La campaña militar israelí en la Franja de Gaza, calificada recientemente por una comisión de Naciones Unidas como un genocidio, exhibe tal capacidad armamentística que podría conducir al derrotismo de la comunidad internacional. Por tal razón, a la academia y a la diplomacia les asiste un desafío doble: distinguir meridianamente entre los componentes religiosos y los factores político-ideológicos que concurren en el conflicto, así como promover el derecho de los pueblos —todos ellos— a existir en paz y en condiciones materiales dignas.

Por Nicolás Lazo Jerez

No existe un nosotros frente al dolor de los demás

SUSAN SONTAG

Gracias a la actividad ininterrumpida de las redes sociales y a la cobertura laboriosa de un puñado de reporteros locales, el mundo ha sido testigo en tiempo real de la matanza que, día a día, las Fuerzas de Defensa de Israel (FDI) libran contra la población gazatí. Sin embargo, esa disponibilidad de información contrasta con una suerte de derrotismo generalizado según el cual el gobierno de Benjamín Netanyahu, gracias a sus aliados políticos y empresariales estadounidenses, es demasiado poderoso como para siquiera imaginar un escenario distinto. “La situación es terrible”, parecen decirnos los voceros de esta perspectiva catastrofista, “pero no hay mucho que hacer al respecto”. Salvo, claro, seguir abogando por el envío y la distribución de la ayuda “humanitaria”.

Por desgracia, ese derrotismo va ganando la batalla. Y los factores que lo inducen son, en buena medida, políticos e ideológicos.

Discursos en disputa

En primer lugar, están las acciones y las declaraciones del influyente lobby judeo-israelí, cuyos representantes con frecuencia señalan toda crítica contra la expansión colonialista de Israel como una forma de antisemitismo [1]. No obstante, se trata de una narrativa fuertemente controvertida por un sinnúmero de actores políticos y sociales alrededor del mundo, entre los que se cuentan jefes de Estado, activistas, figuras públicas, organizaciones de defensa de los derechos humanos e instituciones que norman y aplican el derecho internacional [2].

Lo anterior implica un combate encendido en torno al lenguaje que se emplea para referir la invasión israelí, aun cuando una disputa retórica parece secundaria en el contexto apremiante de una ofensiva militar en curso. El lugar común afirma que, en la guerra, la verdad es una de las primeras víctimas; de ahí la importancia de la precisión lingüística y, con ello, la defensa de la verdad jurídica e histórica.

“Mi conclusión ineludible ha llegado a ser que Israel está cometiendo un genocidio contra el pueblo palestino”, escribió Omer Bartov, académico de la Universidad de Brown, en una columna de julio pasado para The New York Times. Bartov reconoce: “Como alguien que creció en un hogar sionista, vivió la primera mitad de su vida en Israel, sirvió en las FDI como soldado y oficial, y ha pasado la mayor parte de su carrera investigando y escribiendo sobre crímenes de guerra y el Holocausto, esta fue una conclusión dolorosa a la que me resistí todo lo que pude. Pero llevo un cuarto de siglo dando clases sobre el genocidio. Sé reconocer uno cuando lo veo”.


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El uso del concepto de genocidio es justamente lo que, en segundo término, complica el debate en torno a la situación en Medio Oriente. Para una gran cantidad de ciudadanos de todo el planeta, incluidos judíos dentro y fuera de Israel, el régimen del primer ministro Benjamín Netanyahu incurre en una contradicción vital inadmisible: en nombre de la autodefensa nacional como respuesta a los ataques terroristas de Hamás de octubre de 2023, desplegó una campaña militar que ha matado a decenas de miles de personas, según las autoridades de salud palestinas, sin distinguir entre la población civil y los militantes del grupo político y paramilitar sunita. La paradoja aquí es que el sujeto arquetípico judío, cooptado por la administración de Netanyahu y de sus predecesores, pasó de ser la víctima por excelencia de la modernidad al epítome del victimario, al menos a partir de la percepción instalada por la corriente hoy hegemónica del sionismo [3].

Pero se trata, una vez más, de un terreno discursivo en disputa. En la disidencia interna participan desde agrupaciones civiles —como la Red Judía Antisionista Internacional y el movimiento de judíos europeos “No en mi nombre”— hasta figuras políticas y académicas destacadas. Entre estas últimas se cuenta el filósofo chileno Eduardo Sabrovsky, quien, en su libro Israel en Gaza. La encrucijada histórica del judaísmo (Planeta, 2025), sugiere que “el coro de los actuales supuestos defensores de los judíos (…) no es el remedio, sino, precisamente, la enfermedad”. ¿A qué se refiere Sabrovsky? Poco después, se explica: “El antídoto más poderoso para la enfermedad social del antijudaísmo sería, en cambio, la explícita y activa desvinculación de la identidad judía del Estado de Israel en tanto entidad etnonacionalista”.

