
En esta entrevista, el realizador habla sobre el proceso de filmación del documental y sus dificultades al mostrar la ola de migración irregular desde ambos lados de la moneda. Sin embargo, dice, la obra tiene un fin claro: abrir la discusión y crear espacios de encuentro que generen conciencia crítica ante el fenómeno.
Por Nicolás Villagra
Era septiembre de 2021. Aún había restricciones por la pandemia del Covid-19. En el norte de Chile, en Iquique, ocurrió un hecho que remeció a gran parte del país: más de tres mil personas salieron a las calles de esa ciudad para marchar contra la migración irregular. La marcha generó polémica, pero no solo por el total de personas que participaron en ella, sino porque la manifestación terminó en violencia hacia un grupo de migrantes venezolanos que vivía en el sector, con quemas de carpas, ropas, colchones y hasta un coche de guagua.
Al ver esta situación, Amilcar Infante y Sebastián González, directores del documental Si vas para Chile, tomaron la decisión de mostrar, de la forma más real posible, la inmigración irregular en el país, además de la realidad de los chilenos que viven en la zona más afectada por el fenómeno.

Amilcar Films / Pejeperro Films / Someday Productions
—Al ver esas imágenes y los videos que iban llegando de aquella marcha, tomamos la determinación de ir a explorar lo que estaba pasando, porque esta era una situación nunca antes vista, con ese nivel de violencia en contra de los migrantes —explica González.
El director comenta que la filmación duró alrededor de tres meses, dividida en dos periodos: uno exploratorio, donde se realizó una especie de marco teórico; y el segundo, más enfocado en la atmósfera y en remarcar la historia de un viaje. O varios viajes, como se muestra en la cinta.
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—Una cosa es grabar y otra es editar —afirma—: Darle sentido a todo esto que realizamos, a todas estas relaciones que establecimos con las personas de allá, quienes nos abrieron sus casas, quienes contaron sus historias.
—La película dura solamente 63 minutos. ¿Quedó mucho material fuera del corte final?
—Sí. Teníamos unas 60 horas de material, más o menos. Hubo muchísimas líneas temáticas que dejamos fuera: las conexiones con unos temas de las salitreras, otras con unos esclavos chinos. En el montaje nos fuimos dando cuenta de que esas historias no tenían una relación tan directa con el tema, porque, al final, queríamos retratar la migración y la lucha entre los pueblos.

«De igual manera, hubo testimonios que dolió sacar del corte. Hay algo complejo en el montaje, que nos da tantas posibilidades de contar historias y de transmitir la atmósfera que queremos. Fue un proceso muy intenso de verla muchas veces y probar muchas cosas hasta que quedó.
—Tras las muchas entrevistas que realizaron, ¿cuál es el límite que se puede mostrar? ¿Cuántas personas quieren hablar sin mostrar quienes son?
—Bastantes. Hubo muchos casos en que gente no quería mostrarse, como la muchacha que habla sobre cómo es discriminada en el Hospital de Alto Hospicio y que por eso ella pierde a su bebé. No quería ser filmada, pero, finalmente, logró darnos su testimonio. Por otro lado, tenemos la historia de Erika, la madre a la que, estando en Chile, le matan su hijo en Venezuela. Ella sí quiso ser filmada, para hacer un tipo de denuncia. Igual hay todo un tema con el anonimato, sobre todo con los entrevistados, porque no se puntualiza la identidad de nadie directamente o de ningún paisaje como para que sea más universal.

