It’s up to you, New York, New York

Por Benjamín Cruz Pacheco (*), desde Nueva York

Alrededor de los dos gigantescos cráteres que dejaron las Torres Gemelas están tallados los nombres de los muertos en los atentados del 11 de septiembre de 2001, y en los días de sus cumpleaños la ciudad les deja flores. A pesar de todo, los peatones de la isla odian esta intersección, porque los turistas no dejan pasar a quienes van apurados a reuniones importantes en el centro financiero.

Allí, en el downtown, me encontré con los gigantes de los que uno siempre escucha hablar cuando promocionan la capital del mundo. Y también con dos agujeros donde otrora se posaban dos atalayas mellizas.

Alojo en Queens, en un pequeño departamento junto a mi madre. Estoy desempleado y recientemente egresado, por lo que accedí a acompañarla en este último viaje familiar. Estamos bien conectados a Manhattan, así que no fue muy difícil llegar. La línea R (demorona, pero imprescindible) nos permite cruzar el Río Este y bajar en cualquier punto del lado sur de la isla. Lo primero que aprendí fue que, con la suficiente paciencia, todas las distancias son caminables.

Algo rodea este punto de la ciudad. Una sensación, un “no sé qué”, ¿un aire? Quizás, no sé. Pero algo hay. Algo que recuerda pequeñez, intimidación. Ante la Freedom Tower, el punto más alto de todos los Estados Unidos, a 1.776 pies de altura, no puedo evitar sentirme más insignificante de lo normal; yo, que llego apenas al metro setenta y dos cuando mis zapatos tienen una amigable inclinación. Hay una sensación diminutiva en el lugar, no solo por las enormes torres que me rodean, sino porque hay un recuerdo de lo indefensos que están todos ante la eventual caída de los ídolos capitales. Si estos gigantes que nos rodeaban podían también descender en mil pedazos, si los monumentos también pueden morir, y llevar consigo a quienes depositan sus sueños en ellos, ¿qué queda para nosotros?

Quizás este “aire” que no logro descifrar viene de la contradicción. En la cornucopia de la tragedia del 9/11 reina una atmósfera de solemnidad, pero cuatro cuadras al este, pasado el barrio chino, miles gritaban y se encadenaban para que cayeran otros gigantes financieros. Ocupaban Wall Street en una demostración que caminaba una delgada línea entre la tristeza y la rabia, sentimientos que surgen por ser víctimas de un sistema que reventó en su cara hace 10 años, y del cual nadie pareció hacerse cargo. Pedían a gritos una revolución, y distintas consignas se mezclaban en el ruido. Era, curiosamente, familiar.

Estoy acá porque mi hermana trajo al mundo a mi octavo sobrino. Es su primogénito; tengo más hermanos que se encargaron de llenar el pelotón familiar. Por alguna razón, hay algo especial en que este sea el primer pequeñín que es también un ciudadano norteamericano.

Camino un par de decenas de cuadras hacia el norte (sin rumbo real, solo hacia el norte) y en algún minuto algo me detiene. Cual polilla en una noche oscura, la luz cegadora de las pantallas de Times Square me atrapa desprevenido.

Somos cientos. El lugar es un templo a la imagen, una meca de la vanidad, un espejo de la interminable antropo-obsesión de los seres humanos; así que, por supuesto, me tomo la selfie correspondiente. Si alguien alguna vez se jactó de que no podía caer en el engaño masivo del capitalismo tardío, jamás fue a Nueva York. ¿Cómo no vas a formar parte de esta locura? ¿Cómo no vas a unirte a esta fiesta? Mira todos estos colores, mira los carteles. ¿Te gustan los superhéroes? Mira, aquí hay un Spider Man. ¿Te gusta Disney? Mira, tengo al ratón Mickey, en 683 versiones distintas, cada uno con un traje distinto (este de acá está vestido de huasito, pero es más caro). Así que sí, me tomo la selfie correspondiente. ¡Están todos haciéndolo! Entre tanto grito, tanto canto, tanta luz y tanta endorfina secretada, es imposible no sentirse especial. Todos alguna vez queremos sentir las candilejas. Cualquiera que haya puesto sus pies en esta tarima, junto a la estatua del Padre Duffy, a los pies del espacio publicitario más caro del mundo, puede admitir que, al menos la primera vez, pareciera haber visto el corazón palpitante del planeta.

Tomás, mi neonato sobrino, parte su vida rodeado de personas que dieron la vuelta al mundo solo para conocer su cara. Yo, junto a él, me encuentro por primera vez en una ciudad conocida por ser el lugar preferido por gran parte de la humanidad para buscar nuevas oportunidades, para iniciar una nueva y desconocida vida. Y tal como la ciudad, y como Tomás, me encuentro, por primera vez, sin un rumbo definido y sin un propósito claro.

