
A 35 años del estreno de la serie dirigida por David Lynch, este texto tiene la osadía de postular que cualquier consumidor de televisión serializada de las últimas tres décadas, ya sea ávido o promedio, ama Twin peaks. Aunque no la haya visto.
Por Cristián Briones
Cristián Briones es crítico de cine y dueño de la tienda Fílmico
Pueden calificar esto como una exageración. Y lo es. Hoy en día, podemos encender nuestras pantallas y elegir un canal o un servicio de streaming, y la abundancia de material y variedad en los géneros de las series de televisión es tal, que no tenemos que retroceder 35 años para experimentar lo que era sentirse apasionados por una serie. Podemos ver un episodio el domingo y no esperar a comentarlo en el trabajo o lugar de estudio al día siguiente. Podemos compartir nuestra afición de manera inmediata en las redes sociales. O, derechamente, podemos dedicarnos a ver algo que el resto no está viendo, porque puede que no nos gusten las comedias de 22 minutos con risas grabadas y tengamos alternativas. Ciencia ficción. Sobrenatural. Terror. Dramedy.
Quizás no nos atraen los dramas demasiado extensos: habrá algunos que solo duren seis u ocho episodios. O acaso tenemos una debilidad por la fantasía. Entonces, tendremos dónde elegir. Este es el hecho: la diversidad de géneros y la facilidad de estos para fundirse están en su mejor momento en la historia de la TV, tanto la que proviene de EE.UU. como la internacional. Puede ser un sci-fi que se dedica a un extenso desarrollo de sus personajes como ejemplos de la historia de la humanidad; un jefe criminal con ataques de pánico; un complejo relato sobre el 98% de la población que no es elegida por un poder superior; una británica que se siente culpable por haber perdido a una amiga y que se dedica a romper la cuarta pared mientras busca el perdón. Y un extraordinario etcétera.
Sin Twin peaks, es muy probable que no tendríamos nada de eso.
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No es que no fuera a pasar. No es que ocurriera solo porque Twin peaks existió. No es que los autores de esas series que amamos copiaran a Twin peaks. Es que, en muchos niveles, lo que vivimos hoy en ese amplio abanico para seleccionar es únicamente la industria poniéndose al día con ella. David Lynch y Mark Frost cambiaron la TV para siempre, aunque fracasaran en su intento de hacer una serie exitosa.
Una alquimia inimitable
La historia de ¿Quién mató a Laura Palmer? es una suma de accidentes felices, como toda gran obra trascendental. Curiosamente, la crítica especializada sí supo en su momento que aquello que estaba viendo había roto con todo lo establecido. De ahí en adelante, nada volvería a ser lo mismo. Se escribieron artículos y reseñas sobre cómo la llegada de Lynch a la TV era un punto de inflexión. Pero ese quiebre no fue inmediato. Y se puede contraargumentar que no sucedió gracias a Twin peaks, sino al nacimiento de un tipo de industria televisiva que no existía en los tiempos en que la serie fue emitida: las cadenas privadas. El punto es que aquellas cadenas, de las cuales HBO es la mayor representante, extendieron aquello que Lynch y Frost habían desmontado: los géneros y las estructuras.
El listado de variables que llevaron a la existencia de la serie son muchas: la desesperación de la cadena ABC por hacerse un lugar en la parrilla programática; la llegada de Bob Iger —sí ese Bob Iger— como un joven ejecutivo que vio algo en los informes de evaluación de la audiencia; el fracaso de David Lynch con Dune, y el éxito y reconocimiento con Blue velvet; una huelga de guionistas; que Mark Frost viniera de trabajar en otra serie, quizás no tan rupturista, pero sí muy adelantada a su época: Hill street blues. Y es ahí dónde está la clave: este desafiante lenguaje audiovisual dependía de que Frost estaba empujando los límites de la TV y que Lynch hacía lo mismo con el cine.

Esa amalgama creativa resultó en una alquimia que no ha sido imitada, muy probablemente porque no es igualable. Lynch creaba todo desde el punto de vista de un plató cinematográfico. Su plató cinematográfico. Frost entendía la oportunidad que significaba estar con alguien como Lynch y se dedicó a crear una TV que, simplemente, no existía. Twin peaks no tenía la misma estructura que el resto de la TV, ni las mismas intenciones temáticas, ni las formas narrativas, y, definitivamente, no tenía las fórmulas que hacían que las audiencias volvieran semana a semana al mismo chiste repetido que era éxito en esos años.
Todo en Twin peaks era nuevo. Era lo mismo que se había hecho en las teleseries, las soap operas, pero no lo era. Era un drama, era un misterio, era un thriller sobrenatural, pero no era nada de eso únicamente. No era una miniserie británica o una película de larga duración. Los géneros que la TV estadounidense había definido por décadas se fundían y decantaban en algo totalmente inesperado. Algo que influiría en series seminales que se atrevieron a ser únicas, gracias a que esta gente se decidió a contar una historia que, hasta el día de hoy, es inexplicable cómo llegó a funcionar.
Porque este es otro hecho: Twin peaks fue un éxito momentáneo. Pero su legado es indeleble. Fue solo la primera temporada la que creó conceptos que hoy son términos de uso diario: el viewer engagement, los fandoms internacionales (¿sabían que los japoneses hacían tours para sacarse fotos en la ribera de Snoqualmie maquillados y envueltos en plástico?) y los foros online donde usuarios anónimos compartían sus teorías. Cuando la serie ya llegaba a su fin por el desplome del rating, 10 mil cartas de un movimiento autodenominado COOP llegaron a ABC para que le permitieran terminar. Lo curioso es que esto ocurrió por otro logro inédito de la serie: la consolidación en un nicho. Esta fue la principal puerta que la llave de Twin peaks abrió: se podía hacer una serie que no tenía que gustarle a todo el público. Solo al suficiente.
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El regalo de Lynch y Frost
¿Podrían series como Oz, The Sopranos, Six feet under, The shield o The wire haber sido estrenadas en un periodo de tiempo menor a cinco años si la industria hubiera seguido teniendo las mismas reglas que Twin peaks rompió?
Obvio que hay influencias directas: X-Files, Lost y Fringe le deben mucho. Los episodios musicales de Buffy: the vampire slayer solo existen gracias la serie que nos atañe, así como el episodio del sueño en Felicity y de Teddy Perkins en Atlanta. Pero el auténtico regalo de Lynch y Frost no son estos capítulos que pueden existir gracias a su serie. Es el hecho de que los géneros ya no son una restricción. Y hacer TV tampoco es bajar un peldaño para los cineastas. No estamos hablando de que Tarantino fuera a dirigir en E.R.; es que los dominós que fueron cayendo gracias a esa rareza que todo lo cambió llevaron a gente como Jane Campion, David Fincher, Alfonso Cuarón o Steven Soderbergh a salir de sus registros y dedicarse a la construcción episódica, un lenguaje que ha evolucionado hermosamente en tres décadas.
Son demasiadas las razones por las que amamos la TV de hoy. Y es por todo eso que amamos Twin peaks. Es un amor por extensión. Gracias a la obra de David Lynch y Mark Frost, la industria de la televisión se dio cuenta de que todo eso se podía hacer, que esas series se podrían emitir y que habríamos quienes las veríamos. Y amaríamos.

Cristián Briones es crítico de cine y dueño de la tienda Fílmico. | Síguelo en Instagram
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