«Además, hubo una decisión en el montaje, que fue sacar a todas las autoridades del documental. Nosotros teníamos entrevistas con alcaldes, con militares fronterizos, con la policía de Colchane, etcétera. Y hay una forma en el discurso de la autoridad como muy genérica, muy de político, ¿no? Algo muy plástico, que no es genuino. Entonces, encontramos que el relato más coherente pasaba por el pueblo, donde sea que esté: sea un camionero, un vecino o un profesor. Pero gente de a pie, que vive en el lugar, que vivió el hecho. (En lugar de) dar un discurso desde una posición vertical, es decir: así lo vivió y así lo sintió la señora que acoge migrantes y a la que luego le roban, o el migrante discriminado que se devuelve a Perú».
—En el documental se tiene una mirada según la cual migrar es un derecho humano. ¿Crees que Chile es un país xenófobo?
—Es compleja la pregunta. Creo que Chile es un país muy influenciable hoy en día. Lo que se ve, y es muy claro, es un fuerte rol de los medios masivos de comunicación y de ciertos mensajes cargados con negatividad, con miedo, con criminalización, con la instrumentalización de ciertos temas que han tenido mucho eco. Esto también se nutre de la saturación de la información: el problema no es el acceso a la información, sino la saturación de información falsa. Se ha mostrado lo sensible que es la sociedad a la propaganda: herramientas políticas de repetir un hecho con un foco y una intención. Eso genera un eco, un impacto en la gente de una manera muy burda.
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«Hay algo que te llama como a una predisposición con el otro. No sé si es xenofobia, pero hay algo. Algo que te llama a una hostilidad cuando el otro tiene ciertas características. Si el migrante es alemán o rubio, blanco, no hay ningún problema. El tema es cuando es moreno, cuando es pobre, cuando tiene características distintas. Pero tengo fe en que, cuando la gente logra tener sus propias experiencias, estas ideas se caen».
González asegura que lo que buscan con el documental es «sensibilizar en torno a todo lo que está pasando, que es justamente lo que no se hace en los medios de comunicación hoy día, donde se nos desensibiliza. Es ver una noticia repetida tras otra, lo que genera una indignación y como una banalidad de los actos de los migrantes».

—Durante la cinta, se comenta un sinfín de desinformaciones: que los extranjeros trafican órganos, que los jesuitas mueven a los migrantes, que todo es culpa de la ONU. ¿Esta película es también un golpe de realidad?
—Las personas entran en una especie de fantasía de hacer al migrante parte como de algo maligno, de atribuirle todos los males, todos los problemas que aquejan a la sociedad. Eso no es algo nuevo. Hay todo un tema de dividir a la gente, de buscar un enemigo. O esta cosa de dividir para gobernar.
—Entonces, ¿qué pasa ahora con las personas que esperaban con ansias una zanja en el norte?
Hoy se empieza a constatar que muchas de estas soluciones, que parecen la salvación, con este gobierno de extrema derecha no funcionan. Además, está la percepción del crimen, de la violencia y de la inseguridad en Chile en relación con las cifras reales, donde hay una diferencia enorme. Eso está estudiado: somos de los países con más miedo en relación a lo que realmente está pasando, lo que no quita que haya víctimas, que haya asesinados o secuestrados. Pero acá hay un fin político, una manipulación y una instrumentalización. En el proceso, se ocupan estas herramientas para llegar al poder o
para mantener cierta idea en la población. Se crea un mundo muy violento donde todos pagamos el precio.
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«La clase política solo busca beneficiarse, porque te meten constantemente miedo, violencia, enemistad y hostilidad. Eso hace que pasen cosas como el caso de Milton Domínguez, un migrante colombiano en Iquique que en una noche de borracho lo mataron a palos cuatro marinos en una esquina de Iquique, sin ningún tipo de agresión. Era un migrante que estaba en esa esquina. Todo el mundo lo conocía. Lo mataron a palos, a sangre fría. Hoy nadie habla de eso. Nadie se acuerda de ese caso».
Esta película busca que la gente despierte, que diga: ‘Quizás no todo es blanco y negro’. Que hay que mirar las cosas con pensamiento crítico».

—¿Qué es lo que buscaban entregar con esta película?
—El sentido de esta obra era, básicamente, abrir la discusión, generar espacios de encuentro, de tener un pensamiento más crítico en torno a toda la instrumentalización que hay con la migración. Es dar un abrazo a aquellas personas que se sienten solas y mostrar una de las tantas cosas que están pasando en el mundo, porque están pasando cosas muy dolorosas. Hoy estamos viendo un genocidio en tiempo real, estamos viendo cómo soldados matan mujeres y niños, y cómo bombardean hospitales. Estados Unidos invade naciones sin consecuencia alguna. Son cosas realmente preocupantes.
«Hay días en que no sé qué carajo está pasando. Hay cosas tan indignantes. Pero creo que lo más revolucionario es armar una conversación, sobre todo con gente que no piensa igual que uno, y dejar de lado lo que nos tienen tan divididos. Creo que para eso hicimos esta película».

Nicolás Villagra es licenciado en Comunicación Social. Ha colaborado en medios como Las Últimas Noticias, Vergara 240 y Morbo | Síguelo en Instagram
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