
En un mundo que avanza a pasos agigantados en el culto a la ignorancia, en la trivialización de la violencia genocida y en el individualismo, la filosofía y el legado de Mujica son una trinchera de humanidad.
Por Marcelo Aguilar | Reportando desde Uruguay
Fotografía principal: Europa Press
Lo conocí y lo recuerdo así: un tipo excepcionalmente común. En la foto que tengo de niño con él, era un senador, o algo así, pero lo recuerdo como uno más.
Llegó en su fusca a Canelones y se sumó a la asamblea que los trabajadores de la vieja fábrica de alambres y cables Alur, entre ellos mi padre, hacían para evitar el cierre. Fue, hasta donde sé, siempre así. Como presidente en alpargatas, productor rural, floricultor, filósofo, guerrillero, ministro o senador. En los tempranos sesenta, empuñó las armas, quiso hacer una revolución, se escapó en una fuga de película de la cárcel, volvió a caer y pasó casi 14 años como rehén en las mazmorras de la dictadura uruguaya.
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Al recuperar él su libertad y el país su democracia, se volcó a la militancia. Su capacidad de expresar ideas políticas complejas en un lenguaje simple, así como su llegada con la gente, lo convirtieron en una figura popular. El movimiento político que lideró pasó a ser el mayoritario dentro del Frente Amplio —que reúne a las fuerzas progresistas del Uruguay— y se convirtió en presidenciable. El Uruguay pituco se retorcía ante la posibilidad de tener un presidente más parecido a un feriante que a un banquero. Imaginen qué dirían las altas tribunas de la política mundial.
Paradójicamente, serían su humildad y sencillez, aliadas a su innegable capacidad reflexivo-filosófica, las que lo proyectaron al mundo como una figura política ineludible. Sus cinco años al frente de la presidencia (2010-2015) representaron avances en la conquista de derechos sociales. Fue durante su gobierno que se aprobaron leyes de vanguardia, como la regulación estatal de la producción, venta, distribución y consumo de marihuana, en el marco de una de las leyes más avanzadas del mundo en ese sentido, que incluye la creación de clubes canábicos, la venta en farmacias y el autocultivo.
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En 2012, Mujica promulgó la ley que despenalizó el aborto y estableció su regulación. En mayo de 2013, la norma que legalizó el matrimonio igualitario. Todo esto, claro, se logró gracias a la incansable movilización social y política de diversos sectores de la sociedad uruguaya y las mayorías parlamentarias que el partido del Pepe ostentaba en las cámaras, pero su habilidad para defender estos avances ante la opinión pública, y su capacidad de comunicarlas al mundo, fueron fundamentales para su consolidación.
Su gobierno también dejó lastres. Parte de esa fuerza popular también luchó contra algunos de los proyectos impulsados por el gobierno de Mujica, sobre todo el olvidable proyecto Aratirí, de explotación minera de hierro a cielo abierto, con escasísimas garantías ambientales y dudosos beneficios económicos. Aratirí era el precio que el expresidente estaba dispuesto a pagar para concretar una de sus obsesiones: la instalación de un nuevo puerto de aguas profundas. Tras gran insistencia y urgencia por parte del gobierno, mucha resistencia social, idas y vueltas, y con la caída del precio del hierro, el proyecto naufragó.
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Párrafo aparte merecen sus posicionamientos sobre el pasado reciente, que lo tuvieron como protagonista. Su visión se encuadró en lentes militares, en términos de guerra, y en la guerra hay vencedores y vencidos, códigos, pactos y silencios. Muchos de sus comentarios despertaron críticas de organismos de derechos humanos y asociaciones de familiares de desaparecidos. Pero más acá y más allá de estas y otras contradicciones, aquí hay un ser político que inspiró y continuará inspirando a personas en todo el mundo, un político que vivió como pensó, con sencillez y dignidad. Como él solía decir: “Ligero de equipaje”.
En un mundo que avanza a pasos agigantados en el culto a la ignorancia, en la trivialización de la violencia genocida y en el individualismo, la filosofía y el legado de Mujica son una trinchera de humanidad. En lo genuino de su sencillez radica su mayor peculiaridad; en su capacidad de inspirar, su mayor potencial.

Marcelo Aguilar es periodista. Uruguayo de Peñarol, vive en Brasil desde 2017, donde trabaja como corresponsal | Síguelo en Instagram
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