
«Hay modas literarias que ya fueron. Si un autor o una autora quiere actualizarlas, tiene que trabajar un poco más», escribe nuestra crítica sobre Oráculo, la novela más reciente de Álvaro Bisama.
Por Patricia Espinosa
Esta novela apuesta por darle un nuevo aire a ese ya viejo recurso narrativo de la fragmentación aparente, es decir, una fragmentación que no es tal y que, en algún momento, va a revelar que hay un secreto que une todas las piezas y que les da un sentido unitario y orgánico. Hay un personaje que lee y viaja a través de ficciones: de sus lecturas se desgajan múltiples historias de viajeros que van tras las huellas de otros viajeros que pretenden vivir en secreto. Obviamente, aquí no podían faltar arcanos manuscritos que circulan de mano en mano y que guardan secretos fundamentales para la humanidad.
Así funciona Oráculo (Seix Barral, 2025), la última novela de Álvaro
Bisama. Un engendro insoportable, que se sostiene en la exagerada
acumulación de diversas historias (que bien pueden ser las sobras de otros libros del autor) articuladas por un supra lector/narrador con ínfulas de demiurgo.
El «método bisamiano» es simple; tanto, que puede servir de guía para escritores o escritoras entrampados con la estructura de sus libros: contar historias sin ton ni son y, hacia el final, tratar de atarlas. Pero cuidado, esto no resulta sin darle unas pinceladas de ocultismo, de cábala o de lo que se venga en gana para amarrar el desparramo de relatos desperdigados por todo el volumen.
Este es un tipo de novela extremadamente conservadora, no solo porque cree en un sentido final y único, sino porque, para el lector, es cosa de dejarse llevar confiado en que todo se revelará al final. Lo diverso, lo distinto no es más que aparente; es decir, una máscara. Así van pasando marginados, viajeros, arriesgados o pusilánimes, obsesivos buscadores de libros ocultos, sujetos perdidos e historias inconclusas, que viven perdidos o refugiados en algún lugar de la gran ciudad o en poblados oscuros y decadentes.
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Ahora bien, ¿quién se encargará de conducirnos por este laberinto de ficciones? Ahí está Giordano, quien en algún momento tiene 60 años y es configurado de una forma tan estereotipada que parece hecha por un guionista de Disney: «…con la cabeza metida en viejos archivos y asuntos relacionados con literatura, historia, filosofía, ocasionalmente ciencias naturales, en proyectos de universidades, bibliotecas o fundaciones, muchas de ellas extranjeras, donde algunas veces has llegado a dar clases, en las que explicabas cómo recogías pedazos o fragmentos de vidas o historias. Ese era el sentido fundamental de lo que hacías, un sentido que creías se agotaba en sí mismo, que no requería justificarse».
El personaje central es un letrado que nos tomará de la mano y nos conducirá por las «complejas» rutas de la narración. Sin embargo, por si lo de Giordano fuera poco, aparece una voz superior, el gran articulador o supranarrador de la novela: una voz que aclara no solo quién es Giordano, sino que introduce sus reflexiones. Esta voz cumple la función de agregarle el sentido final al conjunto.
Detengámonos acá. Al parecer, Bisama creyó que las historias escondían un secreto tan profundo que necesitó dos instancias para tratar de darle alguna coherencia a la novela. Y nada, qué profundidad, si todo es simplecito y digerible sin problemas. Pero vamos poniéndole color para que la cosa parezca densa. Y qué mejor, para agregarle densidad a esta cazuela, que el condimento ideal: lo esotérico, porque esa voz pareciera ser una suerte de oscura divinidad.
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El volumen insiste en la tesis ultrasobajeada sobre la realidad constituida por ficciones, es decir, que en el fondo todo es escritura o, si se quiere, literatura, y que existe una interconexión secreta entre las ficciones y los humanos. De tal modo, aunque varíen las épocas y las identidades, una suerte de destino vincula a los individuos y los lleva a experimentar vidas análogas.
Los relatos a los que nos somete el autor son similares a las que aparecen en sus obras anteriores, donde predomina una mixtura entre ciencia ficción y fantasía, como la presencia de punks y góticos desesperados, seres inmortales, zombis, máquinas que extraen sueños, nazis ligados a viajes a la luna, espías gubernamentales, sobrevivientes de un naufragio, un cantante decadente llamado “El Rey” y toda una enorme fauna de personajes pretendidamente extraños.
Hay modas literarias que ya fueron. Si un autor o una autora quiere actualizarlas, tiene que trabajar un poco más. Lo que a Bisama le pasó aquí no deja de ser preocupante: en vez de acercarse a referentes literarios más menos decentes, como Roberto Bolaño y David Mitchell, terminó casi como un homenaje a Baradit y Salfate, expertos en charlatanería conspiranoide e historias freaks.
Pocas veces se agradece tanto el punto final. Bisama ha escrito más de lo mismo, confirmando, más que una estética, un límite en su literatura. Oráculo es una novela teóricamente envejecida y desesperada, que parece gritar ¡socorro! ante la «obligación» de publicar para mantenerse vigente en el escaparate de las novedades.

Patricia Espinosa es doctora en Literatura con Mención en Literatura Chilena e Hispanoamericana. Ha ejercido la crítica literaria en medios como La Época, Rocinante, Palabra Pública y Las Últimas Noticias | Síguela en Instagram
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