Alona Savchuk vía Unsplash

No es que hayamos dejado de querer; es que llegamos a los vínculos exhaustos, con los recursos emocionales al límite. Amar ha dejado de ser una experiencia compartida y se transformó en una proeza individual, reservada para quienes todavía tienen tiempo, energía y recursos emocionales disponibles.

Por Julia Navarro

Julia Navarro conduce, junto a Nicolás Fernández, el podcast sobre salud mental Estado de ánimo, transmitido por Radio Usach

Cada 14 de febrero se nos invita a celebrar el amor como si fuera una experiencia intacta, ideal, ajena al contexto en que vivimos. Pero amar hoy —en Chile y en buena parte del mundo— no ocurre en una página en blanco ni parecido a un cuento de hadas. Se da en un país cansado, desigual, hiperexigente y emocionalmente precarizado. Se da entre personas que llegan a los vínculos con poco tiempo, poca energía y demasiada responsabilidad individual sobre los hombros. Tal vez por eso el problema del amor contemporáneo no sea su ausencia, sino el peso excesivo que le hemos impuesto.

Esperamos todo del amor y, al mismo tiempo, le ofrecemos cada vez menos condiciones para existir. En una sociedad que exige rendimiento, autonomía y control permanente, amar —exponerse, depender, cuidar— se vuelve un gesto incómodo, casi contracultural. No porque hayamos dejado de creer, sino porque, como advierte Byung-Chul Han, amar supone riesgo y pérdida de control: justo aquello que una cultura agotada intenta evitar. El amor ya no revela solo una intimidad; revela el estado emocional de un país que sobrevive más de lo que vive. La pregunta, entonces, no es si sabemos amar, sino qué tipo de amor es posible en una sociedad exhausta.

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En este escenario, los vínculos no se organizan desde la confianza, sino desde el miedo. Miedo a perder el trabajo. A no llegar a fin de mes. A enfermarse sin respaldo. A depender de otro cuando depender se ha vuelto peligroso. El miedo se filtra en la intimidad de manera silenciosa: en conversaciones aplazadas, en decisiones postergadas, en planes que nunca terminan por materializarse. El otro deja de ser un refugio. A veces, es también una posible carga, una amenaza al frágil equilibrio que cada quien intenta sostener. Eva Illouz lo ha mostrado con claridad: el capitalismo emocional no solo transforma la economía; también modifica la manera en que evaluamos los vínculos. Amar se vuelve una operación cautelosa, atravesada por la autopreservación más que por la entrega.

Esto se percibe en escenas mínimas. Parejas que se quieren, pero calculan cada paso: convivir o no convivir, tener hijos o no tenerlos, discutir o dejar pasar. La pregunta rara vez se formula en voz alta, pero está ahí: ¿qué pasa si uno cae? ¿Quién sostiene a quién? ¿Cuánto cuesta irse? ¿Cuánto quedarse? El miedo no rompe los vínculos de forma abrupta. Los vuelve defensivos. Frágiles. Siempre a punto de retirarse. Se ama, pero con un pie afuera.


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A ese miedo se suma otra dificultad, menos visible y no por eso menor: la falta de tiempo y energía para cuidar. El amor exige presencia, escucha, disponibilidad afectiva. Pero vivimos en una cultura que agota sistemáticamente esas capacidades. Illouz advierte que el ideal contemporáneo de autonomía emocional ha convertido el cuidado en una carga privada, algo que cada quien debe administrar en soledad. No es que hayamos dejado de querer; es que llegamos a los vínculos exhaustos, con los recursos emocionales al límite.

También aquí las escenas son pequeñas. Parejas que solo se ven al final del día, demasiado cansadas para hablar. Conversaciones interrumpidas por el sueño. Conflictos que no se elaboran porque no hay espacio psíquico para hacerlo. El amor no desaparece, pero se vuelve intermitente, funcional, reducido a la administración mínima del vínculo. No por falta de voluntad, sino porque el cansancio se ha vuelto estructural. Amar deja de ser un gesto espontáneo y pasa a ser una tarea más dentro de una agenda saturada.

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En este contexto, el 14 de febrero opera menos como una celebración del amor que como un dispositivo cultural que lo simplifica y lo vuelve consumible. No es una fecha inocente. Propone una imagen del vínculo descontextualizada, emocionalmente autosuficiente y capaz de sostenerse a punta de voluntad, gestos románticos y frases heredadas. La insistencia en celebrar el amor como experiencia privada y excepcional contrasta con la vida cotidiana de vínculos atravesados por el miedo y el cansancio. Así, el Día de los Enamorados no solo romantiza el amor: lo despolitiza. Lo separa de las condiciones materiales que lo hacen posible —o inviable— y refuerza la idea de que si amar cuesta, el problema es individual.

El amor parece sostenerse entre flores, chocolates y cenas románticas, mientras oculta una época en la que lo instantáneo y lo desechable se han vuelto estrategias de supervivencia frente al miedo y la finitud. El temor a no ser elegidos, a no estar a la altura y a depender de otro en un mundo que castiga la fragilidad vuelve los vínculos defensivos. El descarte no aparece como crueldad, sino como autoprotección. El desapego, como una forma aprendida de cuidado de sí.


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Tal vez el problema no sea que el amor esté en crisis, sino que lo hemos obligado a existir en condiciones cada vez más hostiles. Le pedimos que amortigüe el cansancio, que repare el miedo, que compense la precariedad y que otorgue sentido allí donde la vida social se ha vuelto insuficiente. En ese escenario, amar deja de ser una experiencia compartida y se transforma en una proeza individual, reservada para quienes todavía tienen tiempo, energía y recursos emocionales disponibles. “Y dejamos nuestra casa, y nos vamos a vivir para siempre con esta persona, no porque nos hayamos convencido de que es la persona adecuada, al contrario, no estamos en absoluto convencidos, y siempre abrigamos la sospecha de que la verdadera persona adecuada para nosotros se esconde en algún lugar de la ciudad” (Natalia Ginzburg, Las pequeñas virtudes).

Volver a pensar el amor, entonces, no es un gesto romántico, sino político. Implica interrogar cómo trabajamos, cómo nos cuidamos, cómo distribuimos el tiempo y cómo imaginamos la vida en común. Quizás la pregunta más honesta que podemos hacernos este 14 de febrero no sea a quién amamos, sino qué estamos dispuestos a cambiar para que amar no sea una proeza, para que el vínculo no sea una excepción heroica en medio del agotamiento, sino una posibilidad real en una vida que valga la pena ser compartida.

Julia Navarro es editora y librera | Síguela en Instagram

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One response to “El problema de amar: una proeza sin tiempo”

  1. Una reflexión brillante sobre la intemporalidad del amor y los desafíos de vivirlo en la modernidad. Realmente, amar parece ser esa ‘proeza’ que exige una entrega que no siempre estamos dispuestos a ofrecer. El análisis sobre la vulnerabilidad me hizo pensar mucho en el Cap. 14 del ‘Diario de Ema’, que acabo de publicar. En él, presento la perspectiva de Felipe, un joven que ve los sentimientos como ‘activos y pasivos’ financieros y que, por miedo a perder el control, termina con un ‘saldo en rojo’ emocional al alejar lo que realmente importa.

    Comparto el link por si les interesa ver este contraste entre la frialdad del cálculo y la proeza del sentir: https://andycalen.wordpress.com/2026/02/10/cap-14-saldo-en-rojo/

    ¡Gracias por este contenido tan enriquecedor! Saludos.

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