
Por Nicolás Lazo Jerez
Ambos alcanzaron el poder por una vía más o menos democrática y, una vez en la cumbre, se dedicaron a erosionar las instituciones para alinearlas con sus intereses. Ninguno es respetuoso de los resultados electorales: mientras uno de ellos se robó las elecciones en 2024, el otro afirma, sin aportar pruebas, que le robaron unos comicios en 2020. Ambos combinan el autoritarismo con el desparpajo, la grosería y la imbecilidad a un nivel que resulta vergonzante para buena parte de la población de sus respectivos países.
Nicolás Maduro y Donald Trump se parecen entre sí mucho más de lo que estarían dispuestos a admitir en público. Esto se debe a que, en el fondo, no ocupan dos extremos opuestos en el espectro ideológico, sino que comparten una concepción del poder como un fin en sí mismo, un bien sobradamente merecido porque ellos son, a su juicio, quienes lo ejercen mejor que nadie. Sin embargo, hay una diferencia evidente: el republicano gobierna uno de los países más ricos del mundo y funge como comandante en jefe de la principal potencia militar.
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En una acción que transgredió tanto las leyes estadounidenses como las normas del derecho internacional, el sábado tropas estadounidenses sobrevolaron en aviones y helicópteros zonas urbanas de Venezuela, bombardearon bases militares de ese país y capturaron a Nicolás Maduro, quien comparecerá ante la justicia en Nueva York, acusado de liderar una organización «narcoterrorista» ―una amalgama conceptual al menos discutible― que pondría en peligro la seguridad nacional norteamericana. Para Trump, némesis y a la vez aprendiz del dictador Maduro, un triunfo absoluto por donde se le mire. Para el mundo, acaso el último clavo en el ataúd de un sistema internacional guiado por reglas comunes.
Por motivos disímiles, o quizás no tanto, Nicolás Maduro y Donald Trump han demostrado no ser dignos de los cargos que los elevaron a la primera línea de sus naciones. El tirano caribeño y el emperador de facto estadounidense no reúnen la mínima madurez moral e intelectual necesarias para el lugar que, se quiera o no, tienen en la historia reciente de la región. Tampoco creen en la madurez de sus ciudadanos; de ahí el impulso de estos autócratas por imponer su voluntad y, en el caso de Trump, por tutelar el destino de otro país soberano. Aún peor: este último lleva la voz cantante por la sencilla razón de que es más fuerte.
Permítaseme un chilenismo: estamos hasta el loly.

Nicolás Lazo Jerez es licenciado en Literatura, diplomado en Relaciones Internacionales y magíster en Periodismo. Es el editor general de Artefacto | Síguelo en Instagram
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