
El domingo 7 de enero, a los 78 años de edad, el kaiser dejó la vida terrenal, tras haber estado durante los últimos años muy delicado de salud. En el cielo, los partidos de varios de los mejores futbolistas que nos han dejado se deben suceder a menudo.
Por Gonzalo Figueroa Cea
Una tarde primaveral de 1981, en tiempos de mi niñez, miraba junto a mis hermanos mayores , en el dormitorio que compartía con ellos, un especial de televisión sobre el Mundial de Fútbol llevado a cabo en Alemania siete años antes.
No es que esa Copa del Mundo fuera un ejemplar único en su especie, al margen de ser la primera en la que se disputó el trofeo con el diseño todavía vigente, en la que debutó la tarjeta roja y, en cierto sentido, el primer torneo planetario de balompié con cierto perfil empresarial moderno. Tampoco fue la primera en la era de la Guerra Fría, aunque la presencia de las dos Alemanias (la local: Federal u Occidental, y la Democrática u Oriental) no era un hecho para pasar por alto. Entonces faltaban unos 10 meses para que comenzara el Mundial de España. Pululaban en la TV local especiales sobre nuestra selección, transmisiones de partidos amistosos de ella y de las principales selecciones candidatas a obtener la más deseada de las copas, y documentales sobre la historia de los mundiales.
Pero el programa específico al que me refiero contenía algunos ingredientes que me causaron gran sorpresa, lo que no es poco para un niño de 10 años de edad, dueño de una mente futbolizada en plena formación. Se trató de dos equipos y dos jugadores. Alemania ’74 fue el mundial de los anfitriones y de Holanda (hoy Países Bajos), y de sus mayores símbolos: Franz Beckenbauer y Johan Cruyff, respectivamente.
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Podríamos agregar que también fue el mundial de Polonia y de Lato, o del mundial olvidable de un Brasil lejos de la brillantez y sin Pelé. Pero Beckenbauer y Cruyff llegaron a la cima. Y eso fue lo que en esa ocasión colmó mi vista y mi asombro. El primero, como «patrón del área». Quizás esto suene algo burgués (como decir «señor feudal») pero tomémoslo como tal: era entre difícil y menos probable que el apodado kaiser perdiera pelotas divididas y aéreas en su propio sector. Pero además él se proyectaba en ataque. El segundo ha sido catalogado, y con razones casi irrebatibles, como el mejor jugador de ese campeonato. Cruyff era un bailarín veloz y un extraordinario asistente. Pero no ganó esa copa. Beckenbauer sí. En la electrizante final, el duelo de capitanes lo ganó el kaiser (además, Cruyff fue amonestado).
Ambos brillaron en esa justa y en muchas otras. Pero ya habrá ocasión para referirnos al astro de la «naranja mecánica», quien ya debe haberse reencontrado con Beckenbauer en el cielo.
Este último fue multicampeón con el Bayern de Múnich, tanto en Alemania como a nivel continental e intercontinental. En el club bávaro estuvo entre 1964 y 1977. A nivel de selección, destacan los títulos de la Eurocopa del ’72 y el Mundial del ’74, como jugador, y el del Mundial del ’90, como entrenador. Fue Ganador del Balón de Oro, defensor entre 1972 y 1976, y parte de cuanto dream team del siglo XX y de todos los tiempos eligió la prensa y los entes especializados. Por si fuera poco, en las postrimerías de su carrera también alzó trofeos en el Cosmos de New York y en el Hamburgo.
Alemania ’74 es, sin duda, el sinónimo de su mayor gloria. Pero reducir toda su carrera a eso o a aspectos puramente numéricos (como los cerca de cien goles que marcó en más de 700 partidos como profesional) nunca será suficiente para referirse a Beckenbauer. Sabemos que en los años 70 llamaba notablemente la atención de los aficionados por su capacidad de recuperación de balones, la excelente cobertura, la velocidad, los amagues, las fintas y los pases precisos, además de una gran pegada, golpes de cabeza certeros y una indudable capacidad de definición.

Sin embargo, ya en los mundiales de Inglaterra ’66 y de México ’70 demostró seguridad, versatilidad y soltura. Su despliegue copaba todos los sectores, pero siempre desde atrás. Como volante de contención, defensa central, líbero y subiendo a menudo, no solo lograba generar espacios con asombrosa facilidad, sino que filtraba el balón con exactitud pitagórica: bien lo supieron, por ejemplo, Uwe Seeler y Gerd Müller en la selección alemana o Uli Hoeneß, Karl-Heinz Rummenigge y el sueco Conny Torstensson jugando por el Bayern.
En la Copa del Mundo del ’66 fue una de las figuras jóvenes más destacadas junto con el chileno Elías Figueroa, don Elías. Se trataba de una competencia en la que el inglés Bobby Charlton y el portugués Eusebio sobresalieron en el panteón de los astros que brillaron.
En México ’70, en el denominado «partido del siglo», un duelo de semifinales que Italia logró ganar a Alemania en el tiempo suplementario 4×3, y donde cinco goles tuvieron lugar solo en esa media hora agregada, Beckenbauer se dislocó el hombro casi iniciado el tiempo extra tras toparse con el italiano Giacinto Facchetti, le pusieron un cabestrillo improvisado y siguió: una situación hoy impensada, que en ese momento fue vista como temeraria, pero que dejó clara la resiliencia y la capacidad de lucha del teutón.
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Cuatro años después, llegó su momento de mayor gloria al alzar la copa de la FIFA en su Múnich natal; años gloriosos también para nuestro Elías Figueroa.
No será motivo de estas líneas referirse al entrenador y al directivo Beckenbauer, aspectos de la experiencia vital del astro que, por sí solos, dan para grandes reportajes. Tampoco profundizaremos en la anécdota en que el germano se habría referido a sí mismo como «el Elías Figueroa de Europa». Lo cierto es que había entre ambos una amistad y una admiración mutua. No está de más señalar que los años más sobresalientes de los dos coinciden: don Elías fue el mejor de nuestro continente tres veces consecutivas entre 1974 y 1976, conforme a la prestigiosa encuesta del diario venezolano El Mundo.
El domingo 7 de enero, a los 78 años de edad, el kaiser dejó la vida terrenal, tras haber estado durante los últimos años muy delicado de salud. En el cielo, los partidos de varios de los mejores futbolistas que nos han dejado se deben suceder a menudo: Puskás, Di Stéfano, Yashin, Garrincha, Eusébio, Cruyff, Pelé y Maradona, entre otros insignes, deben ser sus protagonistas. Hace poco arribó el alemán.
Y también debe ser titular.

Gonzalo Figueroa Cea es periodista y diplomado en Periodismo Cultural. | Síguelo en X



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