Un lienzo completamente en blanco se presenta ante mí en la forma de la capital del mundo. Y yo, al igual que Tomás, lloro.

Hay que seguir, hay que huir, tantos estímulos eventualmente agotan el cuerpo. Retomo el norte de mi aventura.

«El lugar es un templo a la imagen, una meca de la vanidad, un espejo de la interminable antropo-obsesión de los seres humanos; así que, por supuesto, me tomo la selfie correspondiente». | Benjamín Cruz para Artefacto.

Un par de cuadras más, en las que la gente se atropella mutuamente para entrar en las tiendas de la Quinta Avenida, o se abalanzan unas sobre otras para comprar un recuerdo de la tienda de regalitos de las distintas catedrales, son suficiente recorrido para que el cielo se vuelva gris y una calurosa lluvia de primavera armonice los bocinazos de la calle con el rugido de una tormenta eléctrica. Mi nariz no me falla, el aire a contradicción empieza a resurgir. Hay que buscar refugio. A pesar de que la temporada no lo sugiere, la lluvia se pone violenta. Entonces me encuentro con el famoso pabellón vegetal, el oasis verde en medio de la jungla de cemento: el Central Park.

Reconozco el edificio de la esquina por los constantes recordatorios de mi mamá: “Es el hotel de ‘Mi pobre angelito’”. Reconozco el puente de más adelante, por mis infinitos visionados de ‘Cuando Harry conoció a Sally’. Reconozco la placa en el suelo del camino, por la letra de la canción de John Lennon. Diría que, incluso, a pesar de no haber visto nunca una, reconocí a una ardilla, y ella a mí, ya que se acercó hasta mi mano (algo no tan raro en roedores urbanos, aprendería mas tarde). Reconozco en esta laberíntica bocanada de aire en medio de la ciudad tantas historias que me son familiares, tantas imágenes que me han acompañado en la vida, tantas visiones de una identidad remota, que por primera vez alcanza a mi presencia física. ¿Me siento en casa? No creo. ¿Me siento feliz? Tal vez. Es quizás solo la satisfacción del conocimiento, de reconocer en esas esquinas, que jamás había visto, pequeños retazos de memorias que aún hacen sentido, que no han sido puestas en jaque por el inevitable paso del tiempo. Son pequeños haces de luz en medio del oscuro vacío al que miro todos los días.

¿Qué viene ahora? Para mí, y para mi hermana, y para Tomás, ¿qué viene ahora? ¿Qué es lo que me toca hacer?

¿Por qué no sé lo que me toca hacer? ¿Es acá donde tengo que estar?

Pero, claro: solo ahí, bajo la lluvia y bajo mi mirada, estas escenas pueden verse claras, nítidas y reales, sin los filtros de la nostalgia ni de la fantasía. He recorrido media ciudad para entenderlo. Estoy envuelto en mis epifanías, pero para Diego, el latino que me ofrece alimento desde su carrito de pretzels y hotdogs, es solo otro día lluvioso en Central Park. Él sí llegó a la ciudad de los sueños a buscar una nueva vida, a encontrar oportunidades. Él recorre estos caminos todos los días, ha visto mil veces el hotel de ‘Mi pobre angelito’, ni siquiera recuerda el puente de ‘Cuando Harry conoció a Sally’ y probablemente pisoteó cientos de veces la placa con las palabras de John Lennon sin siquiera darse cuenta. Las encandilantes luces de Times Square son para él rostros conocidos, y los gigantes de Wall Street, junto a las ruidosas hormigas que ocupan sus calles, son solo fuentes de música y sombra.

Y Tomás es solo un niño más, y yo solo un hombre más.

«Reconozco en esta laberíntica bocanada de aire en medio de la ciudad tantas historias que me son familiares, tantas imágenes que me han acompañado en la vida, tantas visiones de una identidad remota, que por primera vez alcanza a mi presencia física. ¿Me siento en casa? No creo. ¿Me siento feliz? Tal vez». | Benjamín Cruz para Artefacto.

Y la misma historia es cierta para los ocho millones y medio de personas que viven en esta gran metrópolis. Esta es la situación real: aquí estoy yo, un mimado y deprimido millennial, tratando de construir una narrativa trágica y misteriosa de su vida, cuando en realidad solo estoy perdiendo el tiempo.

Que risa, el huevón ridículo.

Qué chistoso. Tomás y yo reímos. Es una guagua muy risueña.

Ni yo ni tú, lector, sabremos cuál es la ciudad real: la que creemos, la que veremos o la que cantó Sinatra, pero como dice el verso, depende de ella. A fin de cuentas, los apurados peatones de la isla todavía odian el monumento del 11 de septiembre.

(*) Licenciado en Artes y Humanidades y Magíster en Periodismo Escrito (PUC).

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