El fachopobrismo o una idea de sociedad

Por Lilian Arévalo Sáez (*)

Hace poco más de un mes, Chile llevó a cabo la elección presidencial para el período 2018-2022. La llegada del conglomerado de derecha al gobierno ha desatado todo tipo de comentarios acerca del votante que apoya a este sector y a quien se le exige una consecuencia que nadie parece tener tan claramente definida. Uno de los epítetos más usados ha sido el de “facho pobre”. Jorge Sharp, alcalde de Valparaíso, no tardó en declarar lo irrespetuoso de la expresión. Por su parte, el escritor Leonardo Sanhueza se refirió al término en su columna del 19 de diciembre en Las últimas noticias, titulada “Palabras huecas”.

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Para Sanhueza, “lo del ‘facho pobre’ es, en realidad, solo una pieza de muchas en el lenguaje que nos falta para nombrar la realidad actual, en la que todo el mundo parece haber quedado desconcertado”. Además, destaca que la campaña del candidato Artés exhibía un discurso transparente en el que “sus palabras decían exactamente lo que querían decir” y que “la gente pretendidamente juiciosa”, por el contrario, tenía un discurso de “palabras huecas y pasionales”. Veo dos problemas en esto. El primero es que no existen las palabras huecas, no existen las palabras sin significado. El segundo, que el acceso al significado de las palabras es semióticamente estratificado. Pero antes de entrar en la teoría, veamos más ejemplos discursivos.

A raíz de la efervescencia social que se vive en Argentina debido a las modificaciones de Macri al sistema de pensiones, un tuitero chileno que vive en ese país plantea que los seres humanos sin ideología no existen, que toda actividad humana manifiesta una ideología.

Captura de Twitter.

Desde el punto de vista de la Lingüística Sistémico-funcional (LSF), este tuitero tiene mucha razón. Según dicha teoría, el contexto está estratificado semióticamente. Esto quiere decir que se requieren distintos grados de abstracción y de conciencia para tener acceso al significado que se transa en el contexto. Para ser más específica, hay tres tipos de contexto: el situacional, el cultural y el ideológico. Para adecuarnos a la situación comunicativa, necesitamos cierto grado de conciencia y de competencias pragmáticas que, en general, se adquieren en la interacción social.

Otro tuitero, uno bastante influyente, cuenta la historia de un obrero que llega a la construcción al día siguiente de la elección presidencial, abraza a una señora que vende sándwiches desde la seis de la mañana y le dice “ganamos”.

Captura de Twitter.

El tuit se lee en un tono triste, resignado. Como es de esperar, entre los comentarios aparece el fachopobrismo, pero, además, aparece el discurso del esfuerzo emprendedor y también la tristeza por la ignorancia y la falta de conciencia de clase. Este tipo de interacciones discursivas dan cuenta de una visión de sociedad y de mundo, de una forma de concebir la realidad.

Finalmente, veamos el ejemplo de un tercer tuitero, uno con seudónimo, pero influyente también, uno que lleva el fachopobrismo a un extremo, uno de los tantos que hay en Twitter: Henry Miller. Él piensa que este pueblo que ha elegido a la derecha, que vota por la derecha, no merece una sola de sus lágrimas, porque es un pueblo «ignorante», «pastabasero», «reguetonero», «agresivo», etcétera.

Captura de Twitter.

Compara al pueblo actual con el de 1973, con el pueblo culto, ideologizado y austero. Estos dos últimos ejemplos dan cuenta de una realidad triste que evidencia la veracidad del primero. Y es que la compleja realidad discursiva de la actividad humana no puede ser tomada a la ligera.

La evolución y el desarrollo de los estudios críticos del discurso han sido cruciales para entender cómo se organiza el contexto. Como ya anticipaba, la LSF entiende el contexto como un ámbito constitutivo del discurso y, en consecuencia, del significado. Si entendemos el contexto como semióticamente estratificado, resulta engañoso comprender y valorar una expresión según lo que significa solo para nosotros, sin considerar el contexto situacional, cultural e ideológico que necesariamente conlleva. Por eso, la expresión «facho pobre» no es hueca, porque es usada en un contexto específico y da cuenta de un significado complejo y dialéctico, una visión de mundo y de sociedad.


