A punto de cumplir 160 años, Las aventuras de Alicia en el país de las maravillas sigue siendo uno de los mayores clásicos de la literatura, al grado de que erigió grandes arquetipos inolvidables en nuestro imaginario popular. Reconocido como uno de los grandes creadores de la literatura victoriana, Lewis Carroll legó una obra que sigue siendo visita y reimaginada por artistas de todo el mundo en el cine, la literatura e, incluso, la danza.

Por Astrid Donoso

Hay pocas cosas menos misteriosas en estos días que huir a diario en teléfonos celulares. Caminamos pendientes de ellos, chequeando que estén en nuestro bolsillo, en el bolso. Hurgamos una y otra vez en sus decenas de aplicaciones, sin las cuales creemos que no podemos vivir. Una vez sumergidos en ellas, estamos en otro plano, ignorantes de lo que sucede alrededor. Nos aseguramos de que tengan batería suficiente para no estancarnos en la realidad del metro a la hora de mayor tráfico, escuchar conversaciones ajenas en la micro ni abrumarnos con el silencio y nuestra propia y curiosa compañía.

¿Qué relación tiene todo esto con el tema que nos convoca? La reflexión anodina y personal de que, cuando pienso en la madriguera en que Alicia ingresa persiguiendo al conejo del reloj en levita, pienso también en esa urgencia que todos tenemos por ese cruce a un mundo paralelo.

Alicia en el país de las maravillas, del inglés Lewis Carroll, cumplirá 160 años desde su primera publicación en noviembre próximo. Como hago cada tanto, volví a este clásico, recuperando la emoción renovada de quien lo lee una y otra vez, y sigue encontrando recovecos que parecen no tener sentido, los cuales van calzando perfecto a medida que los releemos.

En este mundo de incertezas, descubrimientos tecnológicos y aceleración del tiempo, similar al de la Inglaterra de mediados del siglo XIX, volver a Alicia es volver a sentir que no pisamos tierra firme, que lo creíamos cierto ya no lo es, y que cada momento es un desafío para adaptarse a nuevas formas de leer el mundo. Y qué más incertidumbres que las que vivimos en un mundo postcovid, donde presenciamos un genocidio vía redes sociales y una crisis climática y de biodiversidad, así como la insensatez política, por no decir el fascismo desatado, que se nos viene encima como un aire cargado que no deja respirar del todo, al igual que ese viento abrasador y seco que azota los desiertos del Sahara o el tornado en Kansas del Mago de Oz. Entonces, huir por la madriguera no parece tan absurdo y es, quizás, una forma de dar la vuelta al laberinto que implica estar al otro lado y aquí, buscando sentido donde no lo hay.

Pero volvamos a Alicia y su génesis. Si bien la publicación del libro fue en 1865, la historia nació mucho antes, en un paseo tan cotidiano como excepcional. Carroll solía frecuentar la casa del nuevo deán de la Christ Church de Oxford para reunirse con las hijas de este último a contar historias. En una de esas tardes, decidieron tomar un bote y dar un paseo bordeando un lago junto a las niñas, un colega y su institutriz, mientras Carroll relataba una historia donde Alice Lidell, una de las niñas presentes, oficiaba de protagonista en el país de las maravillas. En medio de esa excursión, Lidell pidió a Carroll que escribiera la historia, algo que, dado el perfeccionismo del escritor, al principio demoró.

Para Graciela Montes, autora y traductora argentina, “el lenguaje es el verdadero protagonista de Alice. Carroll se detiene en los significantes, invierte sílabas, violenta significados”. Hay diálogos que sorprenden: agudos y aparentemente simples, pero nutridos de posibilidades. Todo eso puebla Alicia en el país de las maravillas. Lo maravilloso de su lectura y su relectura es, que como todo clásico, permite distinguir distintas capas donde el lenguaje ocupa un lugar central.

Algunos alarmistas quizás también vieron abuso de drogas e incluyeron unas advertencias fílmicas setenteras delirantes. Otros, una historia terrífica y oscura, como la notable versión en stop motion del tremendo Jan Švankmajer. Además, el relato permite entenderse como una alegoría de la autonomía y la independencia femeninas o, incluso, como una advertencia contra el sinsentido existencial de correr por la vida mientras podemos reinventarnos una y mil veces. Es una plácida tarde y Alicia está recostada en el jardín junto a su pequeño gato. Mientras su hermana lee, poco a poco parece ser vencida por el sueño. Pero es justo en ese momento cuando comienza todo.

El conejo blanco, que va vestido de chaleco, murmurando y con un reloj de bolsillo que mira cada tanto con preocupación, es un disparador narrativo que, en medio de la urgencia y la ansiedad, la empuja a seguirlo. Siempre curiosa, Alicia lo llama, le habla. Pero, en esa angustia que lleva, solo decide seguirlo y ver con sus propios ojos qué causa tanta expectativa.


