
Perseguida por la dictadura militar de Myanmar, esta profesora y líder del Movimiento de Desobediencia Civil birmano repasa aquí su camino de lucha y cuenta por qué se resiste al estilo pedagógico marcial que impera en su país: «La educación debe dedicarse a las habilidades para cuestionar».
Por Exile Hub
Reportando desde Tailandia
Traducción: Natalia Gutiérrez
Moon es una maestra que comenzó su camino en esa profesión en 2014, en el distrito de Kawkarate, estado de Karen, en Myanmar. Desde el primer día, sobresalió entre sus colegas. No se conformaba con seguir mandatos o hacer las cosas “porque así se hacen desde siempre”. Su empuje, creatividad y coraje rápidamente la llevaron a diferenciarse entre el resto. En 2018, a solo cuatro años de haber iniciado su carrera, Moon ya se había ganado el puesto de directora interina en la escuela secundaria de su pueblo natal.
La educación como forma de libertad
Desde sus inicios, Moon se rehusó a utilizar la educación como un medio de entrenamiento de obediencia. En Myanmar, sus clases eran activas, llenas de preguntas, debates y risas; tan dinámicas, que muchas veces tenía roces con los funcionarios de educación. Le recordaban todo el tiempo que sus alumnos debían “aprender a obedecer”. Pero, para Moon, la educación se trata de curiosidad, no de cumplimiento.
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La maestra recuerda vívidamente el paradigma del sistema: “Se debe obedecer cada palabra y seguir las órdenes”.
—Incluso, la religión se enseñaba de la manera incorrecta —recuerda—. Imponían una sola versión del budismo, cuando en Myanmar conviven muchas religiones.
Para Moon, el verdadero rol de la educación es impartir el pensamiento crítico. Explica que “el primer paso es que los propios maestros hagan un cambio, no los niños. Los docentes en Myanmar siguen aferrados al formato militar”. Donde otros ven control, Moon ve liberación:
—La educación debe ir más allá de los libros de texto y dedicarse a los valores naturales y a las habilidades para cuestionar.

Forzada al exilio
Cuando se produjo el golpe de Estado en Myanmar en 2021, era de esperarse que Moon no se quedara en silencio y difundiera su lucha en las calles. Ató un lazo rojo en su uniforme, lideró protestas y rápidamente se convirtió en una líder visible del Movimiento de Desobediencia Civil de su pueblo. Pero su coraje la llevó a correr grandes riesgos. Los militares hicieron circular su foto para logar su captura. Incluso, aparecieron grietas entre sus familiares. Su papá, soldado retirado, tomó la dolorosa decisión de enviarla lejos por su propia seguridad.
Moon migró a Lay Kay Kaw, un pueblo al sudeste de Myanmar; dejó a sus alumnos, su casa y la vida que estaba construyendo. En el exilio, vivió muchas dificultades. En las escuelas para migrantes del otro lado de la frontera, sufrió la explotación: recibía un salario menor al mes del que cualquier obrero ganaba en una semana. Sin embargo, recuerda sentirse afortunada por haber tenido comida, techo y, sobre todo, la posibilidad de seguir enseñando.
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Nuevas voces, una nueva mirada
—Siempre creí que uno nunca termina de aprender —cuenta Moon—. Por eso, trabajo constantemente para mantenerme actualizada.
Esa convicción la llevó a sumarse al programa Exile Hub en tailandés, en Mai Sot. Allí conoció nuevas formas de expresarse: los podcasts y la narración de historias y documentales. Produjo un episodio de Voces Resilientes, donde dio a conocer la historia de un joven LGBTQ+ en el exilio. Luego, cocreó un episodio del documental La libertad de la religión y la fe con otros profesionales de los medios que también fueron desplazados de sus lugares.
—Como docente, siempre conté historias a mis alumnos —reflexiona—. Ahora puedo usar el arte de la narración para llegar a la comunidad, en especial a quienes enfrentaron dificultades como las mías.

Al compararse con su versión antes del exilio, Moon se describe como una persona más fuerte y más práctica, y como alguien que mira hacia adelante. Cuando tiene días difíciles, se recuerda: “Solo hoy es duro; mañana puede ser distinto”. Aprendió a aceptar la incertidumbre como la única constante y a atesorar los momentos de alegría como medio sobrevivir.
Un sueño que traspasa las aulas
El sueño de Moon es tan sencillo como profundo. Anhela abrir una librería café, un lugar donde la gente pueda nutrir su cuerpo y su alma. Entre risas, agrega: “Cuando llamo a mi madre, siempre le recuerdo que no venda el pequeño terreno que tenemos. Algún día, voy a volver y construiré mi librería café allí”.
Por ahora, Moon continúa enseñando de maneras en que el antiguo sistema educativo jamás permitiría. A través de su voz, su resiliencia y su rechazo a “enseñar como soldados”, personifica una lección diferente: el coraje de pensar distinto y la esperanza de que, incluso en el exilio, una docente puede inspirar el cambio.

Este texto fue publicado originalmente en la red de medios ciudadanos Global Voices el 20 de octubre de 2025
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