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El voto de derecha del obrero de la construcción y de la señora que vende sándwiches puede obedecer a varias razones y no conocemos cuál. Solo podemos especular al respecto. Si los consideramos fachos pobres, estamos interpretando su realidad sin conocer el contexto. Podrían ser personas pobres que creyeron cada palabra del discurso de Piñera y de su campaña. Pudieron realmente creer que Guillier nos llevaría a convertirnos en la Venezuela de los medios de comunicación. Podrían ser víctimas del individualismo y conscientemente creer que el que quiere puede y que solo el esfuerzo hace merecer la prosperidad. Una de las estadísticas más increíbles y tristes es que la mayoría de las personas (80%, según Merino, 2014) cree que la felicidad depende únicamente de ellos mismos y no de la sociedad o de las oportunidades que se presenten en la vida. El gran problema es que las oportunidades nunca son individuales, siempre son sociales.

La elección de Piñera, por su parte, también responde a múltiples factores. Sin lugar a dudas, un pueblo despolitizado es uno de ellos. ¿De qué otra forma podemos interpretar ese nefasto 51% de abstención, si no es desde la idea de un pueblo que no sabe, que ignora, que no tiene acceso a esos niveles más abstractos del contexto? Frases como “yo no soy político”, “dios sabe por qué hace las cosas”, “el que quiere puede” y “hay que salir adelante” dan cuenta de un pueblo tremendamente ideologizado, pero despolitizado. Un pueblo que no sabe interpretar los discursos, que jura que la ideología es un cáncer que convierte a los países en Cuba, Venezuela o Corea del Norte. Ese facho pobre muy probablemente no sabe que defiende una ideología neoliberal, tal como sucede con este otro personaje de Twitter, Jimmyto.

Captura de Twitter.

En definitiva, eso de que el lenguaje crea realidad es algo así como la mitad de la historia y mal contada. La relación entre lenguaje y realidad, por así decirlo, no es tan simple ni unidireccional, sino compleja, heterogénea y dialéctica. Teóricamente, todas las ramas de la lingüística concuerdan en que el lenguaje no es una simple herramienta, sino una práctica social. Desde este punto de vista, el discurso como práctica social constituye una “relación dialéctica entre un evento discursivo particular y la situación, la institución y la estructura social que lo configuran” (Fairclough y Wodak, 1997: 258). Es decir, las situaciones, las instituciones y las estructuras sociales dan forma al evento discursivo y, a su vez, el evento discursivo da forma a las situaciones, instituciones y estructuras sociales. No podemos, entonces, aislar expresiones como «facho pobre» de su emisor, de su historia, de su visión de mundo; tampoco de su contexto, semióticamente estratificado.

Referencias

Wodak, R. y Fairclough, N. (1997). “Critical discourse analysis. En T. A. van Dijk (Ed.), Discourse as social interaction. (Pp. 258–84). London: Sage.

Moreno, L. (2014). “Superación de la pobreza: de una condición a una situación; de una situación a una relación”. Conferencia presentada en el IX Coloquio de la Red Latinoamericana de Análisis del Discurso de la Pobreza. Santiago, Chile.

Bibliografía

Eggins, S. (2004). An introduction to Systemic Functional Linguistics (2ª ed). New York: Continuum.

Halliday, M. (2004). An introduction to functional grammar (3ª ed). London: Hodder Arnold.

Hallyday, M.A.K. (1986). El lenguaje como semiótica social. México: Fondo de Cultura Económica.

Martin, J. y D. Rose. (2008). Genre relations: mapping culture. London: Equinox.

(*) Licenciada en Lengua y Literatura (UAH) y Magíster en Lingüística (PUC). Actualmente, se dedica a la docencia y a la investigación en la Pontificia Universidad Católica de Chile.

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