De este modo, el clivaje religioso —y, también, la guerra abierta entre algunos judíos ultraortodoxos y parte del integrismo islámico— aparece como un tercer factor a favor del inmovilismo ante el panorama en Medio Oriente. Un conflicto con siglos de antigüedad, podría pensarse, no tiene ni tendrá solución en el corto plazo. Tampoco en el mediano. Menos aún, se podrá añadir, si en el enfrentamiento concurren cuestiones de fe en virtud de las cuales la diplomacia y la deliberación racional juegan un papel limitado, cuando no fuera de toda pertinencia.

Sin embargo, la idea de que este conflicto es solo un choque entre dos cosmovisiones religiosas incompatibles resulta, al igual que las demás variables, controvertible. La “guerra” entre el gobierno de Israel y Hamás, que aquí llamamos sin eufemismos un genocidio, responde en buena medida, y acaso principalmente, a criterios geopolíticos clave para la pervivencia de Netanyahu y sus aliados occidentales.

Un amigo poderoso

Medio Oriente es una región altamente atractiva para Estados Unidos desde un punto de vista económico y estratégico, toda vez que esa área garantiza a quien la controla un acceso seguro al gas y al petróleo del Golfo Pérsico. Al mismo tiempo, y esto no debería resultar sorprendente para nadie, aquel interés es directamente proporcional a las hostilidades que la presencia norteamericana despierta en determinados líderes y agrupaciones político-militares locales. Por tal motivo, una alianza estrecha con Israel seguirá siendo fundamental para la protección de los intereses norteamericanos. A su vez, el irrestricto apoyo económico, político, logístico y militar por parte de Estados Unidos constituye una garantía de sobrevivencia a la que Israel, simplemente, no puede renunciar.

De un tiempo a esta parte, esta alianza ha rendido frutos promisorios. Al desmantelamiento de Hamás en Gaza se suma la neutralización de Hezbolá en El Líbano y los duros golpes asestados contra instalaciones nucleares de Irán a través de la vistosa “Operación martillo de medianoche” de junio de 2025. Dentro de este panorama beneficioso para Estados Unidos e Israel, también cabe incluir la caída de la dictadura de Bashar al Asad en Siria en diciembre de 2024, otro colaborador instrumental del autodenominado “Eje de la resistencia”.

Así, la dinámica del conflicto en la región obedece a necesidades estrictamente prácticas o, si se quiere, a los imperativos propios de la corriente estratégica realista. En virtud de ello, y sin negar el concurso de componentes religiosos e identitarios en el escenario de la conflagración, se requiere abordar la situación como lo que es: una disputa entre intereses económicos y geoestratégicos. Del mismo modo, esto último debe llevar aparejado el reconocimiento de que el ataque de Hamás y la respuesta desproporcionada de Israel han tenido consecuencias éticamente inaceptables: la muerte de miles de inocentes y la destrucción casi absoluta del territorio gazatí, arrasado por los bombardeos del ejército de Israel con armamento made in Europa y Estados Unidos.


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¿Qué hacer?

Donald Trump, quien a fin de cuentas es uno de los pocos líderes mundiales que podrían cambiar la deriva de esta guerra, ha demostrado un compromiso escaso con el multilateralismo, uno de los pilares fundamentales de esa democracia liberal cuya decadencia encuentra en el mandatario norteamericano tanto un síntoma como un acelerador. La volatilidad en la relación uno a uno entre Trump y otros jefes de Estado, sobre todo en el contexto de su agresiva política arancelaria, lo expresa claramente. Pese a ello, o quizás por esa misma razón, los gobiernos que se oponen a la ofensiva de Israel en Gaza pueden y deben hacer más para detener la masacre y la restricción de las libertades de los palestinos, las que continúan pese a un muy publicitado —aunque poco vinculante— acuerdo de alto al fuego [4].

