Viktor y Nadiia, dos habitantes de Donetsk, en el este de Ucrania, decidieron hacer lo contrario que muchos de sus compatriotas desplazados por la invasión rusa: pese al asedio y los bombardeos, permanecen en su hogar, a solo 12 kilómetros del frente de batalla. Para la pareja, quedarse es una forma de resistencia.

Por Anna Shabanova-Serdechna | Reportando desde Ucrania

Traducción: Abril Iñón Rukavina

Sirenas. Bombardeos. Lágrimas. Destrucción. Esta es la realidad de un día normal en la zona de la línea del frente en el este de Ucrania. La región de Donetsk, más de cuya mitad está ahora ocupada por Rusia, es bombardeada de 1500 a 2500 veces casi a diario. La mayoría de estos bombardeos tienen como objetivo los edificios residenciales y la infraestructura fundamental, como los suministros de agua y electricidad.

Aun así, para muchos, abandonar su hogar no es una opción. Sin embargo, mientras algunas personas no se van por necesidad —por ejemplo, no tienen adónde ir—, otras están decidiendo conscientemente quedarse, a pesar de tener la oportunidad de reubicarse en una zona más segura, la mayoría de las veces cerca de sus familias.

Viktor y Nadiia son solo uno de muchos ejemplos. Cuando se conocieron en Hirnyk, en la región de Donetsk, decidieron pasar sus vidas allí, establecerse y formar una familia. Viktor trabajaba en la industria del carbón, como mucha gente en Donbás, mientras Nadiia lo hacía temporalmente en tiendas, aunque en general se quedaba en casa cuidando a sus dos hijos. Para ellos, la idea de dejar el hogar y reubicarse no es discutible. Nunca lo consideraron, pese a lo difícil que es vivir a solo 12 kilómetros de la línea del frente.

Contra los deseos de la familia

Como cabía esperar, las familias de Viktor y Nadiia primero los instaron a mudarse a otra región. Cuando comenzó la última invasión en febrero de 2022, su nieta sugirió que se instalaran temporalmente en el refugio para desplazados internos, con el plan de, a continuación, alquilar a sus abuelos una casa más permanente en Dnipro, donde ella dirige una fundación de ayuda humanitaria. Ellos rechazaron la idea.

—Decidí no obligarlos a evacuar, ya que sé por experiencia que eso no puede llevar a nada bueno —dice Alina, la nieta de Viktor y Nadiia—. Hace muchos años, cuando mi bisabuelo murió y mi bisabuela por parte de mi padre quedó sola, mi abuela decidió mudarla más cerca de ella para poder cuidarla. Unas semanas después, (mi bisabuela) cayó en una depresión severa y, en un par de meses, su demencia progresó exponencialmente. Mi abuela siempre se arrepintió de haberle quitado la independencia a su madre, así que nunca le haría algo así a mis familiares mayores.

Ahora, Nadiia y Viktor se sienten mucho más solos. Extrañan pasar tiempo con su familia y sus amigos como hacían antes, cuando la familia iba a su casa todos los fines de semana y pasaban el día entero juntos alrededor de una mesa en el jardín.

—En verdad, entiendo por qué la gente se está yendo —reflexiona Nadiia—. La vida aquí es difícil y solitaria. Nuestra hija vive bastante lejos, por lo que le es difícil visitarnos con frecuencia. Y nuestro hijo vive en San Petersburgo con su esposa, así que ya no nos vemos. Para nosotros, cosas como ir a la tienda se están haciendo cada vez más difíciles porque nos estamos haciendo viejos, pero no ver a nuestra familia como antes es mucho más doloroso. Entiendo por qué se mudarían: para estar más cerca de sus familias. Pero nuestra vida está aquí, y no podríamos vivir en ningún otro lado.

Viktor y Nadiia con su nieta Alina en su casa en Hirnyk, región de Donetsk, Ucrania | Ryan Carter vía Global Voices

Mientras camina hacia el jardín, con una sonrisa ligera en el rostro, Viktor sentencia:

—Preferiría morir por un misil que de tristeza en otra ciudad

Mira los árboles, las flores y los vegetales de cultivo propio, y le surge una extraña sensación de serenidad absoluta, incluso con los sonidos distantes de los disparos. El cuidado inmenso y el amor por la naturaleza, así como la pasión y el deseo por vivir, son evidentes en este jardín, pequeño pero bien mantenido. Parecería que, para Viktor y Nadiia, este jardín no es solo un recuerdo de sus momentos felices con su familia y sus amigos, sino también su proyección de esperanza e intenciones para el futuro.

Cuando se le pregunta cómo han cambiado sus vidas desde de la invasión rusa a gran escala, Viktor responde de inmediato que eso no ha ocurrido. Pero en seguida menciona que ya no tiene acceso a la televisión ucraniana porque está bloqueada y ha sido reemplazada por canales rusos. Y añade, en broma, que no sabe cómo hace para mantenerse cuerdo en estas circunstancias.

Alrededor, la zona que alguna vez estuvo llena de familias ahora parece desierta. Mucha gente dejó el vecindario, así que las tareas de todos los días, como ir a la tienda a comprar productos, se están haciendo cada vez más difíciles para la pareja.

—Le pedíamos a algún vecino que fuera a la tienda por nosotros, pero ahora no hay nadie a quien podamos pedírselo. Por suerte, nuestra nieta viene seguido a la región de Donetsk por trabajo y nos trae lo que necesitamos —cuentan.

Al principio, ni Viktor ni Nadiia mencionó el acceso inestable a agua, electricidad e internet como una dificultad para ellos. Cuando se les consulta directamente, solo dicen que se han acostumbrado a no depender mucho de «esas comodidades modernas».

—Por supuesto, ayuda el hecho de que estemos en nuestra propia casa —dice Nadiia—. Así es más fácil para nosotros almacenar agua para usarla más tarde, o simplemente salir y trabajar un poco en el jardín cuando no tenemos electricidad. Si viviéramos en un departamento, sería mucho más difícil.

Foto familiar | Viktor y Nadiia vía Global Voices

Quedarse como acto de resistencia

“No les puedo dar la satisfacción [a los rusos]”, dice Viktor. Para él y Nadiia, dejar su casa sería darse por vencidos en el sentido más absoluto: renunciar a su patria y a las raíces familiares. Y agrega:

—Es verdad que algunas personas que siguen aquí están esperando a que los rusos vengan y tomen el control, pero la mayoría solo desea una vida pacífica en nuestro país. Amamos nuestra tierra, hemos vivido aquí por décadas solos y con nuestros hijos y nietos, así que, si tenemos que irnos, sentiremos como si estuviéramos entregando nuestra vida a los rusos. Estamos bastante cómodos aquí. Tenemos nuestras pensiones y un hogar cómodo con un montón de recuerdos felices. Lo menos que podemos hacer es quedarnos, continuar nuestra vida aquí y rezar por quienes nos están protegiendo en este momento.

La estrategia de bombardeo de Rusia, que a menudo tiene como objetivo infraestructuras y edificios civiles, busca desmoralizar a la población local y forzar a quienes todavía sobreviven a dejar todo atrás y evacuar. Para personas como Nadiia y Viktor, sin embargo, la dignidad de mantenerse fieles a sí mismos, a su hogar y su patria no puede borrarse con miedo.

Este artículo de Anna Shabanova-Serdechna fue publicado originalmente en la red de medios ciudadanos Global Voices el 19 de junio de 2024

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