Imagen creada con Inteligencia Artificial | Donald Trump vía Truth Social

El verdadero escándalo no es que se diga lo impresentable. El escándalo es que, una vez dicho, el sistema cuente con rutinas para transformarlo en política. El poder ya no reside tanto en la frase que rompe el tabú, sino en la traducción que decide qué parte de esa ruptura se vuelve institucional.

Por Constanza Trujillo

En política, lo verdaderamente decisivo no siempre es lo que se hace, sino lo que empieza a poder decirse sin costo inmediato. Hay frases que no buscan ser correctas ni ejecutables, sino empujar el borde del lenguaje público y ver qué cede. Cuando eso ocurre, el debate ya se desplazó: ideas que ayer eran impresentables hoy circulan, se discuten y, con rapidez inquietante, empiezan a ordenarse como opciones.

Esa expansión del marco discursivo no ocurre en el vacío ni depende únicamente del contenido de las ideas. Requiere de una voz que, sin necesidad de sostener posiciones estables ni construir argumentos cerrados, logre instalar una nueva gramática del debate. Esa voz no busca convencer, sino exponer, tensar, erosionar consensos previos. Su poder no radica en la precisión ni en la factibilidad, sino en su capacidad de introducir disrupciones que reorganizan el sentido común. En ese gesto inaugural, la política deja de ser solo gestión de lo posible y se convierte también en producción de lo decible.

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La utilidad de esa voz —la voz expansiva— no reside en su coherencia interna, sino en otro tipo de eficacia: desplazar el umbral de lo que puede decirse. Cuando se afirma un control prolongado, una administración externa o la apropiación de recursos naturales como horizonte político, el foco no está en los detalles ni en la viabilidad de la propuesta, sino en la normalización de lo que, hasta hace poco, resultaba inaceptable. Lo que ayer estaba fuera del debate hoy entra en el terreno de lo discutible. Esa ampliación de los márgenes del discurso tiene costos —vaguedad, contradicciones, excesos—, pero también una ganancia decisiva: el tabú deja de operar como límite.

Este tipo de intervención no responde a una lógica progresiva ni ordenada. En el caso de Donald Trump, la voz expansiva se apoya en una estrategia de saturación deliberada: declaraciones extremas, anuncios superpuestos y gestos de alto impacto se suceden a tal velocidad que el debate pierde capacidad de jerarquizar. No se trata de sostener una idea ni de volverla consistente, sino de inundar el espacio discursivo hasta que el escándalo se desgaste. En ese ruido, lo impensable no se impone como correcto, pero deja de ser excepcional y queda disponible.


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Trump funciona como voz expansiva precisamente por ese desborde de los límites discursivos. Cuando se plantea que Estados Unidos “supervisará” Venezuela durante años y controlará sus ingresos petroleros, lo relevante no es el diseño del plan, sino el gesto performativo: se vuelve enunciable una idea que roza un tabú del orden internacional moderno —la administración externa de recursos soberanos— y, al volverse enunciable, se integra al circuito de la discusión pública. En términos de aceptabilidad, la frase no clausura posibilidades: abre un nuevo campo de lo posible.

Es en ese punto donde aparece la voz operativa. Ya no se trata de ensanchar el horizonte de lo decible, sino de intervenir en el interior de ese nuevo espacio. Esta voz trabaja con lo que quedó disponible tras la conmoción inicial. Su lógica no es expansiva, sino organizadora: reduce la ambigüedad, estabiliza lo que estaba en tensión y comienza a traducir lo excepcional en mecanismos concretos. Si la voz expansiva rompe los márgenes, la operativa construye dentro de los nuevos límites.

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J.D. Vance enuncia una regla —“solo si sirve al interés nacional de EE.UU.”— que funciona como cláusula de racionalización. A partir de allí, la agenda se completa con estructuras técnicas, esquemas de gobernanza y procedimientos administrativos para el control de ingresos y la comercialización del petróleo incautado. Lo que comenzó como una provocación liminar se convierte en una política formulada con términos medibles, criterios verificables y retórica de eficiencia. La voz operativa es la que articula esa transición: de lo impensable a lo implementable.

Pero su papel no se reduce a un ejercicio técnico. La voz operativa no solo gestiona, sino que también reescribe la narrativa del acontecimiento. Reformula el gesto inicial como respuesta inevitable, lo reencuadra como medida racional ante una situación excepcional, y transforma la ruptura en una evolución lógica del orden existente. En esa operación, se borra la estela del escándalo original y se instala una nueva normalidad que ya no necesita justificar su existencia: simplemente se presenta como necesaria.


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La eficacia de esta voz reside, precisamente, en su capacidad para producir continuidad donde antes había quiebre. Asimila lo disruptivo sin dramatismo, desplaza el foco hacia lo técnico y reconfigura el debate bajo claves de gobernabilidad, interés nacional o estabilidad. Donde la primera voz hacía visible el exceso, la segunda lo convierte en instrumento. Esta operación no siempre es explícita ni mediática; muchas veces se ejecuta en oficinas, comités, informes, reglas de procedimiento.

Además, la voz operativa permite que el sistema absorba la anomalía sin desbordarse. No la celebra, pero la contiene; no la refuta, pero la encausa. Por eso su rol es tan central en la arquitectura del poder contemporáneo: no necesita inventar lo impensable, solo necesita traducirlo. La traducción no es neutra: selecciona, adapta, silencia y, sobre todo, legitima. Así, las frases que ayer parecían impresentables se convierten en marcos de acción estatal o directrices estratégicas.

El verdadero escándalo no es que se diga lo impresentable. El escándalo es que, una vez dicho, el sistema cuente con rutinas para transformarlo en política. El poder ya no reside tanto en la frase que rompe el tabú, sino en la traducción que decide qué parte de esa ruptura se vuelve institucional. En ese pasaje —entre la provocación y la política— se juega, muchas veces, el corazón del poder contemporáneo.

Constanza Trujillo es cientista política con formación en Data Science para Ciencias Sociales por la Universidad Diego Portales. Se desempeña como especialista en prospectiva en Duoc UC, donde impulsa estudios aplicados en educación superior | Síguela en Instagram

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