Si aspira a tener consecuencias en la realidad, una campaña multilateral coordinada contra el genocidio y el apartheid en Medio Oriente requiere dejar caer todo tipo de máscaras y discursos ambiguos entre gobernantes: aunque condenan verbalmente los bombardeos, varios de ellos participan en una red comercial y militar que permite y hasta fortalece la maquinaria de guerra israelí. En ese sentido, el embargo de armas a Israel y la suspensión de “importaciones de territorios ocupados”, que el Presidente Gabriel Boric anunció en su cuenta pública de este año, parece ir en la dirección correcta, si bien es, a la luz de los hechos, una medida insuficiente. Esta acción conjunta debería incluir el impulso persistente de una solución administrativa y territorial que consista en uno o dos estados donde se respete la diversidad étnico-religiosa y que satisfaga a las fuerzas democráticas palestinas e israelíes. En otras palabras: excluyendo a Hamás, como propone Trump, pero también al Likud, el partido de Netanyahu, responsable en último término del escenario que desencadenó la crisis humanitaria.

A fin de despejar cualquier duda que pueda surgir en la línea del victimismo judeo-israelí, insistimos en que estas propuestas nada tienen que ver con aislar a una nación completa del concierto internacional ni, mucho menos, establecer una equivalencia entre la religión judía y el colonialismo que lleva adelante la corriente sionista actualmente hegemónica. Se trata, más bien, de ejercer la mayor presión no armamentística posible para detener una campaña contraria a los principios humanitarios universales y, asimismo, desincentivar incursiones semejantes a futuro. Si los estudios internacionales y la diplomacia persiguen desde sus praxis diversas la paz para el mundo, es el momento de recordar que ese esfuerzo no puede detenerse. Tampoco parece aceptable ceder al inmovilismo en que suelen decantar los problemas demasiado largos.

La relación asimétrica entre palestinos e israelíes no es reciente. En rigor, podría fijarse su inicio hace casi ocho décadas, cuando cientos de miles de habitantes del Mandato Británico de Palestina se vieron obligados a dejar su tierra como resultado de la guerra árabe-israelí de 1948. A partir de entonces, el asedio sobre la Franja de Gaza no solo ha amenazado la integridad física de las y los gazatíes. “Como parte fundamental del proyecto colonial etnocrático sionista”, anota la internacionalista Odette Yidi en el libro colectivo Palestina. Anatomía de un genocidio (LOM, 2024), “la recontextualización de la cultura y la institucionalización de un cierto pasado en museos israelíes, así como las diversas acciones legislativas y fácticas para limitar las posibilidades de expresión y producción cultural del pueblo palestino”, configuran un proceso de “genocidio cultural sostenido en el tiempo”.            

Lo que el mundo académico y los círculos diplomáticos tienen ante sí es, en consecuencia, la tarea de seguir promoviendo el derecho de los pueblos —todos ellos— a existir en paz y en condiciones materiales dignas. En tiempos en que líderes de todo el planeta ganan elecciones oponiendo un pueblo “virtuoso” a una “casta” demonizada, acaso se vuelve más acuciante que nunca que las élites culturales y políticas pongan los recursos que les son propios al servicio de la justicia.

Este ensayo fue escrito en el contexto del diplomado en Relaciones Internacionales impartido por la Universidad de los Andes y la Academia de Guerra del Ejército de Chile

Nicolás Lazo Jerez es licenciado en Literatura, diplomado en Edición y magíster en Periodismo. Es el editor general de Artefacto | Síguelo en Instagram

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[1] El diccionario semántico de la Real Academia Española define el adjetivo antisemita como propio de aquel o aquello “que muestra hostilidad o prejuicios hacia los judíos, su cultura o su influencia”. Por lo tanto, una crítica dirigida exclusivamente a las acciones militares del Estado de Israel en Gaza no debería ajustarse a esa acusación.

[2] Entre las condenas internacionales más relevantes a la ofensiva militar israelí se cuenta la conclusión de la Comisión Internacional Independiente de Investigación de las Naciones Unidas sobre el Territorio Palestino Ocupado, la cual, en septiembre de 2025, estableció que los “actos genocidas” del ejército de Israel se ejecutan “con la intención de destruir, total o parcialmente, a los palestinos de la Franja de Gaza como grupo”.

[3] Numerosos autores coinciden en que, desde sus orígenes, cifrados a finales del siglo XIX, el sionismo contiene varias líneas ideológicas. No obstante, en el volumen Palestina. Anatomía de un genocidio (2024) el filósofo Ariel Feldman advierte que “la historia tuvo un sionismo verdaderamente existente, bastante homogéneo en su carácter exclusivista y colonizador, que subvierte todos los valores humanistas del judaísmo. Podemos llamarlo israelismo para rescatar a aquellos que creyeron y creen en un sionismo plurinacional y antirracista”.

[4] Al respecto, un informe de la cadena BBC del 14 de noviembre de 2025 se titula así: “Las imágenes de satélite que muestran que Israel ha destruido al menos 1.500 edificios en Gaza desde el inicio del alto al fuego”.

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