«Una sumatoria de actos sin vuelo alguno»: así describe nuestra crítica de libros la novela Laudes, de Xelsoi. Estas son sus razones.

Por Patricia Espinosa

Final de año, momento de evaluaciones y rankings. A veces, elegir lo peor del año se hace difícil. Por fortuna, este libro me alivió la tarea. Por su forma de narrar sosa y su protagonista blando, monótono y sin vuelo discursivo, esta novela se precipitó rápidamente hasta lo más bajo.

Laudes, de Xelsoi, tiene como personaje central a Natanael, un joven solitario, enrollado, tímido, robusto, flácido, espinillento y, por supuesto, con una autoestima nivel cero. Para dar más color al personaje, se le suma que tiene un trabajo miserable en una tienda de comida rápida y comparte departamento con una diseñadora gráfica con una activa vida sexual.

Mediante un narrador omnisciente, el relato se encierra en los quehaceres del achacado protagonista. Natanael suele distraerse mirando una de las ventanas del edificio del frente de su departamento, donde se marca la silueta de un hombre que baila sensualmente. Hecho que lo lleva al paroxismo.

La historia expone una mirada cansina y decadentista sobre un individuo sin expectativa alguna. El problema es que al desánimo del personaje se le suma el cansancio del narrador y ahí la cosa se pone grave. Porque parece que su única intención es victimizar lo más posible al protagonista. Todo se agota en describirnos la miserable vida de Natanael. Cada segmento insiste en mostrarnos su desdichada vida, hasta llegar al límite del sentimentalismo más cebollento: “Nadie lo observaba cuando derramó una lágrima en su pieza”. Con unas cuantas páginas, ya nos había quedado claro que todo el mundo lo desprecia, pero el autor cree necesario agregar más y más situaciones de humillación. El abanico va desde el conserje de su edificio que no responde su saludo y su roomie que lo incomoda con preguntas sobre su futuro hasta los compañeros de trabajo que le lanzan una que otra frase de humor homofóbico.


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Natanael no es un adolescente, es un hombre adulto, pero sus rústicas cavilaciones hacen dudar de su salud mental. Eso podría ser la base de una historia espectacular. Sin embargo, el libro no aprovecha ninguna de las posibilidades que el propio personaje le entrega. De todas formas, hay que considerar que esto no agota el verdadero autoboicot que se despliega en este volumen. Hay que sumar las frecuentes escenas efectistas, como succionar un condón usado por la pareja de su roomie, o ridículamente cándidas, como recordar con entusiasmo cuando un compañero de trabajo le introdujo por casualidad el dedo en el ano.

Xelsoi, el autor, construye una historia donde la sexualidad aparece infantilizada y desprovista de la más mínima cuota de perversión. Un claro ejemplo de eso es la manía por masturbarse que manifiesta Natanael. El tipo es un pajero compulsivo que elige cualquier contexto para llevar cabo su solitario acto. Sin embargo, el libro una vez más desperdicia una gran oportunidad. Podría haber elevado el hecho a nivel de símbolo de una sociedad donde el otro adquiere una categoría fantasmagórica o bien darle un carácter doloroso, casi agónico de la búsqueda de placer. Pero nada: solo una sumatoria de actos sin vuelo alguno.

Como era de esperar, y viendo que ya sus escasos recursos estaban recontra agotados, más o menos a tres cuartos del volumen, el realismo de la narración se rompe. Así, la novela se abre a la intertextualidad, inaugurando un complejísimo juego de oscuras referencias literarias. La corporalidad del protagonista experimenta una mutación: “Sacudió sus extremidades en un ingenuo gesto por recuperarlas en su metamorfosis”. Creo que esta es la parte más humorística del libro, porque tratar de darle algún peso a una historia prácticamente muerta con nada menos que Kafka es, por decir lo menos, un acto tan desesperado que resulta cómico.

Otro de los aspectos pésimamente elaborados es la simbología. El narrador parece que quisiera exhibir con orgullo un lenguaje cursi y pomposo. La paloma atrapada en la ventana que anuncia que el departamento del frente tiene la luz encendida es de una ingenuidad triste, a lo que hay que sumar la penosa construcción de figuras retóricas: “Lo acarició con el espejo negro de sus ojos”; “La carne abierta de la paloma palpitaba como su propio rostro de espinillas fervientes bajo el sol”; “La brisa del verano era un hálito que se colaba caliente por la ventana”; “La luz de la luna cortaba la oscuridad como un cuchillo”.


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Hacia el desenlace, surge algo así como otra mano literaria, orientada a lanzar un salvavidas a lo que claramente está destinado al hundimiento. En este momento, la autocensura que estuvo solapada se hace evidente: solo así se comprende tener que dejar para las última páginas el lenguaje rudo y las escenas de sexo explícito. Sin embargo, ya es tarde para salvar este libro anacrónico y timorato, que se guardó como un tesorito las ganas de detallar el accionar sexual homoerótico desde sus primeras líneas.

En términos literarios, hay un corpus bastante amplio y contundente —en muchos casos de narrativa— sobre temática gay. Por lo tanto, ya va siendo hora de que el hecho de pertenecer a una minoría no sea el atenuante para validar mala literatura.

Patricia Espinosa es doctora en Literatura con Mención en Literatura Chilena e Hispanoamericana. Ha ejercido la crítica literaria en medios como La Época, Rocinante, Palabra Pública y Las Últimas Noticias | Síguela en Instagram

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2 respuestas a «Destinado al hundimiento»

  1. Gracias, me cae pésimo Xelsoi

  2. extraordinaria crítica, posiblemente mejor que el libro y que el pretencioso del autor

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