
Hay un ruido constante desde el 11 de marzo que atormenta la paz mental. Habitamos una realidad que se siente como un feudo y en la que el poder se ejerce desde lo alto, avasallando y repartiendo favores entre unos pocos mientras el resto sobrevive a su sombra.
Por Cin González Leyton
Recuerdo la época de la pandemia por el Covid-19. Me dio con apenas una vacuna, así que me pegó fuerte y, además, me pilló sin comida. Vivía sola y estaba experimentando un virus que, según las cifras que mostraban a diario por televisión, se llevaba la vida de miles de personas en todo el mundo. Durante 11 eternos días atravesé por una incertidumbre que no se compara con nada que hubiera vivido antes. Me cuestioné mi propia existencia y consideré la posibilidad real de ser un punto más en los números de la tele. La soledad, el desamparo y el terror fueron aún más fuertes que los síntomas de la enfermedad. Pero fueron 11 días. Solo 11 días.
Hoy, a mediados de mayo de 2026, siento una vez más los miedos y angustias que acabo de describir. Pero esta vez no es un virus. Me animo a escribir sobre esto, porque no soy la única. Lo he conversado en diferentes círculos con los que me relaciono y la sensación es similar, o peor. Hay un malestar colectivo: estamos apesadumbrados, horrorizados, consternados, abatidos. Y, en ese mismo malestar, hay cansancio y desgano; una forma de seguir funcionando sin estar realmente, en esos intentos por no mirar el celular, por no ver noticias, por llenarse de distracciones con tal de apagar la mente, aunque sea por un momento, sabiendo que al otro lado nada cambia.
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Hay un ruido constante desde el 11 de marzo que atormenta la paz mental. Desde entonces, no se puede despertar feliz, porque ¿cómo estarlo? Fui testigo de la construcción de un plan perverso y meticuloso para llegar a ocupar la presidencia. Fue un trabajo muy bien ejecutado. Hoy habitamos una realidad que se siente como un feudo, en la que el poder se ejerce desde lo alto, avasallando y repartiendo favores entre unos pocos mientras el resto sobrevive a su sombra: derribando programas sociales, retrocediendo en políticas públicas, estrechando derechos que costaron décadas en construirse, debilitando la educación pública, desmantelando espacios de participación, normalizando discursos que antes parecían inaceptables y subiéndonos el costo de la vida, pero haciendo todo lo posible por blindar beneficios para unos pocos. Lo evidente dejó de importar y la ficción se volvió creíble. Ese entramado, cuidadosamente sostenido en el tiempo, terminó por ganar.
Lo peor es que hablo desde un lugar donde no entiendo del todo cómo funciona esto. No sé qué se mueve detrás, ni cómo se sostienen estas decisiones, ni quiénes las empujan. Hay algo opaco, difícil de nombrar, que igualmente se siente en lo concreto: en lo que cambia, en lo que se pierde, en lo que empieza a doler. Aun así, hay certezas imposibles de ignorar. La clase trabajadora se identificó con una persona totalmente ajena y la eligió. No es que esa persona ahora se haya olvidado de «su gente»; es que solo necesitaba conquistar el voto. No hay vocación de servicio, sino ostentación de poder y la administración del país como si fuera un premio para unos pocos.
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Ser testigo de esta trama me hace sentir enferma. Los síntomas se acumulan y empeoran día a día, pero no hay diagnóstico, ni mucho menos tratamiento. Me acongoja saber que no existen remedios para atravesar este momento y que la espera será larga. La saturación de malas noticias se transforma en un peso constante que no da tregua. Me asusta el país en el que nos estamos convirtiendo y cómo se desarrollarán las cosas dentro de estos cuatro años. Qué será de la naturaleza, del mar, de los bosques, de las tierras raras, de los animales, de todo lo que se explota sin medida. Qué irá a ocurrir con las minorías, con las mujeres, con los niños, con los adultos mayores. Cuánto van a retroceder los pocos beneficios sociales en salud, educación, transporte y vivienda. Cómo nos van a seguir mintiendo. Qué otras cosas van a inventar para justificar sus acciones. Cuánta gente va a hacer la vista gorda. Cuánta indiferencia habrá en quienes no sienten este golpe en carne propia.
Hoy, a mediados de mayo de 2026, quedan 1398 días para que ¿acabe? esta enfermedad llamada José Antonio. Esta vez no hay aislamiento, no hay reposo, no hay cura. Y nadie parece querer curarla.

Cin González Leyton es licenciada en Educación, diplomada en Mediación Lectora y máster en Edición de Libros. Escribe sobre completos y hace dibujos emo
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