
El libro de Juan Luis Salinas «está escrito con sobriedad y elegancia, aunque retrate la ferocidad de un mundo de presas y depredadores», dice Oscar Contardo. A continuación, el texto que el periodista leyó durante el lanzamiento de El cabrito el 19 de noviembre en La Casa Pollera.
Por Oscar Contardo
A veces, para ciertas personas en determinadas circunstancias, es difícil cargar con ese niño que todos alguna vez fuimos. Llevarlo de paseo, mirarlo de frente, tomar distancia de él o, simplemente, acompañarlo para contemplarlo en esas rutinas que ya no son las propias, y buscar en esa observación atenta a sus movimientos y su mirada una explicación que nos ilumine el presente adulto.
No es una dificultad general, sino un rasgo recesivo que comparten en silencio quienes se apartan del lugar común que se convoca en las conversaciones triviales sobre infancias luminosas y colmadas de aventuras de verano, golosinas pegajosas y travesuras cómicas detalladas por padres ahora ancianos. Apartarse de ese cuadro establecido, hablar de otro tipo de infancia, suele provocar incomodidad, arruinar la conversación de cortesía, porque no es lo que se espera. Es entonces cuando ese niño que alguna vez fuimos vuelve a ser la criatura incómoda que tempranamente aprendió que la crueldad es un rasgo dominante en la naturaleza humana, que para estar a salvo hay que deslizarse con astucia, esa clase de niño que entendió que para sobrevivir es necesario permanecer en estado de alerta. No es fácil escribir sobre la propia infancia cuando es un puñal que se lleva atravesado en la garganta.
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El cabrito es un libro sobre ese tipo de infancia, un relato sobre un niño amanerado al cuidado de un matrimonio envejecido en un pueblo nortino en plena dictadura. Un paisaje reseco, abandonado, literal y metafóricamente. El narrador de El cabrito toma distancia. Es una voz creada expresamente para contarnos la infancia en provincia de un hombre. En ese sentido, este libro no es una memoria, porque no hay una primera persona recordando, sino un narrador que alternadamente da cuenta de la historia del niño y la del hombre a quien le encargan escribir sobre ese pasado.
El narrador cumple la función de una cámara que los pone a ambos —
—el niño y el hombre— en escena, los escolta, se aproxima para mostrarlos en detalle, se aleja para situarlos en contexto; el narrador como un pequeño dios que lee sus pensamientos escarba en sus recuerdos y compone una historia de una rudeza sorda y árida de un modo delicado y preciso. El narrador, el niño y el hombre parecen ser uno, pero no lo son. Es una trinidad que existe en tiempos diferentes —un presente continuo, un pasado que se escabulle
— unida por la misión encomendada: una historia personal de la vida en provincia.
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«No te olvides de que pese a todo ahí fuiste feliz”, se repite el hombre, según nos cuenta el narrador, estableciendo una especie de alerta a sí mismo: un límite fabricado de decoro y respeto por los testigos de ese pasado. El hombre se toma en serio el encargo y viaja al pueblo de origen para constatar algunos hechos de sus recuerdos sobre los que duda. Por ejemplo, cuándo, cómo y por qué su madre decidió dejarlo al cuidado de un matrimonio mayor del pueblo y volver a Santiago. Un hecho fundamental que marcó el destino del niño y del hombre.
El narrador cuenta cómo el hombre intenta chequear recuerdos vagos, fijar el destino de personajes que a estas alturas tenían la consistencia de una leyenda y describir el espacio geográfico y administrativo en el que se desarrollan los hechos, mientras tanto nos detalla los vínculos familiares del niño y el hombre, parentescos que son a veces fantasmales y en otras ocasiones ensamblajes que deben ser ajustados por la costumbre: un padre del que poco se sabe, una madre que lo deja en el pueblo para retornar a la ciudad, dos cuidadores a los que el niño llama abuelos, pero que en realidad son sus tíos, una mujer que cumple el rol de hermana mayor y una hermana de sangre a la que ve como una extraña.
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El cabrito está escrito con sobriedad y elegancia, aunque retrate la ferocidad de un mundo de presas y depredadores bajo un sol que lo invade todo como una divinidad mayor y despiadada que nunca parece estar del lado de los débiles. Sus personajes tienen la dignidad de quien consagra su vida al deber de hacer lo correcto: un hombre ya viejo al que la comunidad mantiene en el estatus de paria por su pensamiento político, una mujer que cría hijos ajenos porque es lo que corresponde hacer, un niño que busca la belleza que no conoce en viejas revistas de moda que lo acompañan como una promesa que algún día se cumplirá. El cariño es un hilo de agua entre las piedras, un gesto, un silencio, la caminata entre los cerros del viejo con su nieto postizo visitando los vecinos aún menos afortunados, la mujer que intenta matricular al niño en una escuela del pueblo vecino a toda costa porque está convencida de que será la mejor estrategia para que él logre una vida mejor, la madre que se las arregla para mandar encomiendas y dinero al niño que no verá crecer.
El cabrito es un viaje rudo hacia el país de la dictadura y un cuadro vivo sobre el daño, la humillación y las dificultades de mantener la dignidad cuando toca jugar de presa en un mundo colmado de bestias. Es también un libro sobre una forma de vida: el pueblo despoblado de varones en el que las mujeres se hacen cargo de los niños; el de un vecindario a veces hostil y a veces solidario que compensa el aburrimiento con el comidillo sobre vidas ajenas; el de un mundo de cerros coronados con cruces y depredadores en moto. Un universo cerrado del que sabríamos muy poco, o derechamente nada, si no fuera porque alguien decidió volver sobre sus recuerdos, encontrarse con viejos vecinos, hacer memoria, recomponer los vacíos biográficos, constatar habladurías de otra época y hacerle una visita al niño que alguna vez fue para pedirle que lo guiara en este viaje de retorno.
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El cabrito es, además, el libro de un amigo, la mayor parte del tiempo alguien insoportable, insufrible en el trato habitual, con quien mantengo una colección de fabulosas discusiones acaloradas sobre asuntos tales como la real contribución de Pizzicato Five en la escena del pop de los noventa, o la importancia del entorno político en los diseños de Balenciaga. El autor es terco, aun cuando sus argumentos sean débiles, y supera el nivel de lo tolerable en ocasiones estelares, pero cuando escribe parece cobrar otra consistencia, arrojar en sus textos una luz diferente a la habitual, bajar las defensas, abandonarse a los ojos de ese niño, y transformar los dolores pasados en literatura y las cicatrices en una forma de arte.
El cabrito es un espléndido ejemplo de esa milagrosa metamorfosis.

Oscar Contardo es periodista y escritor
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