Como en su momento lo fueron The Beatles o Michael Jackson, Swift es un espejo de la actualidad: encarna los excesos del marketing, las tensiones de la exposición y las contradicciones de la política, pero también la capacidad de conmover a una comunidad global.

Por Cristofer Rodríguez

Suceso pop de proporciones casi inalcanzables, compositora, marca global y campo de batalla simbólico: Taylor Swift es un fenómeno que obliga a ampliar la mirada más allá de los discos vendidos y las giras colosales. Explicarla implica entender a una artista que consiguió convertirse en un emblema de la cultura contemporánea, con todas las tensiones propias de nuestro tiempo.

Poco queda de aquella joven de 17 años que debutó en 2006 con un disco country cargado de historias de amores adolescentes. Desde entonces, sus letras maduraron hasta transformarse en un archivo emocional que acompañó a millones de jóvenes en sus propias biografías sentimentales. La crítica, sin embargo, la desestimó con crueldad, reduciéndola al cliché de “escribir sobre exnovios”, aunque disco a disco haya demostrado lo contrario: desde Fearless, con el que se consagró como la heredera del trono que la industria había reservado para Britney Spears, hasta 1989, con el que se coronó como ícono del pop de estadios y que llegó a situar 13 canciones en las listas de éxitos.

Ese talento para convertir cada álbum en una narrativa mayor alcanzó su cénit con el concepto de “eras” —la inocente, la vengativa, la nostálgica, la estrella pop—, donde la reinvención artística se cruzó con un laboratorio de marketing. Esa plasticidad le permitió atravesar crisis públicas, la más célebre de las cuales fue la irrupción de Kanye West en los MTV Video Music Awards de 2009 y la posterior campaña de desprestigio y acoso virtual que dio origen a reputation. Una narrativa de redención que recuerda a otras divas pop, de Madonna a Sinéad O’Connor, aunque en Swift adoptó un tono más confesional que provocador.

Las críticas han sido constantes a lo largo de casi 20 años: se le acusa de feminismo blanco y acomodado, de apropiación cultural y de capitalizar su vida amorosa para vender tickets. También de guardar silencio frente a temas urgentes —el avance de la ultraderecha, el descrédito de la democracia, el genocidio en Gaza—, contradicciones agravadas por su uso frecuente de jets privados y la alta huella de carbono de su estilo de vida, en disonancia con un discurso social todavía tibio.

El documental Miss Americana, dirigido por Lana Wilson, expone esa tensión, mostrando a una artista dubitativa frente a la posibilidad de pronunciarse políticamente por primera vez, en particular contra la candidatura al Senado por Tennessee de Marsha Blackburn, a quien calificó como “Trump con peluca” por sus posturas contra la comunidad LGBTQ+. El filme, sin embargo, también recibió críticas por la autocomplacencia y la sobreexposición.

Y, pese a todo, las razones para adorarla siguen multiplicándose. Cuando decidió regrabar todo su catálogo para recuperar la propiedad de sus canciones, protagonizó un gesto pionero de control artístico que remeció a la industria. Cuando en plena pandemia lanzó folklore y evermore, sorprendió con un registro más íntimo y pulido que la acercó al indie folk y desarmó a sus detractores. Cuando en 2018 asumió una postura explícita a favor de los derechos LGBTQ+ e instó a votar en las elecciones de su país, provocó un aumento inmediato de más de 35 mil nuevos inscritos. O cuando, con gestos discretos, se alineó con campañas progresistas: apoyó la fórmula Kamala Harris–Tim Walz, se sumó a March for Our Lives por el control de armas y asistió a un show benéfico de Ramy Youssef en Brooklyn cuyas ganancias se destinaron a Anera, fundación que entrega ayuda humanitaria a palestinos y libaneses en medio de la ofensiva de Netanyahu.

Hoy, Taylor Swift confirma su estatus de fenómeno pop total. Su gira The Eras Tour y los discos Midnights, The Tortured Poets Department y el reciente The Life of a Showgirl no solo reventaron internet, sino que también impactaron economías locales y movilizaron registros electorales, mientras el debate digital gira en torno a la centralidad indiscutible que Tay Tay ocupa en la música popular del siglo XXI.

Como en su momento lo fueron The Beatles o Michael Jackson, Swift es un espejo de la actualidad: encarna los excesos del marketing, las tensiones de la exposición y las contradicciones de la política, pero también la capacidad de conmover a una comunidad global en expansión constante. Mientras eso siga ocurriendo, todos los ojos —todos— seguirán posados sobre ella. Taylor Swift es, en definitiva, la cultura contemporánea contemplándose a sí misma. Por eso nos gusta. Y no.

Cristofer Rodríguez es profesor de Historia y magíster en Historia de Chile Contemporáneo. Ha ejercido la crítica musical en medios como Rockaxis, Solo Artistas Chilenos, La Tercera y Nación Rock. Es coautor del libro 200 discos de rock chileno y autor de los libros Con el corazón aquí y ¿Quién mató a Gaete? | Síguelo en Instagram

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