Nano Stern: «Vivimos en una seudodemocracia que está cayéndose a pedazos»

Por Nicolás Lazo Jerez (*)

Para Fernando “Nano” Stern (36), la irrupción de la pandemia supuso lo mismo que para el mundo entero: un paréntesis radical. A las incertidumbres compartidas con el resto, eso sí, el músico tuvo que añadir las que se relacionan con su oficio, puesto que desconoce cuándo retomará su errancia acostumbrada de conciertos y, con ello, el encuentro presencial con el público.

—Básicamente, yo me dedicaba a girar —resume una tarde desde su casa en Ñuñoa, a pocas cuadras del Estadio Nacional—. Hasta nuevo aviso, se acabaron los recitales, los viajes y mi vida profesional como la conocía.

Sin embargo, no se queja. El confinamiento, por lo demás, no ha sido sinónimo de parálisis creativa. Todo lo contrario. Inquieto por naturaleza, durante estos meses ha aprovechado de leer endemoniadamente, estudiar música “de forma sistemática y profunda”, continuar los talleres que imparte en una academia de oralitura, sacar a la luz un homenaje sinfónico al grupo Congreso y, hace apenas una semana, liberar el EP Acústico en Madreselva, que contiene seis nuevas versiones de canciones propias.


Gracias por leer Artefacto.

Suscríbete al nuevo canal en Telegram

y recibe nuestro contenido directo en tu dispositivo.


Entremedio, en septiembre de 2020, publicó Décimas del estallido, una crónica en versos escrita al fragor de las manifestaciones sociales que comenzaron en octubre de 2019 y publicada, primero, en pasquines y en Twitter.

—Fue una constante reacción interactiva, in situ, el mismo día de los sucesos, muy desde la base de que todo quien leía tenía súper claro por qué yo lo estaba diciendo.

La frase “por fin”, repetida en las dos líneas iniciales del volumen, sintetiza la perspectiva del músico ante el estallido.

—De manera gradual no íbamos a salir nunca del círculo vicioso en el que estábamos metidos. La vida en Chile es de un nivel de desigualdad que no es aceptable. Por otra parte, vivimos en una seudodemocracia que está cayéndose a pedazos porque no tiene la educación pública que la acompañe, que genere ciudadanos conscientes de lo que implica ser partícipes del proceso democrático.

Aún así, se resiste a pontificar sobre el papel que le cabe a los creadores en este contexto.

—Artistas hay muchos. Yo no quiero ser moralista y decir: “tú tienes que…”. Pero, a nivel personal, es inconcebible no hacerme parte con las herramientas propias de mi oficio, que son la canción y la palabra, de lo que estamos viviendo. Además, creo que la canción y la palabra, así como tantas otras manifestaciones artísticas, tienen un poder de convocatoria y, mucho más importante que eso, la capacidad de generar un relato colectivo.

A poco andar, se convenció de que el conjunto podía transformarse en un libro. Pero entonces vino la crisis sanitaria y luego la decisión, largamente meditada, de cerrar la crónica el domingo 26 de abril de 2020, el día del plebiscito que no fue.

—Es un falso final, en realidad. Es como cuando en las películas te dejan con la pregunta: “¿qué va a pasar?”.

Publica: Cuño Editor. Con ilustraciones de Marcelo Escobar y epílogo de Fernando Atria.

—Quien trabaja inteligentemente con la canción popular se sabe enlazado a una cadena extensa, firme y centenaria —dice a Artefacto Marisol García, periodista y crítica musical—. Tengo la impresión de que, como cantautor, Nano Stern tiene conciencia de esa tradición y de la senda que vendrá hacia adelante. Homenajea todo ello con citas y con diálogos musicales y poéticos, pero sobre todo, me parece, con mucho estudio.

Sobre este último rasgo, la autora de los libros Canción valiente y Violeta en sus palabras añade:

—Es el tipo de músico que transmite más trabajo metódico que inspiración circunstancial, y lo digo en el mejor sentido: su técnica en los instrumentos, su rigor con la métrica, sus fusiones y colaboraciones llegan como el resultado de una búsqueda profunda. Considero todo ello una renovación y un compromiso en sí mismo que podrá sostener su trabajo más allá de las contingencias a las que hoy aparece vinculado. Al mismo tiempo, consigue ser un músico muy actual y muy atemporal.

El fuego

Hijo de Gabriela Britzmann y Eduardo Stern, Fernando nació el 30 de marzo de 1985 en Santiago, una ciudad a la que mucho después, en 2017, dedicaría un EP completo. Sus primeros contactos con la música se produjeron a edad temprana: con la cultura de masas de fondo (“Mi canción favorita era ‘The final countdown’”), ya a los tres años comenzó a aprender violín mediante el método Suzuki.

También lo deslumbraba el sonido del acordeón que tocaba su abuelo materno, un judío inmigrante que murió el mismo día en que Nano cumplió cinco años. Una década más tarde, el 26 de abril de 2000, quien partió fue el padre del músico, debido a los efectos secundarios de una radioterapia.

Casi al mismo tiempo que sufrió esa pérdida, se abrió para él una etapa intensa de experiencias artísticas y vitales. Tras un proyecto musical que emprendió junto a un también adolescente Álex Anwandter, se enroló como bajista en el grupo de rock sicodélico-folclórico Matorral y, a continuación, en la banda Mecánica Popular. Paralelamente, cursó un año de estudios en el Instituto de Música de la Universidad Católica, al que siguió un periplo por Europa durante el cual grabó el disco Nano Stern (2007). Voy y vuelvo, de 2008, ganó un APES a la Mejor Producción de esa temporada.

