
El pantano funciona como un ecosistema preservador de memoria. Hace pensar en la necesidad de incorporarlo: ceder a la introspección densa, profunda, íntima a la que invita el poemario, y defenderlo.
Por Daniela Escobar Contreras
Este texto fue leído el 20 de noviembre de 2025, durante el lanzamiento de Pantano
La lectura de Pantano inicia con un peregrinaje a medianoche: «la luna menguó y las piezas de sal / estallaron». En esta travesía, la noche es una materia que se descompone; no aparece como un escenario o telón de fondo, sino como una sustancia que altera los objetos y se mezcla con el ambiente y los humores, e impregna la voz: «Aprovecho el día brumoso para amanecer rara; «Ese viaje de madrugada mostró tu esqueleto».
La medianoche da lugar a la transformación vital y al camino hacia la vida adulta: «se avecinan los treinta / se avecina la mudanza / la medicina homeopática hará efecto / como en una guagua de película coreana / que nace sin llorar». Un viaje difícil, que implica acarrearte a ti mismo junto a tus pertenencias y fantasmas; todo el conjunto pesa, pero cuando la calle y la imaginación participan del trazado que recorres, puedes tener «treinta y tres o dieciséis». Esta condición voluble y regenerativa, cualidades tomadas del agua, encuentra un signo catastrófico cuando no se regula. Siguiendo al Tao: nada es más blando y débil que el agua, pero no hay nada más eficaz para erosionar lo rígido. Ya lo advierte la hablante en unos versos que reflexionan sobre su propia escritura: «los textos se unieron sin suficiente arroz para toda la humedad».
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El líquido aparece a través de los estanques, wiski, mar, lágrimas. Las intenciones: «un trago de agua». Livianas, aunque nos ahoguemos con el polvo levantado por los proyectos que se acumulan. Así, el pantano guarda una conexión simbólica con el desastre. La barcaza en un momento del libro se enreda, y el «corazón sencillo» de quien habla «se rebalsa». Dentro de sus múltiples acepciones, la palabra balsa puede significar un terreno que se inunda y, al mismo tiempo, embarcación, medio que ayuda en el naufragio. Es decir, un corazón sobrepasado puede generar a través de su exceso su propia salvación.
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Pero ¿de qué se llena? La sencillez, distinta de la simplicidad, me guía para recoger algunos elementos que voy encontrando en estos poemas: damascos machacados, piedritas, un cochayuyo; las cáscaras de naranja que se pudren al fondo de la mochila y el cartón del LSD enganchado en el alambre del frenillo; micros que no pasan, dos amigas con sus emepetrés atrapadas «en polen», el esmalte picoteado, el olor del colegio, los sedantes y las acuarelas; reverberaciones que enlazan pastillas y astillas. Sin embargo, estos elementos no funcionan aisladamente, se traslapan dando un efecto lisérgico, sin por ello desconectarse del origen. De hecho, en el poema «Herencia» leemos: «Sobre burros, empecé / y si erré en ciertas cuestiones, fue / por no dar lugar a mi mundo de invernaderos (…). Una canción, Temuco».
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El pantano es refugio y alimento, amenaza a la vida y da vida. En su diversidad, las palabras se organizan de distintas formas: prosas extensas y versos cortos que incorporan aire, recovecos en el poema; la mancha tipográfica se recoge y extiende irregular en la página, como el trazo del dibujo de la portada «el agua viene y va, expansiva». En los textos en prosa, accedemos a una escritura con un drenaje distinto, donde prevalecen materiales oníricos. En ellos, por ejemplo, se cuela un techo bajito, sin espacio para pensar. Entonces no hay más remedio que mirar dentro de sí, y adentro hay alguien más: las siutiquerías —muy necesarias— que unen a la hablante a un sujeto amoroso.
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Siempre hay alguien con quien se comparte en este humedal. Por ello, en el ejercicio de su lectura se cruzaron también dos poemas: «La niebla que llega del pantano», de Jorge Teillier, y «Crossing the Swamp», de Mary Oliver. Dichas referencias dialogan con los caminos fangosos, con un mundo poético que es el mismo que se habita. Como escribe el poeta lárico: con la reaparición del desconocido que fuimos y viene desde otra época hasta nuestro encuentro. El pantano, así, funciona como un ecosistema preservador de memoria, y me hace pensar en la necesidad de incorporarlo: ceder a la introspección densa, profunda, íntima a la que invita el poemario, y defenderlo. Observar cómo su simbolismo ha sido apropiado por el marco narrativo de algunos discursos que prometen «limpiar» y «excluir».
Desde este punto de vista, me parece crucial reivindicar la metáfora del pantano revisando su forma sombría y necesariamente irregular, su carácter colaborativo con el medioambiente, y su función: un filtro, brújula o esponja que absorbe y retiene, y no elimina, sino que transforma, similar a la postura de la hablante cuando alivia los días llenos de malas intenciones aprendiendo: ante la aflicción, crea, toma clases de guitarra o de cualquier cosa. Porque como escribe Mary Oliver, un simple palo seco puede recibir otra oportunidad por capricho del agua, crear de su vida un palacio de hojas vivientes: «Aquí / está el pantano, aquí / está la lucha». Y su principal desafío es cruzarlo, lidiar con la sensación de estar hundiéndose, sin dejar de inventar un horizonte, tal como lo hace la autora con este libro.

Daniela Escobar Contreras es autora del libro Curvatura del ánimo (2018, premio Juegos Literarios Gabriela Mistral) y Pinturas psicosomáticas (2024), además de la plaquette Pasatiempos sobrenaturales (2024). Es profesora de Producción Editorial en la UDP y una de las fundadoras de Overol, sello en el que realiza labores de edición y diseño
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