Por Camila Hormazábal

La imagen de la ventana como el punto que conecta el mundo interior con el afuera; un espacio de contemplación que, no obstante, pierde cada vez más su sentido al ser considerada como una actividad inútil, nada funcional. Y es que la observación no forma parte del cotidiano, así como el canto de las aves se hace cada vez menos notorio al clamor de una ciudad que grita hasta el aturdimiento.

Pájaros desde mi ventana (Alquimia Ediciones, 2018) es el nombre del último libro de la poeta chilena Elvira Hernández, a través del cual se extiende una invitación a detener la marcha vertiginosa, observar y prestar atención al merodeo cada vez más escaso de las aves, que son la vida, el pasado, el futuro.

A la manera de un diario, el poemario atraviesa desde el año 2012 al 2018. Seis años de vuelos, migraciones estacionarias y una serie de transformaciones que, tal como señala su hablante, “nos tienen por el cuello”. Porque este libro, pese a sugerir un estado pasivo en su título, es una reflexión crítica acerca de la modernidad, la pérdida de arraigo y la enajenación sistemática que la tecnología ha propiciado de forma cada vez más evidente. Como un acto reivindicativo, Hernández mira el cielo, aguza el oído e instala, mediante imágenes sutiles y una aguda mordacidad, un cuestionamiento sobre la libertad, asediada por infinitos estímulos que la cercan.

A ratos apocalíptica, mas no del todo desesperanzadora, la voz de Pájaros desde mi ventana expresa inquietudes que exceden el plano de lo íntimo: “La poesía no es temática. / La poesía habla de todo al mismo tiempo”. De esta forma, Hernández lleva a cabo el acto político de interpretar la realidad sin evasión, situándose no solo en diversos espacios —Guadalajara, Villahermosa, Lebu, Valdivia—, sino también haciéndose cargo de su contexto, lo cual da sentido a la organización temporal de la obra y permite establecer vínculos que otorgan nitidez a las imágenes que la poeta construye.

Hernández transita, abre nuevas ventanas que miran hacia la incertidumbre, que pareciera instalada en distintos niveles. Y allí están los pájaros. Los pájaros cruzan el cielo y se desvanecen. Los pájaros vienen desde el ayer, despiertan reminiscencias de un tiempo distinto —recreado en el poema «A ver, miremos el pajarito»—, evocan una libertad que hoy pareciera controlada por pájaros-drones y de la cual se debería desconfiar: “En mi vejez creo que // los pájaros-drones son el mal absoluto”. Los pájaros son fantasmas que ayer fueron un paraíso y: “Volaron junto a ellos // los mil y un árboles distintos / que le daban vida”. La mirada es denuncia, es constatación de la devastación, que también corre el riesgo de ser olvido: “Puertas adentro // se abrirán los ojos // para nada”.

“Mientras más vieja me vuelvo // más pajarito nuevo me hago”, expresa el poema «Paradoja», y es justamente este sentir el que permea gran parte del poemario. La capacidad de asombro se vuelve un gesto de rebeldía ante la velocidad y la evanescencia, dos características que definen a esta época y moldean la alienación de la cual todos pareciéramos ser víctimas. Pájaros desde mi ventana cristaliza la preocupación de Hernández por hacerse cargo de su contexto y, desde allí, enfrentar las vicisitudes de una modernidad altamente agresiva. De esta manera, nuevamente la violencia aparece como una de las preocupaciones centrales de la autora y alinea el poemario junto al resto de su trayectoria poética, consagrándola una vez más como una de las voces más lúcidas de la poesía nacional.

El canto de los pájaros se atomiza en medio de los edificios, en esos pasillos sordos en los que el viento corre y traslada el ruido que amenaza con desorientar, pero resiste. El canto resiste y en Pájaros desde mi ventana podemos oírlo. A través de una percepción minuciosa de esa persistencia es que Elvira Hernández abre de par en par los visillos de la ventana para distinguir la vida en medio de lo aparente, visualizar aquello que sobrevuela y, en definitiva, a entregarse a la sorpresa como una manera de pensar la libertad, lejos de los dispositivos que la encubren y la disfrazan de artificio.

Camila Hormazábal es licenciada en Lengua y Literatura Hispánicas, mención Literatura, y profesora de Castellano por la Universidad de Chile, además de Diplomada en Edición y Publicaciones de la Pontificia Universidad Católica de Chile. Se describe como una entusiasta espectadora de teatro | Síguela en Instagram

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