
¿Qué pasaría si dejáramos de medir una vida por la cantidad de cosas que logramos hacer en ella? ¿Qué tendríamos que cambiar, colectivamente, para que detenerse deje de parecer una forma de quedarse atrás?
Por Nicolás Fernández y Julia Navarro
Nicolás Fernández y Julia Navarro son conductores del podcast sobre salud mental Estado de ánimo, transmitido por Radio Usach
Mientras escribimos esta columna, de fondo escuchamos las noticias que anuncia el televisor, recibimos mensajes familiares y de amistades por WhatsApp y pagamos cuentas online. Hay una forma de cansancio que no viene de haber hecho demasiado, sino de sentir que siempre podríamos haber hecho más: ¿por qué no estamos escribiendo esta columna en el celular mientras paseamos a nuestro perro y escuchamos las noticias desde ese mismo celular, sin dejar de responder el chat?
También desayunamos mirando el teléfono, respondemos mensajes y correos en el trayecto al trabajo, escuchamos un podcast mientras caminamos y convertimos cualquier espera en una oportunidad para adelantar pendientes. Si por fin nos sentamos a no hacer nada, aparece una inquietud difícil de explicar: deberíamos estar aprovechando el tiempo.
¿Para qué? No siempre lo sabemos. Lo importante parece ser no desperdiciarlo. Vivimos bajo la sospecha de que, mientras descansamos, alguien más está avanzando, aprendiendo, produciendo o convirtiéndose en una mejor versión de sí mismo. La pregunta central que proponemos acá es: ¿cuándo empezamos a confundir una vida llena de actividades con una vida bien vivida?
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El problema es que esta presión rara vez se presenta como una imposición externa. La experimentamos como una responsabilidad personal. Si estamos agotados, tenemos que aprender a organizarnos. Es peor si no alcanzamos a cumplir con todo, porque quiere decir que nos falta disciplina. Al sentir que la vida se nos escapa, buscamos una aplicación que nos ayude a administrar y optimizar. Así, un malestar que tiene raíces sociales y económicas termina convertido en una tarea individual: debemos aprender a gestionar nuestra ansiedad, optimizar nuestras rutinas y encontrar la manera de resistir un ritmo que no elegimos del todo.
Mark Fisher permite pensar esta privatización del malestar: aquello que se origina en las condiciones en que vivimos acaba interpretándose como un problema propio, una incapacidad para adaptarnos. La pregunta deja de ser por qué estamos obligados a vivir así y se transforma en otra, mucho más solitaria: ¿qué estamos haciendo mal?
La aceleración también tiene su promesa: hacer más en menos tiempo. Para cumplirla, hemos aprendido a aligerar la vida. El café se toma rápido, la comida se pide para llevar y los mensajes se responden mientras hacemos otra cosa. Preparamos el día para que nada interrumpa el flujo de tareas, como si los pequeños rituales fueran obstáculos que conviene eliminar. Ya no preparamos un café: necesitamos cafeína. Ya no llevamos los utensilios para hacer un mate en el trabajo, dado el tiempo que supone calentar el agua, cebar y compartir: buscamos algo que podamos consumir mientras seguimos trabajando. No es que un café rápido o una comida al paso sean, por sí mismos, el problema. Lo inquietante es que la rapidez se convierta en el criterio con el que evaluamos todas las actividades, incluso aquellas cuyo sentido depende precisamente de no hacerlas a toda velocidad.
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La carga de pendientes, sin embargo, no desaparece cuando aceleramos. Se acumula. Hay tareas que se terminan y otras que quedan suspendidas: el correo que falta responder, la conversación que seguimos postergando, el libro que llevamos semanas intentando leer, la llamada que prometimos hacer. La lista parece reproducirse al mismo ritmo que la capacidad de tacharla.
Entonces aparece una paradoja: cuanto más intentamos ganar tiempo, más sentimos que nos falta. La productividad se parece menos a llegar a un destino que a correr sobre una cinta que nunca se detiene. Podemos estar ocupados durante todo el día y, al final, tener la impresión de no haber estado realmente en ninguna parte.
En Diario(s) de una sociedad acelerada, de Filosofía&Co, la velocidad aparece como una clave para pensar nuestra experiencia contemporánea. Pero el asunto no es solamente que hagamos las cosas deprisa. También hemos empezado a asociar la lentitud con la ineficiencia, la espera con una pérdida y el tiempo sin un propósito visible con algo que debemos justificar. Una conversación que se extiende, una comida sin mirar la hora, un mate compartido o una tarde sin planes parecen necesitar una explicación. ¿Qué hicimos durante ese rato? La pregunta revela cuánto hemos incorporado la obligación de convertir el tiempo en algo útil.
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Por eso, la pausa hoy es un privilegio. Pero ¿es solo una sensación? Hay personas que pueden desconectarse al terminar su jornada y otras que siguen disponibles porque temen perder una oportunidad, un cliente o el trabajo. Quien tiene estabilidad, puede defender su tiempo. Quien vive entre contratos, trabajos por encargo y la incertidumbre de llegar a fin de mes, tiene menos margen para hacerlo. Pedir a todo el mundo que baje el ritmo, se desconecte o aprenda a disfrutar del presente puede convertirse en una forma de ignorar esas diferencias. La lentitud no se distribuye de manera equitativa. Mientras que para algunos es una elección, para otros significa un riesgo económico.
Hay otra pérdida menos evidente: la de nuestra capacidad de imaginar una vida organizada de otra manera. Si cada minuto debe servir para algo, el aburrimiento se vuelve intolerable. Buscamos una pantalla, un estímulo, una tarea que nos rescate de la sensación de estar perdiendo el tiempo. Sin embargo, aburrirse también puede ser una forma de salir, aunque sea por un momento, del circuito de la respuesta inmediata. En el tiempo que no está ocupado de antemano puede aparecer una idea inesperada, una conversación sin objetivo, una curiosidad que no conduce a ningún resultado. Cuando toda experiencia debe ser productiva, corremos el riesgo de homogeneizar incluso nuestro descanso: consumimos las mismas recomendaciones, optimizamos nuestros pasatiempos y convertimos el ocio en otra oportunidad para mejorar.
Quizá el problema no sea que nunca tengamos tiempo suficiente, sino que hemos aprendido a mirar el tiempo como una carga que debemos administrar y no como una dimensión de la vida que también podemos compartir, perder y habitar.
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No se trata de romantizar la lentitud ni de negar que hay trabajos y responsabilidades que exigen rapidez. Se trata, más bien, de preguntarnos por qué hemos terminado aceptando que todo lo que no produce, adelanta o resuelve tiene menos valor y nos resta.
Si la pausa se ha vuelto un privilegio, defenderla no puede reducirse a una decisión individual. También supone discutir las condiciones laborales, la precariedad y las expectativas que hacen de la disponibilidad permanente una virtud. Y recuperar, quizá, el derecho a hacer algunas cosas sin convertirlas en medios para otras: preparar un café, cebar un mate y compartirlo con pausa, conversar sin mirar el teléfono, aburrirse sin sentir culpa.
¿Qué pasaría si dejáramos de medir una vida por la cantidad de cosas que logramos hacer en ella? ¿Qué tendríamos que cambiar, colectivamente, para que detenerse deje de parecer una forma de quedarse atrás?

Nicolás Fernández es psicólogo | Síguelo en Instagram
Julia Navarro es editora | Síguela en Instagram
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