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Y es que el conejo, en su obsesión con el tiempo, es casi una metáfora de la angustia en que vivimos hoy por la productividad y las expectativas. Corre por un compromiso que parece de vida o muerte: lo espera nada menos que la reina de corazones, a quien conoceremos más tarde. Esa urgencia que recorre los pasos del conejo, y también el tono algo trepidante de todo el libro, nos recuerda que, aun cuando el libro fue escrito hace más de 160 años, la vida no ha dejado de sorprendernos con su velocidad cada vez más acentuada, así como las respuestas que alguien como Byung-Chul Han con su teoría del cansancio o Carl Honoré y otros teóricos e intelectuales abordando lo que llaman slow life. ¿Qué es lo urgente versus lo importante, entonces?

Además de escritor, Lewis Carroll fue matemático, lógico, fotógrafo y diácono anglicano. Su especialidad era la geometría y amaba los acertijos, los juegos de lógica y la física. Creció siendo quien entretenía a sus 10 hermanos y hermanas en la infancia, algo que sin duda forjó lo que luego nos encontramos en sus libros, especialmente en Alicia. Inventaba aparatos, como el nictógrafo, y narraciones. Dado su trabajo, se dedicaba a entretejer diatribas imposibles y publicar juegos y puzzles de palabras en la Vanity Fair de la época, donde mantuvo una exitosa columna semanal por varios años.

En El país de las maravillas, y lo que seis años después sería su secuela, Alicia a través del espejo, la arquitectura de este mundo sin sentido, o del llamado nonsense, contemporáneo a Edward Lear,
otro grande la literatura inglesa victoriana con sus limericks, en Carroll cobra otras dimensiones: todo tiene una profunda raigambre en sus especialidades. Cada pregunta o declaración que se hace es un desafío a la lógica, a ahondar en cuestiones físicas; de, por ejemplo, qué tan rápido o qué tan profundo se cae por la madriguera; de geometría y adiciones, como cuando Alice crece o empequeñece según sigue las instrucciones de “cómeme” o “bébeme”. Además de numerosas instancias existencialistas que no solo apuntan al constante cambio de Heráclito o al sinsentido de Camus en El mito de Sísifo y de casi cualquier obra de Samuel Beckett.

Y es que, como toda obra clásica que se precia de tal, hay tantas Alicias como lecturas posibles. El énfasis en la filosofía permite diálogos que parecen simples y complejos a la vez. Escenas muy breves permitirían seminarios completos, como cuando la protagonista se encuentra con la oruga azul que fuma su narguile en una seta o con el gato de Cheshire, y se cuestiona quién era, quién es y hacia dónde va: “Sé quién era al levantarme esta mañana, pero creo que he cambiado varias veces desde entonces.”

Es imposible pensar en Alicia y no reconocer las ilustraciones de John Tenniel, quien casi desiste de trabajar con Carroll por su obsesión por los detalles. Si bien existen muchas versiones posteriores, tan notables como las de Ralph Stedman (1973), Rébecca Dautremer y Yayoi Kusama (2012), las de Tenniel cargan con el peso de delinear para la posteridad una imagen icónica que, a la fecha, sigue siendo reconocible por su mirada de agudo observador, afamado ya por su trabajo en la revista Punch, tono con el cual retomará a Alicia, pero esta vez recorriendo los desaguisados de la política inglesa de la época con el relato satírico del escritor Saki y su Alicia en Westminster.

Alicia es de las primeras niñas protagonistas en un libro europeo y es de las más emblemáticas por aquella curiosidad y obstinación, y por ese intento de darle coherencia a un viaje misterioso donde conversa con una tortuga, una liebre, una rata, un loro, un aguilucho, un pato y un dodo, entre muchos otros personajes. Existían otros niños y otras niñas que se aventuraban, como en Los niños del agua, de Charles Kingsley, o La princesa y el duende, de George MacDonald. Lo notable es que, en el libro de Caroll, Alicia se aventura sola, sin adultos que la guíen o cuiden en ningún momento. Incluso, cuando regresa a su propia realidad, sea cual sea para quienes aún quedamos atrapados en Wonderland, su hermana tampoco le presta demasiada atención.

Alicia es quien toma las decisiones y se arriesga. Quien responde sin dejarse avasallar por la Reina de Corazones. Quien defiende sus opiniones ante el Sombrerero Loco y la Liebre de Marzo. Algunos la leen como una protagonista protofeminista. Otros nos inclinamos por una especie de exaltación de la niñez en el siglo XIX: en esta ocasión, a través de una niña victoriana de clase alta, respetuosa e instruida que, Curiouser and curiouser!, nos sigue fascinando hasta la fecha.

Astrid Donoso es licenciada en Comunicación, periodista y técnico de nivel superior en Bibliotecología. Junto a Ismael Rivera, conduce el podcast Perdidos en el bosque | Síguela en Instagram

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