hoy y los del futuro. Como la rana en la olla de la archiconocida fábula, asistimos medio vivos y en directo al proceso de nuestra propia aniquilación.
Quién sabe si un día de estos una leve brisa nos espabila y obliga de nuevo a levantarnos a todos: a las activistas escandinavas, a los influencers de última hora, a las incontables oenegés ambientales, a los millones de desplazados climáticos y a quienes, incluso, escribimos sobre el asunto más o menos cómodamente. Entonces el mundo sí va a arder como nunca.

Nicolás Lazo Jerez es licenciado en Literatura, diplomado en Relaciones Internacionales y magíster en Periodismo. Es el editor general de Artefacto | Síguelo en Instagram
Sigue a Artefacto en WhatsApp, Medium, Instagram, Threads, LinkedIn, Tumblr, Telegram, X, Bluesky y TikTok

Deja un comentario