Ignacio Orrego.

Tres años más tarde, en medio de las protestas estudiantiles que enfrentó el primer gobierno de Sebastián Piñera, los medios lo situaron al frente de un grupo de artistas con un discurso social a tono con los tiempos, en el que coincidió a menudo con nombres como Manuel García, Camila Moreno y Mauricio Castillo, más conocido como Chinoy.

—Es un músico impecable, con mucho conocimiento de los instrumentos, de la fuerza de la interpretación y del fuego en el escenario —lo describe Chinoy vía audio de WhatsApp—. Tiene mucho fiato con el presente, mucha presencia de ánimo, y su obra está ligada fuertemente a la raíz cantautoril. Es un gran exclamador, como también un gran cazador de las emociones que merecen ser cantadas. Es un honor haber compartido con tamaño músico sobre los escenarios. Tiene un brillo propio, muy original. Transita su propia energía.

En una entrevista de enero de 2015, un mes antes de presentarse en el Festival de Viña del Mar, Nano Stern definió así ese camino propio: “Para mí, la premisa siempre ha sido no cambiar lo que hago para gustarle a más gente”.

Elogio de la rima

Cuando la conversación deriva hacia la poesía, el entusiasmo se apodera del músico, un admirador fervoroso tanto de la tradición de improvisadores populares como de las corrientes cumbre de los versos escritos en castellano.

—Soy un enamorado del Siglo de Oro y del barroco en las letras —reconoce—. Es un momento en que la lengua castellana alcanzó un apogeo que, probablemente, no ha tenido después. Luego, salto y caigo parado en Rubén Darío, que me parece un músico de la poesía. Él cita a Verlaine, su ídolo, quien dice en su manifiesto poético: “Por sobre todo, la música”. Luego, Machado. Y, posteriormente, la generación del 27 en España. De ahí paso a la poesía actual: están pasando cosas que vuelven a unir al mundo de la canción con el mundo de la poesía, porque hay mucha gente que se mueve en ambas áreas.

Entre esa gente, por supuesto, está él mismo. Y como buen amante de la poesía, defiende la forma con algo parecido al ardor.

—De las vanguardias para adelante, se ha roto completamente con el verso medido. La rima apareció como un artefacto anticuado que ha sido ridiculizado una y otra vez, pero que es mucho más profundo si uno se mete en ella. Cuando se crea sometido a una norma particular, es la forma la que te va mostrando los caminos, que no son los que uno hubiera tomado en otro caso. Esa es justamente la gracia. En todo ámbito de creación, parece que la forma te constriñe, pero resulta ser todo lo contrario: un instrumento para liberar la imaginación.

Tomi Ceballos.

Del mismo modo que se fascina con “la riqueza lírica y la escuela de inventiva” que ofrecen los grafitis y murales de la ciudad, cada tanto dispara versos en la plaza pública de las redes sociales. A veces, eso sí, recibe dardos de vuelta, la mayoría poco poéticos.

—Digo lo que pienso sin muchos pelos en la lengua, y de repente salgo trasquilado. Pero si uno está ahí, participando en ese espacio, no puede pretender que no entiende cómo funciona. Es un instrumento increíble que permite muchas cosas buenas, pero también acarrea una montaña de caca. Vengo de una familia de sobrevivientes del Holocausto. Entonces, cuando sale el tema de “judío conchetumare”, es complejo. Tengo una visión muy crítica respecto a lo que pasa en Israel y a la ocupación de Palestina. Pero de ahí a ser receptor del odio antisemita, es más duro. No puedo obviar el hecho de que antepasados míos murieron calcinados en Auschwitz.

Quien le dedica palabras más amables es el poeta Óscar Hahn, uno de sus numerosos amigos intergeneracionales.

“En cuanto escuché sus primeros acordes, sentí que estaba frente a un creador de gran sabiduría que no solo se nutría del acervo popular, sino también del legado clásico”, escribe en un mail el ganador del Premio Nacional de Literatura 2012. “De inmediato percibí que no estaba ante un simple letrista, sino sobre todo frente a un eximio poeta. La maestría de sus rimas consonantes, totalmente ajena a los ripios, así lo demostraban. De pronto, apareció algo que se veía venir: de las palabras para canciones pasó a escribir poemas hechos y derechos, sobre todo en la línea de los clásicos, entre ellos fulgurantes sonetos y décimas de impecable factura”.

Hahn cierra su correo así: “Tendría que agregar una coda personal: Nano también ha musicalizado poemas míos, haciéndolos entrar en una nueva dimensión artística. Por esto último, le doy las gracias en mi nombre y en el de sus fieles y numerosos seguidores urbi et orbi”.

Hoy, parte de las preocupaciones de Nano Stern están dirigidas, precisamente, “a la ciudad y al mundo”.

—Es difícil ser realmente optimista, como quizás lo fueron nuestros abuelos en los años 60 y 70, que creían en un hombre nuevo y enarbolaban una nueva sociedad. Soy un poco más escéptico y creo, de partida, que enfrentamos otro tipo de desafíos, como los problemas climáticos y ambientales. Vivimos en un contexto interconectado y global. No podemos hacer la vista gorda de los problemas de quienes están al otro lado del mundo, porque son, en cierto sentido, los mismos problemas que tenemos nosotros.

(*) Licenciado en Literatura (UAH), Diplomado en Edición y Magíster en Periodismo (PUC).

Deja un comentario

A %d blogueros les gusta esto: