Ni odio ni lástima: déjenme vivir en mi cuerpo

Por Lucía Jiménez Peñuela (*)

En Colombia, la altura promedio es 1,54 centímetros en mujeres y 1,71 en hombres. Por supuesto, mujeres y hombres cisgénero. Mi cuerpo de 1,88 centímetros, más ahora que antes, llama la atención. En mi «vida pasada» recibía elogios por mi altura, dado que, acorde a lo masculino, es bastante positivo tener un cuerpo alto. Siempre era la primera opción al momento de levantar pesos, porque los hombres son los fuertes desde la prehistoria, ¿o no?

Este cuerpo fue luego visto como el de un «hombre fuerte disfrazado de mujer» y por último dejó de ser humano para convertirse en objeto de escrutinio público.

Los más discretos te comentan que les asombra ver una persona tan alta. Pero la mayoría de las veces los ojos te escanean hasta la intranquilidad, independientemente del vestido que lleve encima. Los cuerpos de las mujeres que realizamos tránsitos de lo masculino a lo femenino  constantemente son sexualizados y su genitalidad, escrutada. Siempre somos criticadas bajo la luz del modelo de mujer blanca cis inalcanzable. Hablo del passing, la medida de cuánto nos parecemos o no a ese modelo de mujer, o en palabras castizas, que no se nos note lo trans.

Nunca es suficiente cuánto cambiemos las formas del cuerpo, los genitales, los senos, los vestidos y demás. Así menstruáramos, nunca será suficiente. Avanzará la ciencia y las mujeres trans podrán quedar embarazadas, y aun así les reprocharán que no son mujeres como las otras.

Bueno, aquí me encuentro yo: una mujer alta de piel cobriza que hasta el año pasado recibía en promedio tres comentarios diarios de desconocidos sobre cuán errado está mi cuerpo. Miradas de asco, temor y lascivia. Y esto por no mencionar las agresiones verbales y físicas que he recibido por mi identidad femenina.

Hace un año que mi movilidad se deterioró por culpa de largas jornadas de trabajo sentada y sin descanso, las cuales provocaron dolor paralizante e inestabilidad permanentes al caminar, por lo que uso bastón. Si bien las miradas, los comentarios y los eventos de odio en mi contra no desaparecieron por completo, ahora que soy una coja siento una nueva mirada: la de la lástima. No debería ser así, pero por lo menos esa lástima me devolvió algo de la humanidad arrebatada. Prefiero ser vista con lástima que con el odio habitual.

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Antes, los comentarios o “piropos” se relacionaban con que supuestamente soy una prostituta (porque se supone que solo sirvo para eso). Ahora, mi cuerpo con bastón perdió en parte su atractivo para quienes maquinaban esos comentarios.

¿A qué voy con todo esto? Mi objetivo no es provocar lástima en quien lee, sino resaltar que quienes tanto critican los cuerpos distintos no tienen idea de lo que hemos tenido que pasar para tener, recuperar y/o conservar el cuerpo que habitamos.

No tienen idea de las rutinas estrictas que llevo para caminar con el menor dolor posible.

No tienen idea que es de valientes, defender ante ellos la validez de mi cuerpo a cada momento.

No tienen idea de que esa voz que dicen “es de hombre” realmente está dentro del rango femenino, después de pasar por muchas terapias de fonoaudiología para lograrlo, como si fuera la cantante que se prepara para el escenario.

Una manifestación contra la violencia racial y la transfobia en Los Angeles, Estados Unidos, el año pasado. | Mike Von vía Unsplash.

No tienen idea de la cantidad de doctores a los que he tenido que demostrarles que soy mujer para acceder a mi derecho a la salud. Hay médicos que me interpretan como el hombre fuerte que solo va al consultorio a inventarse males. Que no me baje el período es suficiente para que me desconozcan como ser humano.

No tienen idea de qué es el estrés postraumático producto de ser perseguida y casi golpeada, lo agotador que es tener que cerrar los ojos o mirar el piso en un bus para evitar las miradas de los demás pasajeros sobre ti, como si fueras un producto de promoción en algún supermercado.

No tienen idea de que las amigas y conocidas con condiciones de discapacidad más complejas que la mía son objeto de burlas, miradas, señalamientos y agresiones de todo tipo que han tenido que soportar en la calle y en los servicios médicos.

No tienen idea de cuán doloroso puede ser la electrólisis ni las complicaciones del láser para eliminar el vello facial. Pareciera que los únicos dolores válidos para una mujer son los del período y los de dar a luz. Esto también duele en la carne y también en el corazón cuando te quedan cicatrices.


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En algún momento, todos hemos criticado los cuerpos que no son el nuestro. Criticamos desde nuestros privilegios. Qué fácil es decirle a una chica trans que no es mujer e invalidar su construcción cuando tú nunca has hecho nada para ser quien eres y ni siquiera te cuestionas sobre ello. Tienes vagina, período y puedes o has estado embarazada: eso te resulta suficiente para ser mujer. Tienes pene: eres hombre.

Señalas una y otra vez que las mujeres trans son hombres porque tienen próstata. Gracias por preocuparte por nuestra salud, aunque no estaría mal que un poco de esa preocupación la usaras en tu propio cuerpo y te realizaras un chequeo médico anual. Tienes que cuidar mucho la próstata y el pene, más cuando es lo único que te hace varón.

Te sientas en las sillas reservadas para personas con dificultades de movilidad y otras condiciones, y decides si soy digna o no de usarla. No te importa verme a punto de caer con el movimiento del bus, y en cambio me escrutas de arriba a abajo con tu mirada que penetra hasta mi genitalidad. Así como en los baños públicos tú decides quien puede mear en ellos, también decides quién tiene o no dificultades de movilidad.

La invitación es a que mires tu propio cuerpo, no el mío ni el de nadie. No eres quién para juzgar, sencillamente porque tú no eres el otro, sino solo tú. Reconoce que los cuerpos que criticas han recorrido un duro y largo camino para llegar a ser o mantener lo que son.

(*) Este artículo de Lucía Jiménez Peñuela fue publicado originalmente en la red de medios ciudadanos Global Voices el 6 de octubre de 2021.

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